Cuando Neta-lee terminó con las llamadas pendientes, se sentía exhausta.
Se quitó los anteojos, cerró los ojos, y se llevó la mano a la parte inferior del cuello para masajear los músculos tensos mientras intentaba aliviar el estrés.
Dejó escapar un profundo suspiro de alivio y se dedicó a oír la melodía que se percibía a lo lejos y que llegaba a penas con sonidos discordantes hasta donde estaba.
Se escuchaba algo torpe y desacorde, pero, de todos modos, sonrió.
En el sonido lejano podía disting