Mundo ficciónIniciar sesiónIsabella Beltrán siempre fue una mujer fuerte, decidida a hacer cualquier cosa por su familia… hasta que el destino le juega su peor carta. Su propio padre, el hombre que debía protegerla, la obliga a casarse con un desconocido para pagar una deuda de juego, arrebatándole su libertad en una decisión que no le pertenece. Pero lo que Isabella no sabe… es que alguien más ya ha decidido su destino. Adriano Vercelli. Un hombre frío, calculador y completamente ajeno al amor, dispuesto a reclamar lo que cree suyo. Obsesionado con Isabella desde el pasado, aparece en su vida no para salvarla… sino para cobrar una deuda mucho más personal: el desprecio que ella alguna vez le dio. Isabella no está dispuesta a someterse. Adriano no está acostumbrado a perder. Y cuando el orgullo, el deseo y el poder chocan, solo queda una pregunta… ¿Quién terminará doblegando a quién?
Leer másSus manos temblaban, igual que su voz, mientras su mirada recorría una y otra vez las cartas sobre la mesa.
—No puedo perder la empresa… es lo único que tiene mi familia y lo único que me queda —dijo Josué finalmente.
Eduardo soltó una risa baja, cargada de bastante ironía.
—La perdiste en el momento en que decidiste apostar —respondió con frialdad—. Si no quieres perderla… dime, ¿qué más tienes para dar? Por lo que sé, ya no tienes nada que apostar, al menos que…
Josué apretó los dientes, sintiendo cómo todo se le escapaba de las manos.
—Lo único que tengo… es a mi hija.
Titubeó él mientras sus palabras salían sin retorno alguno.
Eduardo lo observó unos segundos, como si ya hubiera esperado esa respuesta. Su hijo mayor siempre había estado enamorado de Isabella, y está era la mejor oportunidad para que su hijo tuviera su mejor juguete.
—Perfecto —dijo al fin—. Tu deuda queda saldada si tu hija se casa con mi hijo mayor… Gael.
Josué alzó la mirada, impactado.
—¿Qué?
—Ya me escuchaste.
Josué se llevó las manos a la cabeza, respirando con dificultad. Era su hija… o perderlo todo.
Y él no estaba dispuesto a quedarse sin nada, y menos sin la naviera, lo único que le quedaba.
—Está bien… —aceptó al final—. Isabella se casará con tu hijo.
Una sonrisa satisfecha apareció en el rostro de Eduardo. Se levantó con calma, caminó hacia el minibar y sirvió un trago de whisky.
—La boda será pasado mañana —anunció—. Y más te vale que tu hija no intente nada…
Se giró apenas, mirándolo con frialdad.
—Porque si lo hace, te doy un tiro en la cabeza, y también a tu linda hijita.
Josué asintió en silencio, no tenía elección. Se levantó y salió de la habitación con el peso de su decisión aplastándolo.
Había perdido todo en una sola noche. Y ahora… también había entregado a su hija.
Mientras tanto, al otro lado de la puerta… una sonrisa se dibujó en los labios de Adriano Vercelli.
Había escuchado lo suficiente. Sí, habría una boda, por supuesto que sí.
Pero no sería con el hermano que ellos esperaban.Varios minutos después, Josué detuvo su auto frente a la casa. El motor se apagó… pero él no se movió, sus manos temblaban sobre el volante, su respiración era irregular.
Aún no sabía cómo iba a hacerlo, cómo iba a mirar a su hija a los ojos… y decirle que debía casarse, que ya no tenía elección.
Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera encontrar una salida. Pero por supuesto que ya no había más salida.
La puerta se abrió con lentitud.
Isabella levantó la mirada desde el sofá, frunciendo ligeramente el ceño al ver a su padre entrar.
Algo no estaba bien, lo notó de inmediato, el rostro pálido, la mirada esquiva.
Las manos… temblando.—¿Papá? —preguntó, incorporándose—. ¿Qué pasa?
Josué cerró la puerta tras de sí, no respondió de inmediato. Parecía buscar las palabras… o el valor.
—Necesito hablar contigo —dijo al fin.
Su voz era distinta. Isabella se puso de pie, sintiendo un nudo formarse en su estómago.
—Me estás asustando.
Josué la miró y por un segundo… dudó. Pero ya era tarde para retroceder.
—Te vas a casar.
—¿Qué? —su voz salió llena de incredulidad.
—La boda será pasado mañana.
Isabella negó de inmediato, retrocediendo un paso.
—No… no, eso no tiene sentido. Yo me iba a casar…
—Ya no.
La interrumpió, con un tono seco, frío, demasiado frío para ser cierto.
—No voy a casarme con nadie —espetó ella, sintiendo cómo la rabia comenzaba a subir—. Mucho menos así.
Josué apretó los dientes.
—No tienes opción.
—Claro que la tengo —respondió, alzando la voz—. Es mi vida.
—¡No entiendes! —explotó él de repente.
Isabella lo miró, sorprendida.
—Entonces explícame —dijo, con la voz temblando—. Porque no pienso aceptar algo así sin una razón.
