Mundo ficciónIniciar sesiónDicen que los Blackwood están hechos de mármol y secretos, pero yo prefiero pensar que solo necesitan un buen martillo para romperse. Como arquitecta, mi trabajo es diseñar estructuras sólidas, pero como Donovan, mi especialidad es demoler el orden. Spencer Blackwood es el CEO más brillante, frío y exasperante que ha pisado Londres; un hombre que vive bajo la dictadura de su agenda y que cree que puede comprar el mundo con una firma. Me contrató para diseñar su proyecto más ambicioso, pensando que yo sería otra pieza en su tablero. Pobre iluso. Él cree que tiene el control absoluto. Yo creo que su estructura tiene grietas peligrosas. Nuestra relación es una colisión constante entre su lógica empresarial y mi caos creativo. Pero entre planos robados, discusiones a medianoche y miradas que queman más que el whisky caro, he descubierto algo: detrás de ese estratega carismático hay un hombre que no sabe qué hacer cuando los sentimientos no cuadran con los números. Somos oponentes por naturaleza y aliados por necesidad. Pero en este juego de poder, solo uno de los dos quedará en pie... y yo no pienso ser la que se derrumbe.
Leer másLondres tiene esa manía de despertarse con un humor de perros, y yo, por desgracia, suelo estar en sintonía con el clima. Eran las ocho de la mañana, la lluvia fina me empapaba el flequillo y el metro se había retrasado lo suficiente como para que mi nivel de paciencia estuviera bajo mínimos.
—¡Maldita sea! —mascullé, equilibrando un porta-planos gigante bajo mi brazo izquierdo y dos cafés de Costa en la mano derecha.
Iba tarde. Mi primera entrevista con el "todopoderoso" cliente de Blackwood Holdings era en quince minutos y yo parecía una mezcla entre una náufraga y una vendedora de suministros de oficina al borde de un ataque de nervios. Crucé la acera de cristal frente al rascacielos de acero que dominaba la City. Era un edificio pretencioso, frío y geométrico. Justo como su dueño, según los rumores.
Me lancé hacia las puertas giratorias con el ímpetu de una jugadora de rugby. No vi que alguien venía saliendo con la misma prisa. O mejor dicho, lo vi cuando ya era demasiado tarde.
El impacto fue seco. Mi hombro chocó contra un pecho que se sentía como una viga de hormigón. Mis manos perdieron el control. En una cámara lenta digna de una película de terror, las t***s de plástico de los cafés saltaron por el aire. El líquido oscuro y hirviente dibujó un arco perfecto antes de aterrizar, íntegro, sobre la camisa blanca inmaculada y la corbata de seda azul de la montaña humana que tenía delante.
—¡Oh, por el amor de...! —exclamó una voz profunda, cargada de una arrogancia que me hizo erizar la piel.
Me quedé congelada, mirando la mancha de café que se expandía por su pecho como un mapa de la derrota. Levanté la vista. El hombre era... insultantemente guapo. Tenía una mandíbula que podría cortar diamantes y unos ojos azules tan fríos que juraría que el café se estaba congelando sobre su camisa. Pero su expresión era de puro asco contenido.
—¿Es que no tienes ojos en la cara? —escupió él, sacudiéndose las manos como si yo fuera una especie de virus—. Acabas de arruinar una reunión de diez millones de libras y, de paso, mi mejor traje.
Mi rastro de culpa se esfumó en un nanosegundo. ¿Perdón?
—Primero: tú también venías como si fueras el dueño de la acera —solté, recuperando el equilibrio y ajustándome el porta-planos con un gesto desafiante—. Segundo: es solo café, no ácido sulfúrico. Y tercero: si tu reunión de diez millones depende de que tu camisa esté blanca, quizás tus negocios no sean tan sólidos como crees, James Bond.
Él se quedó mudo. Literalmente abrió la boca y la volvió a cerrar, procesando el hecho de que alguien le estuviera respondiendo. Se ajustó los puños de la chaqueta (que seguía impecable, por desgracia) y me dedicó una mirada que habría matado a un animal pequeño.
—¿Tienes idea de con quién estás hablando? —preguntó con una calma peligrosa.
—Con un tipo que necesita urgentemente un curso de modales y una tintorería —respondí con una sonrisa irónica, aunque por dentro mi corazón latía a mil por hora—. Y ahora, si me disculpas, tengo una cita con un tipo que probablemente sea tan estirado como tú, pero que al menos me va a pagar por arreglarle su espantoso edificio.
Le di un golpecito amistoso —y totalmente innecesario— en el hombro mojado y pasé por su lado, dejando que el aroma de mi perfume de vainilla y el de su café derramado hicieran cortocircuito en el aire.
—¡Espera! —rugió él a mis espaldas—. ¡Donovan! ¡Vi tu nombre en la carpeta!
No me detuve. Levanté la mano y le hice un gesto de despedida sin mirar atrás mientras entraba en el ascensor.
Cuando llegué a la planta 60, me sentía poderosa. Me limpié un poco las botas, me peiné el desastre rubio de mi cabeza y me presenté ante la secretaria.
—Casey Donovan. Tengo una cita con el señor Blackwood.
—Pase, por favor. La está esperando —dijo la mujer, con una mirada de lástima que no comprendí hasta que abrí la puerta doble de la oficina principal.
Me quedé petrificada.
