Mundo ficciónIniciar sesiónNate-lee vive con el corazón destrozado tras un duro pasado. Sin embargo, a pesar de ello, ha encontrado una forma de salir adelante gracias a un pequeño niño. Todos los instintos que el pequeño Noah despierta en ella, son descomunales y también dolorosos... sobre todo cuando es más consciente que nunca lo desprotegido que se encuentra por su propio padre, Demien Vincent, que además es su jefe. Tras malos entendidos y que ella por fin se atreviera a gritarle algunas verdades dolorosas, pero necesarias, a la cara a Demien, es despedida y su mundo vuelve a caer en desesperación. Pero, ¿qué ocurrirá cuando aparezca alguien del pasado de la familia Vincent que viene a reclamar a Noah? Y lo peor, ¿qué pasará cuando, para contrarrestar aquella amenaza, Demien le pidiera ser su esposa? ¿Podrá lograr convertir a Demien en un buen padre? Y, sobre todo, ¿podrá dejar su destrozado corazón, repleto de cicatrices y dolor, de lado en el proceso que conlleva su desesperada historia por sobrevivir?
Leer más—Yo siempre te amaré, Terry. ¿Por qué mi hermana nos impidió estar juntos? Prométeme que nunca me olvidarás —la voz de Deborah, teñida de alcohol y desesperación, resonó mientras se aferraba al micrófono en sus manos, todos creían que haría un brindis por los novios, pero su declaración fue atroz.
Paz, aun con el velo de novia colocado y el vestido blanco ajustado a su silueta, sintió que su mundo se quebraba.
Las palabras de su hermana eran como dagas, atravesando cada rincón de su ser.
Miró a su alrededor y notó las miradas inquisitivas de los invitados, los murmullos que se multiplicaban, y el peso de la humillación la abrumó.
Apretó los puños y sus ojos se llenaron de lágrimas que luchaba por contener.
Era su boda, el día en que debía comenzar una nueva vida con el hombre que amaba, y allí estaba Deborah, robándose cada fragmento de protagonismo, abrazada al hombre que ahora era su esposo.
La gente la miraba con rabia, era obvio, todos, incluso su propio esposo Terrance, creían que ella era una egoísta desalmada, que había robado el amor y lugar de su hermana, convirtiéndose en la esposa que Deborah debió ser.
Lo que nadie sabía era que Paz estaba sacrificándose, nunca quiso robar el amor de nadie, pero lo haría si eso significaba proteger al hombre que amaba, incluso de su propia hermana.
La madre de ambas se apresuró a intervenir, agarrando a Deborah por el brazo y arrastrándola lejos.
La furia en su rostro era evidente.
—Deborah, no hagas esto. ¿Qué te sucede? —le espetó entre dientes, manteniendo una falsa sonrisa para no atraer más atención.
Deborah forcejeó, pero al escuchar las siguientes palabras, su expresión cambió:
—¡Basta! ¿Quieres que muramos contigo? ¡Despierta! ¡Esto es lo mejor que podemos hacer por ahora! ¿Quieres que Terry sepa lo que has hecho?
Por un momento, el alcohol en las venas de Deborah fue reemplazado por un frío y punzante miedo.
Bajó la mirada, mordiendo su labio inferior, pero el resentimiento seguía brillando en sus ojos.
Paz, desde lejos, observaba la escena. Quiso gritar, defenderse, exigir respeto, pero no pudo.
Sus manos temblaban, y el peso de las miradas la hizo sentir diminuta.
Cuando la fiesta terminó, apenas pudo despedirse de su familia, pero vio en ellos el resentimiento en sus miradas.
Para ellos, Paz era la hija imperfecta, y Deborah la brillante estrella, pero ella cometió un error muy grave, y Paz los salvó de ser rechazados por la sociedad, sin embargo, no eran agradecidos.
***
El camino a casa fue un silencio incómodo, roto solo por el sonido del motor. Terry no dijo una palabra. No la miró, ni intentó sostener su mano.
Paz lo siguió como una sombra, intentando no derrumbarse.
Al llegar a la mansión, la empleada la guio hacia su habitación.
Aún llevaba su vestido de novia, el velo ahora colgando torcido, era como un reflejo de su estado emocional.
Buscó a Terry en el frío y amplio espacio, pero él no estaba. Se sintió abandonada, perdida en aquel lugar que ahora debía llamar "hogar".
Cuando finalmente llegó a la habitación, se detuvo en medio del lugar, él acababa de entrar ahí.
La figura imponente de Terry llenó el espacio.
Cerró la puerta detrás de él, quitándose el saco con movimientos precisos, casi mecánicos, desabrochando los botones de su camisa con calma calculada.
