UN SECRETO

**DAMIAN**

Era una imagen de mi madre, joven y sonriente, junto a un hombre que Elena reconoció de inmediato.

—Ese es mi padre… —susurró ella, mirando la foto con incredulidad—. ¿Por qué tiene esto?

—Esa es la razón por la que odio a tu padre, Elena —le arrebaté la foto de las manos, sintiendo cómo la vieja furia volvía a quemarme las venas—. Él no solo robó dinero. Robó la vida de la mujer que aparece ahí.

La expresión de Elena cambió drásticamente. El desafío que antes brillaba en sus ojos se desvaneció, reemplazado por una duda profunda que comenzó a carcomer los cimientos de su seguridad.

¡Pobre ilusa! Sus labios, antes firmes, ahora temblaban ligeramente, reflejando la incertidumbre que se apoderaba de su mente. Sus manos, que habían estado cruzadas con confianza, ahora se movían inquietas, buscando un anclaje en la realidad que parecía desmoronarse a su alrededor.

—¿Qué quiere decir? Habla de asesinar… Imposible, mi padre jamás haría ese tipo de daño.

—Porque los cobardes suelen olvidar a sus víctimas. Pero yo no olvido. Y ahora, tú vas a pagar por cada uno de sus pecados.

Me di la vuelta con una calma estudiada y caminé hacia mi despacho, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda. La dejé allí, sola con sus preguntas, con el peso de una verdad que apenas empezaba a vislumbrar, como un rompecabezas al que le faltan piezas cruciales. Esa sonrisa que había guardado para este momento por fin floreció.

Que se atormente adivinando, pensé. Qué satisfacción tan refrescante la que siento, como si el aire mismo se hubiera vuelto más ligero a mi alrededor.

**ELENA**

Me quedé de pie en medio del salón, con el eco de las palabras de Damián vibrando en las paredes. La fotografía que él me había arrebatado seguía quemando en mi memoria. Mi padre, siempre tan pulcro y sonriente, junto a una mujer cuya mirada desbordaba una tristeza que yo no lograba comprender. ¿Qué diablos hiciste, papá? ¿A quién destruiste para construir este imperio de naipes?

Subí a la habitación con las piernas pesadas. Necesitaba respuestas, pero mi padre no respondía a mis llamadas. Estaba solo en esa casa vacía, probablemente bebiendo para olvidar que había entregado a su única hija a un lobo. Me senté en el borde de la cama, rodeada de lujos que se sentían como insultos.

La puerta se abrió dos horas después. No necesité girarme para saber que era él; su presencia alteraba la presión atmosférica de cualquier estancia.

—El coche llegará en sesenta minutos —anunció Damián. Su voz era plana, desprovista de la furia de hace un momento—. El vestido que elegí para ti está sobre el diván. No quiero retrasos.

Me levanté y caminé hacia él, deteniéndome a una distancia prudencial.

—¿Quién era ella? —pregunté, ignorando sus órdenes—. La mujer de la foto. ¿Qué hizo mi padre?

Damián tensó la mandíbula. Sus ojos se volvieron dos pozos de obsidiana en los que era imposible leer nada que no fuera un desprecio absoluto.

—No pronuncies una palabra sobre ella, Elena. No tienes ese derecho. Tú no eres nadie.

—Si voy a ser el cordero en este sacrificio, al menos dime por qué me odias tanto —mi voz flaqueó, pero mantuve la barbilla en alto—. ¿Realmente crees que yo sabía algo de esto?

Él dio un paso hacia delante, invadiendo mi espacio con una velocidad que me cortó el aliento. Sus dedos atraparon un mechón de mi pelo, enredándolo con una suavidad que resultaba más aterradora que un golpe.

—La ignorancia no te hace inocente, solo te hace útil —murmuró, su aliento rozando mi frente—. Ahora, vístete. No me obligues a hacerlo yo mismo.

—No se atrevería.

Damián soltó una carcajada baja y peligrosa que me erizó el vello de los brazos.

—He comprado cada centímetro de este cuerpo, Elena. No me retes a demostrarte lo poco que me importa tu pudor.

Me soltó y salió de la habitación, dejándome con el corazón martilleando contra mis costillas. Me acerqué al diván y descubrí el vestido. Era una pieza de alta costura en seda negra, con la espalda completamente descubierta y un corte que prometía ceñirse a mi figura como una segunda piel.

El espejo me devolvía la imagen de una mujer que no reconocía. El vestido negro caía hasta el suelo, fluyendo con cada uno de mis movimientos. Sin embargo, había un problema: el cierre invisible en la parte posterior se había atascado a mitad de camino, justo debajo de mis omóplatos.

Forcejeé con la pequeña pieza metálica; mis brazos empezaban a doler por la posición incómoda.

—Maldita sea… —susurré, sintiendo una mezcla de frustración y nerviosismo. He engordado un poco o este maldito hombre compró una talla más pequeña.

Un golpe seco en la puerta me hizo saltar.

—El tiempo se acaba, Elena.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió. Damián entró, ya vestido con un esmoquin que lo hacía parecer el soberano de un mundo oscuro y sofisticado. Se detuvo al verme luchar con el vestido.

—Déjame hacerlo —ordenó, acercándose con paso decidido.

—Puedo sola, solo necesito un momento —mentí, tratando de cubrir mi espalda con las manos.

—Date la vuelta.

Su tono no admitía réplicas. Me giré lentamente, sintiendo el aire frío de la habitación sobre mi piel desnuda. Escuché sus pasos acercarse hasta que sentí el calor de su cuerpo justo detrás de mí. Sus manos, grandes y seguras, apartaron mi cabello hacia un lado. Sus dedos rozaron la piel de mi nuca, provocando que un escalofrío eléctrico me recorriera la columna hasta la punta de los pies.

“No reacciones. No dejes que note lo que provoca en ti”.

—Tiemblas —observó él. Sus dedos descendieron por mi columna con una lentitud tortuosa, siguiendo la línea del cierre atascado—. ¿Es miedo o es otra cosa?

—Es la temperatura de esta casa, que es tan gélida como su dueño —respondí, aunque mi voz me traicionó al sonar apenas en un susurro.

Sentí el roce del metal contra mi piel mientras él manipulaba el cierre. Damián no tenía prisa. Sus dedos rozaban los bordes de la seda y la calidez de su palma se presionaba momentáneamente contra mi espalda. Era una caricia prohibida, una posesión silenciosa que me dejaba sin defensas.

—Tu piel dice algo muy distinto, Elena —su voz bajó a un tono casi imperceptible, vibrando cerca de mi oído—. Tu pulso está desbocado. ¿Verdad?

—Usted disfruta esto, ¿verdad? —me atreví a preguntar, cerrando los ojos mientras sentía cómo el vestido terminaba de ajustarse a mi cuerpo—. Humillarme de todas las formas posibles.

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