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Capítulo 6: Sombras de una Verdad

Leo se durmió después del almuerzo. Dalia lo acostó en la cama de invitados, rodeada de cojines y con una manta que olía a suavizante. El pequeño se había rendido después de llorar otra vez por su madre, y ahora respiraba con ese ritmo tranquilo de los niños que han gastado todas las lágrimas.

Dalia cerró la puerta sin hacer ruido y volvió al salón.

La carpeta beige seguía sobre la mesa de centro. La miró durante un largo minuto, como si fuera un animal que pudiera morder. Luego la abrió.

Marco Loren.

No era solo un nombre. Era una biografía paralela, una vida que Dalia creía conocer y que ahora se desplegaba ante sus ojos como un mapa de traiciones.

Hojeó los informes. Marco no era un simple oficinista. Había sido alguien que se movía entre los peces gordos. Los informes de inteligencia de la fiscalía lo situaban en reuniones con intermediarios del tráfico de armas. Su nombre aparecía en extractos bancarios de cuentas offshore. Había viajado a países que no estaban en los itinerarios que le contaba a Tessa.

Dalia leyó una y otra vez los nombres de los contactos. Algunos los reconocía de los viejos cuadernos de Irina, aquellos que la nana guardaba en una caja de metal debajo de la cama. Hombres con apellidos que sonaban a peligro. Mujeres que manejaban la logística del imperio de Otto Malinche.

—¿Qué hacías tú ahí, Marco? —susurró, pasándose una mano por el cabello.

Y entonces llegaron las dudas. Las que no podía callar.

¿Sabía Tessa la verdad?

Dalia cerró los ojos y se dejó caer hacia atrás en el sofá. Los recuerdos comenzaron a llegar, no en orden, sino como piezas de un rompecabezas que siempre había estado ahí, solo que ella se había negado a verlo.

Hace dos años. Una comida en casa de Tessa.

Leo era todavía un bebé, envuelto en una mantita amarilla. Tessa lo mecía mientras Marco servía el vino. Dalia había ido a cenar, una de esas visitas protocolarias que ambas se imponían para mantener la fachada.

—¿Todo bien en el trabajo? —preguntó Dalia, por cortesía.

Marco y Tessa se miraron. Un segundo. Tal vez menos.

—Todo bien, amor —respondió Tessa, con una sonrisa que ahora Dalia recordaba tensa—. Los jefes están pesados, pero nada nuevo.

Los jefes. En aquel momento, Dalia pensó que se refería a los supervisores de la oficina de Marco. Ahora sabía que no.

---

Hace un año. Una llamada de Tessa.

—¿Crees que se puede confiar en alguien al cien por cien? —preguntó su hermana, sin preámbulo.

Dalia estaba en su oficina, rodeada de expedientes corporativos.

—Depende —respondió, distraída—. ¿De qué hablas?

—De nada. Cosas mías. Ya hablamos.

Colgó. Dalia no le dio importancia. Ahora sí.

Hace seis meses. La última vez que vio a Marco.

Fue en el cumpleaños de Leo. Globos de colores, una tarta con forma de tren. Marco la llevó aparte mientras Tessa cortaba el pastel.

—Dalia —dijo él, con esa voz suave que siempre le había parecido sincera—. Si alguna vez pasa algo... tú eres la hermana de Tessa. La única familia que le queda.

—No va a pasar nada —respondió ella, incómoda.

—Eso espero. Pero por si acaso... cuida de Leo. Y de ella.

Dalia asintió, pensando que era una bobada de padre primerizo. Ahora entendía que Marco sabía. Sabía que el peligro estaba cerca.

Hace tres meses. El mensaje de Tessa.

Un W******p, de madrugada. Dalia lo leyó al despertar y casi lo borró por automático.

"Logramos contactar con alguien cercano. Pronto sabremos la verdad."

Dalia respondió con un emoji de interrogación. Tessa nunca contestó. Cuando la llamó, su hermana dijo que era un mensaje para una compañera del grupo de madres, que se había equivocado de chat.

Dalia se lo creyó. Era más fácil creerlo.

Ahora, sentada en el sofá con el expediente abierto, Dalia unió los puntos.

Todo bien, amor, los jefes están pesados.

¿Se puede confiar en alguien al cien por cien?

Cuida de Leo. Y de ella.

Logramos contactar con alguien cercano.

No eran frases sueltas. Eran mensajes en clave. Tessa sabía. Desde hacía tiempo, tal vez desde antes de casarse con Marco. Y le había mentido. Otra vez.

La rabia le subió por el pecho, pero no tenía tiempo para ella.

Porque había algo más.

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