—¿Qué haces aquí? —dijo con voz grave, su tono era un filo que la cortó por dentro.
Paz, de pie junto a la cama, tartamudeó, su voz temblorosa.
—Yo… La empleada me dijo que...
—¡Cállate! —espetó él, interrumpiéndola, sus ojos oscuros como un pozo sin fondo. Dio un paso hacia ella, y Paz instintivamente retrocedió—. ¿Estás feliz con lo que lograste? ¿Estás feliz de ser la sustituta de tu hermana?
Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente cayeron, rodando por sus mejillas.
Intentó responder, pero sus palabras murieron en su garganta.
Entonces, Terry la agarró por los brazos, obligándola a mirarlo.
Sus ojos estaban llenos de furia, pero también de algo más, algo que Paz no podía descifrar.
—Escúchame bien, Paz. Desde hoy, sigues mis reglas; No saldrás sola. No esperes de mi amor o ternura. No me tocarás a menos que yo lo quiera y jamás me podrás rechazar, ¿Entendido?
Paz asintió, temblando.
Quiso alejarse, pero él la sujetó con fuerza, acercándose aún más.
Sus labios estaban tan cerca de su oído que podía sentir su aliento cálido contra su piel.
—¿Querías ser mi esposa? —susurró con una mezcla de desprecio y algo perversamente sensual—. Ahora, atente a las consecuencias.
De un empujón la lanzó sobre la cama.
Paz lo miró con el corazón acelerado, sus manos apretando las sábanas mientras lo veía despojarse del resto de su ropa.
Su cuerpo era una mezcla de fuerza y poder, pero sus ojos estaban llenos de hielo.
—¡Desnúdate! —ordenó, su tono, dejando claro que no había lugar para protestas—. Eres mi esposa, ¿no? Entonces cumple con tus deberes.
Paz quiso gritar, quiso correr, pero no podía. Sus manos temblorosas comenzaron a desatar los lazos de su vestido.
Antes de que pudiera quitárselo por completo, Terry la detuvo.
Sus manos fuertes terminaron el trabajo, arrancando el vestido de forma brusca, despojándola de toda protección.
Cuando ambos cayeron sobre la cama, la mezcla de miedo y deseo la abrumó.
Sus caricias eran un torbellino entre la pasión y el control, y aunque ella lo amaba, cada movimiento de Terry era un recordatorio de que, para él, aquello no significaba nada.
Cuando todo terminó, Terry la miró con frialdad, sus palabras fueron como un golpe final:
—Esto no significa nada, Paz. Eres mi esposa, pero nunca te amaré.
Sin más, se levantó y vistió, salió de la habitación, dejando a Paz rota.
Su cuerpo aún temblaba, su pecho subía y bajaba con desesperación.
Las lágrimas volvieron, silenciosas y devastadoras.
«Te amé, Terry, ¿Cómo pudiste ser tan cruel con mi amor?», pensó, abrazándose a sí misma mientras sollozaba.
Pero en lo más profundo de su corazón, creyó que ese hombre nunca la amaría.
Varias horas más tarde, Neta-lee bajó la escalera de la mansión sintiéndose agotada. Tras el enloquecido día, había vuelto a casa de Demien y no se había separado de Noah por todo lo que restó de la tarde. Demien, en cambio, al llegar a la mansión, había desaparecido en su despacho sin decir nada y ella no lo evitó. Ambos necesitaban urgentemente espacio tras lo sucedido y, mientras Neta-lee se embarcó en enfocar y volcar todo lo que le restaba de energía en el pequeño, Demien optó por refugiarse lejos. Mientras descendía por las escaleras y respondía un mensaje de texto de su hermana, exhaló con desgana. Diana había sido de gran ayuda esa tarde. A pesar de la tensión, su hermana había jugado un papel fundamental para que no perdiera los estribos. No había palabras suficientes para agradecerle a ella y su esposo por haberla ayudado, por lo que había dejado cualquier frase insípida de lado y los había abrazado a ambos cuando se habían vuelto a reunir. Por supuesto, mantuvo su decisi
Neta-lee siguió a Noah a través de los pasillos repletos de personas. Luchó por alcanzarlo, mientras gritaba su nombre, pero con la velocidad de un parpadeo el pequeño desapareció entre la multitud que atestaban el lugar. El pánico invadió sus entrañas, mientras no paraba de vociferar con desesperada urgencia el nombre del niño. Su familia también le ayudaba e incluso Demien estaba a punto de perder los estribos mientras buscaba a su hijo. Sin embargo, tras veinte minutos, seguía sin aparecer y las garras de su peor tormento no tardaron en comenzar a despedazarla. —¿Dónde está? ¿Dónde demonios se metió? — pronunció con angustia, tocándose la sien y mirando a todos lados. —Lo hallaremos. Tranquila, Nate. No tiene que haber ido muy lejos — Diana se mantuvo al lado de su hermana y le tomó de la mano, dándole un afectuoso apretón —. John ya fue a hablar con los guardias de seguridad y Demien también está buscándolo. Tranquila, Neta-lee. —Fue mi culpa… — musitó con voz desgarrada, co
