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COMPARTIENDO LA CAMA

**ELENA**

Su sonrisa era jodidamente atractiva, pero este no es el punto. Busqué con la mirada la puerta del baño. 

—Salga de aquí —logré articular, aunque mi voz sonó más como una súplica que como una orden.

—¿Te recuerdo quién ha pagado por esta vista, Elena? —Damián caminó hacia mí con pasos lentos y rítmicos. Cada golpe de sus zapatos contra el suelo de madera resonaba como una sentencia—. Esta habitación es el único lugar donde no tienes permitido esconderte.

—El contrato hablaba de una imagen pública, no de… de esto —señalé mi estado, sintiendo cómo el calor subía por mis mejillas hasta quemarme las orejas.

“No permitas que vea tu miedo. Si nota que te intimida, habrás perdido la guerra antes de empezar”.

Me obligué a bajar los brazos y busqué una bata de seda sobre el diván, pero antes de que pudiera alcanzarla, Damián atrapó mi muñeca. Su agarre no era doloroso, pero sí absoluto. El contraste de su mano fría contra mi piel ardiente provocó que un escalofrío me recorriera la espina dorsal.

—El acuerdo dice que eres mi esposa —susurró, inclinándose tanto que su aliento rozó mi lóbulo—. Y un hombre como yo no deja sus inversiones sin supervisión. Además, no me desagrada tu mal olor.

—Usted no es un hombre, es un cobrador de deudas sin escrúpulos, un animal…  —le espeté, intentando zafarme, pero él me atrajo hacia su pecho.

La dureza de su cuerpo contra el mío era una advertencia silenciosa de su fuerza. Mis manos impactaron contra la fina tela de su camisa, y pude sentir el latido constante y calmado de su corazón. Él estaba en total control, mientras que yo era un manojo de nervios y adrenalina. Soy una imbécil.

—Llámame como quieras —sus ojos oscurecieron, adquiriendo un brillo peligroso—. Pero esta noche dormirás en esta cama. A mi lado.

—No puede obligarme a… —las palabras se me atascaron en la garganta cuando él deslizó su otra mano por mi espalda desnuda, deteniéndose justo donde empezaba la curva de mi cadera.

—No voy a obligarte a nada que tu propio cuerpo no esté pidiendo a gritos, Elena —su voz bajó un octavo, volviéndose una vibración profunda que sentí en el vientre—. ¿Crees que no noto cómo tiemblas? ¿Crees que no veo cómo se acelera tu pulso cuando me acerco?

—Es odio, no deseo —mentí, aunque mis propias reacciones me traicionaban. Lo que más me avergonzaba era mi olor corporal. 

Damián soltó una risa seca, desprovista de alegría, y me soltó con la misma brusquedad con la que me había sujetado. El frío regresó de golpe a mi piel, haciéndome extrañar, por un segundo prohibido, su contacto.

—Convéncete de eso si te ayuda a dormir. Pero mañana a las ocho quiero que estés lista para el desayuno. Vendrá un equipo de relaciones públicas para preparar nuestra primera aparición oficial.

Él se dirigió hacia el otro lado de la estancia, donde un bar privado de madera oscura exhibía botellas de cristal. Se sirvió un trago de whisky, dándome la espalda.

—Ve a bañarte, y te pones algo decente —ordenó sin mirar atrás—. No quiero que el servicio piense que he empezado a cobrarme la deuda tan pronto.

Corrí hacia el baño. Qué vergüenza, ese maldito lo hace por humillarme, pero me las desquitaré algún día. Me bañé y, al salir, tomé la bata y me la puse con manos temblorosas, anudando el cinturón con tanta fuerza que casi me dolió. Me senté en el borde de la inmensa cama, observándolo. Damián bebía en silencio, con la mirada perdida en el ventanal que mostraba las luces de la ciudad a lo lejos. Parecía un rey vigilando un territorio conquistado.

—¿Por qué yo? —pregunté de repente—. Podría haber elegido a cualquier mujer. Hay cientos que se lanzarían a sus pies por una fracción de ese dinero.

Damián dejó la copa sobre la mesa y se giró. La luz de la luna entraba por el cristal, dándole un aspecto espectral y hermoso a la vez.

—Porque ninguna de esas mujeres tiene un padre que me quitó lo que más quería. Eres el trofeo que le arrebaté.

“Venganza. Todo se reduce a eso”.

—Mi padre es un tonto, pero no es un hombre malvado. ¿A quién le haría daño? —lo defendí, aunque ni yo misma estaba segura de ello. Es un ambicioso, eso lo sé, y un jugador empedernido. ¿Pero un ladrón?

—Tu padre es un ladrón que viste de etiqueta, Elena. Y ahora, yo soy el dueño de lo único valioso que le quedaba. Tú.

Él caminó hacia su lado de la cama y empezó a desabrocharse los botones de la camisa, uno a uno, con una tranquilidad tortuosa. Mis ojos, traidores, siguieron el movimiento de sus dedos, revelando un pecho firme y marcado por cicatrices que hablaban de un pasado mucho menos elegante que su presente.

—Apaga la luz cuando termines de analizarme —dijo con sarcasmo, metiéndose bajo las sábanas—. Mañana empieza tu nueva vida. Intenta no arruinarla en el primer día.

Me acosté en el extremo opuesto de la cama, puse dos almohadas en mi costado de modo que no me tocara. Mientras yo estaba tan cerca del borde que temía caerme. El silencio en la habitación era denso, cargado de una tensión que casi podía cortarse. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo a unos centímetros del mío, una frontera invisible que ambos sabíamos que terminaría cayendo.

“Dos años”, los voy a soportar, no perderé mi virtud, por muy tentador que parezca. 

**DAMIAN**

Desperté porque no podía respirar. Miré a un oscuro; el sol aún no sale y se filtra por las cortinas. Qué carajos. La pierna de ella sobre mi cuello, ella atravesada en la cama; esta mujer no conoce la decencia. Lo quité con cautela. 

“Crees que has sobrevivido a la primera noche, pero esto apenas comienza”. Espero no tragarme mis propias amenazas. 

Me senté en el borde del colchón, observando su silueta envuelta en las sábanas de seda. Su cabello castaño estaba desparramado sobre la almohada gris, creando un contraste que me resultó irritante por lo hipnótico que era. Me puse de pie y me vestí con movimientos precisos. Hoy empezaba la transformación. Ella ya no era la hija de un rico; ahora era la mayor exhibición de mi poder.

Caminé hacia su lado y apoyé una mano sobre el colchón, inclinándome hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo.

—Despierta, Elena. El tiempo es oro y hoy me debes mucho —susurré.

Ella abrió los ojos de golpe. El pánico inicial en sus pupilas se transformó rápidamente en ese desafío que tanto me empezaba a gustar.

—¿Ni siquiera en mis sueños voy a tener paz? Tenía que ver ese maldito rostro en cuanto abrí los ojos. —preguntó con la voz ronca por el sueño, sentándose y sujetando la sábana contra su pecho.

—Tuviste ocho horas de paz. Es más de lo que tu padre nos dio a muchos de nosotros —me incorporé, ajustándome los gemelos de oro—. Báñate y prepárate. Mi equipo de imagen está en la planta baja.

—¿Equipo de imagen? No soy una muñeca de porcelana, Damián.

—En este momento, eres lo que yo diga que eres. El mundo tiene que creer que me he casado con la mujer más radiante de la ciudad, no con una heredera en desgracia que parece que no ha dormido en un siglo.

—No voy a fingir que soy feliz a su lado.  Es cierto, en mis mejores tiempos yo era la sensación del momento, ¿cómo terminé así?

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