Detrás del escritorio de roble, con una camisa nueva sacada probablemente de un armario de emergencia y la misma expresión de gárgola enfadada, estaba él. El tipo del café. El tipo al que acababa de llamar estirado.
Spencer Blackwood me miró fijamente. Se cruzó de brazos, y una chispa de triunfo malicioso bailó en sus ojos azules.
—Así que... —dijo, arrastrando las palabras—. ¿El edificio es "espantoso" y yo necesito un curso de modales?
Sentí que la cara me ardía, pero los Donovan no nos arrodillamos ante nadie. Ni siquiera ante CEOs con complejos de dios. Me puse recta, dejé mis planos sobre su mesa con un golpe seco y le sostuve la mirada.
—Para ser justa, Blackwood —dije, usando su nombre de pila solo para ver cómo se le tensaba la mandíbula—, el edificio es espantoso porque aún no he puesto mis manos en él. Y lo de los modales... bueno, la mancha de café le daba algo de personalidad a tu outfit. Deberías agradecérmelo.
Spencer apretó los puños sobre el escritorio. El silencio en la oficina era tan denso que se podía cortar con un bisturí. Por un momento, pensé que llamaría a seguridad para lanzarme por la ventana. Pero entonces, soltó un suspiro pesado y miró mis planos.
—Tienes tres minutos para convencerme de que no te vete en toda la ciudad, Donovan. Empieza ya.
Sonreí. Esto iba a ser divertido.
Diez años no son nada en la escala de un edificio, pero son una eternidad cuando se trata de construir una familia.El sol de junio caía sobre la mansión Blackwood, pero ya no era la estructura fría y gris que recordaba de mis primeros años allí. Los jardines, una vez impecables y casi intimidantes bajo la supervisión de Spencer, ahora estaban invadidos por el caos encantador de la vida: juguetes de madera esparcidos, árboles de magnolia que daban sombra a una mesa de dibujo improvisada y el sonido constante de risas que no conocían la censura.Me detuve en el umbral del salón principal, esa misma sala donde una década atrás, un Spencer desesperado había intentado comprar mi amor con lirios blancos y un anillo de diamantes. Me llevé la mano al cuello, acariciando la sencilla cadena que ahora llevaba allí, un recordatorio físico de que el lujo no era lo que definía nuestra casa.Un ruido sordo y una carcajada cristalina me sacaron de mis pensamientos.—¡No es así como se dibuja un arco
(Narrado por Spencer Blackwood)La mansión Blackwood nunca se había sentido tan silenciosa como aquella mañana. El aire estaba cargado de una electricidad residual, una mezcla entre el rastro de la tormenta que acababa de pasar y la calma tensa de un campo de batalla tras el cese al fuego. Estaba arrodillado en el sofá, mis manos todavía trabajaban sobre los tobillos de Casey, sintiendo cómo sus músculos, habitualmente tensos por el peso de sus proyectos, se rendían lentamente bajo mi tacto.La miré. Sus ojos estaban cerrados, su cabeza apoyada contra los cojines, y por primera vez en semanas, no vi a la mujer que me miraba con desdén o cautela. Vi a la mujer que, en medio del caos, había decidido llevar una vida dentro de ella, una vida que nos obligaba a ser mejores, aunque fuera a la fuerza.—Te ves diferente —murmuré, deteniéndome un instante para observar la curva de su perfil.Casey abrió los ojos lentamente. Eran ojos que habían visto demasiada traición en los últimos meses, pe
Dominic BlackwoodLa clínica de fertilidad era un bastión de cristal y mármol en el corazón de Marylebone, un lugar donde el silencio se compraba a precio de oro. Caminaba junto a Chloe, manteniendo mi mano firmemente apoyada en su espalda baja. Hoy era el día. Ella continuaba con su monitoreo y yo iba a cumplir mi parte del pacto. Había una extraña solemnidad en el ambiente, una sensación de que estábamos blindando nuestro mañana.Pero el destino, o más bien los pecados de mi pasado, tenían otros planes.Al doblar el pasillo hacia la zona de consultas privadas, lo vi. Estaba sentado en una de las poltronas de cuero, revisando su reloj de oro con esa suficiencia insoportable que me revolvía el estómago desde que teníamos diez años.Dylan Ferrer.Si yo era la Gárgola de Londres, Dylan era la serpiente que siempre intentaba deslizarse por las grietas de mi imperio. Nuestras familias habían competido por generaciones, pero lo nuestro era personal; desde los internados suizos hasta las ju
(Narrado por Spencer Blackwood)Me quedé allí, de pie en medio del salón, sintiendo el peso del anillo de diamantes en el bolsillo de mi chaqueta como si fuera una piedra de plomo. Todo estaba listo: las luces tenues, el vino más caro de mi bodega y esos miles de lirios blancos que, según mi lógica de arquitecto, debían crear el ambiente de una catedral del amor.Entonces, la puerta principal se abrió.Casey entró arrastrando los pies, con el bolso colgando del hombro y el cabello ligeramente despeinado por el viento de la tarde. Se detuvo en seco en el umbral. Sus ojos recorrieron las montañas de flores, las velas encendidas y mi traje perfectamente entallado. Esperaba una mirada de asombro, quizás una lágrima de emoción, pero lo que vi fue una palidez súbita que recorrió su rostro.De repente, se cubrió la boca con la mano y, sin decir una palabra, salió disparada hacia las puertas acristaladas que daban al patio.—¡Casey! —exclamé, dejando caer la caja de terciopelo sobre una mesa
Último capítulo