Mundo ficciónIniciar sesión**ELENA**
Él dejó el dispositivo a un lado y se inclinó hacia mí. El espacio en la parte trasera del coche se volvió asfixiante de repente. El aroma a madera y especias que emanaba de su piel invadió mis sentidos, nublándome el juicio. Su mirada descendió por mi cuello hasta detenerse en el escote de mi vestido, con una intensidad que me hizo arder la piel. Por inercia me puse la mano en el pecho.
—Eres mucho más que un activo, Elena. Eres la garantía de que la deuda se saldará con creces. Tranquila, mejores mujeres he tenido desnudas en mi cama, no te sientas tan especial.
—Como digas. No espere que sea una esposa dócil —advertí, sosteniéndole el pulso visual a pesar de la presión en mi pecho.
—No me gustan las cosas fáciles. Me aburren. —Su mano se movió con la rapidez de un depredador, atrapando un mechón de mi cabello tras mi oreja. Sus nudillos rozaron mi mejilla y una descarga eléctrica me recorrió la columna—. Pero aprenderás a obedecer. Es parte de la cláusula de convivencia. Hasta que te conviertas en mi perra faldera.
“En sus ojos no hay piedad, solo una determinación que me aterra”. ¿A qué demonio me entregó mi padre?
El vehículo se detuvo frente a unas puertas de hierro forjado que se abrieron de par en par, dando paso a una propiedad que parecía sacada de una pesadilla arquitectónica de elegancia y frialdad. La mansión Cavalli se alzaba ante nosotros: una estructura de mármol negro y cristal que dominaba la colina. Muy tenebrosa.
Al bajar, el aire nocturno me golpeó, pero no fue suficiente para despejar la bruma de mi mente. Damián me tomó del brazo, no con delicadeza, sino con la firmeza de quien reclama una propiedad.
—Bienvenida a tu nueva cárcel, Elena —murmuró cerca de mi oído mientras subíamos la escalinata. Es un infeliz; ojalá no tenga que estar a diario con él.
El vestíbulo era inmenso, con suelos pulidos que reflejaban las lámparas de araña como espejos negros. Un mayordomo de rostro impasible nos recibió, pero Damián lo despachó con un gesto seco de la mano. Ilusa, por muy bello que se vea todo, no deja de ser una prisión.
—Lleva a la señora a la suite principal —ordenó mi ahora esposo—. Yo tengo asuntos que atender en el despacho.
—¿Suite principal? —balbuceé, deteniéndome en seco—. Supuse que tendría mi propia habitación. Ah, ya sé. Solamente soy una invitada; eso suena genial.
Damián se detuvo y me miró por encima del hombro. Una sonrisa gélida curvó sus labios.
—¿Crees que he pagado diez millones para que duermas al otro lado del pasillo? Eres mi esposa ante el mundo, y en esta casa, el mundo empieza y termina en mi dormitorio.
—El contrato no especificaba… Acepto la suite de invitados, no hay problema.
—El acuerdo dice que nuestra unión debe ser creíble —me interrumpió, dando un paso hacia mí hasta que mi espalda chocó contra una columna de mármol—. No hay nada más creíble que compartir la misma cama, ¿no te parece?
Tragué saliva, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas con violencia. La tensión entre nosotros era una cuerda tensada al máximo, a punto de romperse. ¡Maldita sea mi suerte!
—Usted dijo que era una transacción comercial —le recordé con la voz apenas en un susurro. Insistí para ver si cambiaba de opinión.
—Y lo es. —Él se acercó un poco más, su cuerpo casi rozando el mío. Su calor me envolvía, contradiciendo la frialdad de sus palabras—. Pero todo buen comerciante se asegura de disfrutar de los beneficios de su inversión. ¡Lávate bien, ya sabes dónde!
Damián se alejó antes de que pudiera responder con una grosería, dejándome sola en medio de la opulencia de aquel salón que se sentía como una jaula de oro.
“Esta va a ser una guerra de desgaste, y me temo que él tiene todas las armas”. ¡Te odio, papá, y lo digo bien en serio!
Caminé escaleras arriba, siguiendo al empleado que cargaba mis escasas pertenencias. Al entrar en la habitación, lo primero que vi fue una cama de dimensiones colosales, vestida con sábanas de seda gris. En el vestidor anexo, hileras de prendas de diseñador colgaban impecables, todas en colores sobrios: negro, blanco, esmeralda. No está mal.
Me acerqué a uno de los vestidos y toqué la tela. Era seda pura. Busqué la etiqueta y me quedé sin aliento al ver el precio. Esto es carísimo, ni loca gasto tanto en un simple vestido.
—Todo ha sido seleccionado personalmente por el señor Cavalli para usted —dijo el mayordomo antes de retirarse. Sonreí por cortesía; ese pobre hombre no tiene la culpa de que su jefe sea un patán.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. La chica que me devolvía la mirada parecía una extraña. Una versión más pálida, más asustada de Elena Valli. Me desabroché el vestido que llevaba y lo dejé caer al suelo, sintiéndome vulnerable en mi propia piel.
“Él quiere moldearme. Quiere que olvide quién soy para convertirme en lo que él necesita”. Qué idiota, el hecho de que me compró no significa que voy a hacer lo que dice. ¡Dios, apesto! Es que todo fue tan rápido que hoy solamente me levanté y recibí la bomba que ni tiempo de bañarme me dio.
De repente, la puerta se abrió. No me dio tiempo a cubrirme. Damián estaba en el umbral, con la corbata deshecha y los ojos fijos en mi figura a medio vestir. ¿¿Qué se cree?? Corrí a recoger mi vestido y cubrirme como sea.
—Olvidé mencionarte una regla —dijo, cerrando la puerta tras de sí con un clic que sonó como una sentencia—. En esta habitación no existen los secretos. Aunque tu cuerpo no es perfecto, es pasable, y por si no te has dado cuenta, hiedes un poco.
El aire abandonó mis pulmones en un suspiro entrecortado. Mi primera reacción fue cruzar los brazos sobre mi pecho, tratando de ocultar mi piel de su escrutinio, pero Damián no se movió. No hubo una disculpa, ni rastro de vergüenza en su rostro.