—¿Dónde está Demien? — preguntó Neta-lee, con la mirada fija en el final del pasillo, cuanto su cuñado se reunió con ellas. John le tendió una botella de agua a su mujer, que aún cuando ella negó quererla, la aceptó y luego le tendió el vaso de cartón a su hija. Noah le ofreció una botella de agua a Neta-lee y ella le regaló una sonrisa agradecida y el pequeño le correspondió con una pequeña sonrisa tímida. —Dijo que iría al sanitario — respondió John. Neta-lee, de por sí tensa, al oírlo se atemorizó. Aún con todo, forzó una sonrisa e ideó una forma sutil de ir a buscarlo distrayendo a los niños. —¿Por qué no vamos a la tienda de recuerdos? —¡Sí! ¡Me encanta! — chilló Cassie, con un saltito .Y antes de que alguien la detuviera, tomó la mano de Noah y lo instó a correr por el pasillo. —¡Vamos! ¡Rápido, Noah!John dejó escapar una risotada y Neta-lee sonrió negando divertida por su vivaracha sobrina. —¡Cassie, no corras! — gritó Diana. Los tres fueron detrás, siguiéndolos de ce
—¿Nate, cuántas veces has ido al acuario?La vocecilla de Noah la distrajo. Apartó la mirada de la ventanilla y miró al retrovisor para encontrar el reflejo del pequeño niño esperando paciente su respuesta. Se volvió ligeramente sobre su asiento, para mirar la parte trasera del vehículo y con ello a Noah. Demien conducía a su lado. El ambiente era una mezcla de música pop de una estación de radio al azar y tensión. Tras salir de su apartamento, Neta-lee había acordado con su familia que se encontrarían en el acuario ya que no cabrían todos en un mismo auto. Cassie había intentado convencerla de que ella se fuera con ellos en el auto de John, pero Neta-lee declinó tirando ligeramente de unas de sus coletas y bromeando. No había posibilidad alguna de que dejara solo a Noah con Demien, puesto que intuía que este último se echaría atrás a la primera oportunidad. Aquello había causado una ronda de preguntas que había almacenado en un rincón de su mente, sumándole a la lista de cosas por
Diana observa el intercambio con seriedad, mientras que John fingía estar distraído ayudando a su hija a cortar pan y preguntándole a Noah si quería una rebanada de pie de limón. —¿En serio? — Demien alzó los ojos y la estudió con frialdad. —Sí. La acabo de cancelar, informando que se pospondrá para mañana a mediodía — sonrió con dulzura fingida y se acercó hasta él, poniéndose a sus espaldas y tomándolo por los hombros para tirar del abrigo —. Ya puedes calmarte y desayunar tranquilo. No hay nada por qué preocuparse hoy, más que por un gran día en el acuario. —¡Sí! — gritó Cassie con entusiasmo, desde la mesa, alzando el puño —. ¡Iremos a ver a las nutrias! — luego la vio inclinarse en dirección a Noah y preguntar con sus grandes y emocionados ojos celestes —. ¿Conoces las nutrias? ¿Las has visto?Vio a Noah sacudir la cabeza, negando en silencio.John sonrió y Diana le ofreció una fugaz y cándida sonrisa a su hija, que comenzó a parlotear sobre sus últimos descubrimientos que hab
Los golpes en la puerta eran insistentes. Fuertes. Neta-lee farfulló quejándose entre dientes y apretó los ojos, girando el rostro para huir del sonido, pero entre más intentaba escapar de ese infernal aporreo, más fuerte resonaba en sus oídos. Se acomodó de costado, con la cabeza contra el lado cálido que hizo que su cabeza subiera y bajara al ritmo de una profunda respiración. Se sentía agradable. Suspiró e intentó sumergirse de nuevo en el plácido sueño, aliviada de que el llamado a la distancia se detuviera. Respiró, se calmó y pocos segundos después el sonido de su teléfono celular en el salón interrumpió su esfuerzo por volver a la dicha de tranquilidad. Arrugó el ceño disgustada, enterrando el rostro en la templada y sólida masa que se sentía suave bajo su mejilla, cuando ésta dejó escapar un suspiró y la respiración profunda le dio en la frente, agitando algunos mechones de su cabello, es que ella se paralizó. Cada muro a su alrededor se levantó y cada alarma en su cabeza la
Último capítulo