Josué cerró los ojos un instante y cuando los abrió… ya no había forma de ocultarlo.
—Perdí la empresa.
Las palabras la golpearon fuertemente.
—¿Qué…?
—La perdí —repitió, más bajo—. En una apuesta.
El aire se le fue del pecho.
—No… —susurró, negando—. No puedes estar hablando en serio. Esa empresa era de mamá
—Lo estoy.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó finalmente, con un hilo de voz.
Josué dio un paso hacia ella desesperado.
—Tiene todo que ver contigo.
Isabella frunció el ceño.
—No.
—Sí.
Él tragó saliva.
—La única forma de saldar la deuda… es que te cases.
El corazón de Isabella comenzó a latir con fuerza.
—No voy a hacerlo —dijo Isabella sin dudarlo.
Josué tensó la mandíbula.
—Si no lo haces… me van a matar.
El mundo de ella se detuvo.
—¿Qué…?
—No es una amenaza vacía —continuó, con la voz quebrándose por primera vez—. Es real, Isabella. Muy real.
Ella lo miró, sintiendo cómo el miedo comenzaba a mezclarse con la rabia.
—Eso no significa que tengas derecho a decidir por mí.
—No es solo eso —añadió él, más bajo.
—No podré seguir pagando el tratamiento de tu hermana.
Isabella se quedó inmóvil.
—No… —susurró.
—Los medicamentos… las terapias… todo depende de ese dinero —continuó Josué, acercándose un poco más—. Si pierdo todo… ella también lo pierde.
Las manos de Isabella comenzaron a temblar.
—Estás usando eso en mi contra…
—Estoy diciendo la verdad.
—¡No es justo!
—Nada de esto lo es.
—No puedes pedirme esto… —dijo ella, con la voz quebrándose—. Es mi vida.
Josué la miró con algo cercano a la desesperación.
—Eres mi única salida.
Las palabras le dolieron más que cualquier otra cosa.
—Entonces no tienes ninguna salida —respondió ella, con los ojos brillando por la rabia, la indignación—. Porque no voy a casarme con un desconocido.
—Es un Vercelli.
Isabella cerró los ojos un instante.Sabía lo que eso significaba.
Poder, dinero y peligro
Cuando volvió a abrirlos… ya no había la misma firmeza.
—¿Quién? —preguntó en voz baja.
Josué dudó apenas.
—Gael.
Gael levantó la mirada hacia los hombres que permanecían detrás de él.Su expresión había cambiado por completo.—Abran fuego.La orden fue suficiente.Los hombres comenzaron a disparar contra la entrada de la bodega. El estruendo de las armas retumbó por todo el lugar, haciendo vibrar los ventanales y provocando que varios objetos cayeran de las estanterías.Los tres hombres que custodiaban la propiedad reaccionaron de inmediato.—¡Al suelo! —gritó uno de ellos.Se refugiaron detrás de unas enormes cajas de madera mientras respondían al ataque.Las balas atravesaron algunos de los objetos, levantando astillas por todas partes.Mientras tanto, en el interior de la mansión, María bajaba rápidamente las escaleras junto a Isabella.—¡Señora, tenemos que escondernos!—¿Qué está pasando? —preguntó Isabella, intentando mantener la calma.—No lo sé, pero están disparando.Un nuevo estruendo hizo que Isabella se estremeciera. Antes de que pudiera responder, escucharon pasos apresurados detrá
La tarde había llegado sobre la mansión Vercelli, en una simple vista llena de calma.Dentro de la propiedad, las luces permanecían encendidas y algunos empleados todavía se movían por los pasillos. Después de lo ocurrido horas atrás con Leah, todos parecían estar intentando recuperar la normalidad.Pero aquella tranquilidad estaba a punto de terminar.En la sala de vigilancia, uno de los hombres encargados de controlar las cámaras permanecía sentado frente a los monitores. Sus ojos recorrían las diferentes entradas de la propiedad hasta que algo llamó poderosamente su atención.Frunció el ceño, pues una camioneta negra apareció en una de las cámaras, después otra, y otra.El hombre se inclinó hacia delante.—¿Qué demonios...?Y amplió la imagen.Varias camionetas estaban atravesando lentamente el camino que conducía directamente hacia la mansión.Entonces vio las puertas abrirse, y varios hombres armados comenzaron a descender.El guardia sintió que un escalofrío le recorría la espa
Gael sostenía el teléfono con fuerza, caminando de un lado a otro dentro de su habitación. Su mandíbula permanecía tensa mientras esperaba que Leah dejara de llorar al otro lado de la línea. Estaba a punto de responder cuando la puerta se abrió sin previo aviso.Eduardo entró con el ceño fruncido.Al verlo, Gael bajó la mano que sostenía el teléfono y respiró hondo, intentando que su padre no alcanzara a escuchar la conversación.Del otro lado de la llamada, la voz desesperada de Leah volvió a escucharse.—Gael... no pude hacer nada.Él frunció el ceño.—¿Qué?Leah soltó un bufido cargado de rabia.—Sí, como escuchaste. La estúpida mujer de tu hermano, me acaba de echar.Gael cerró los ojos con fuerza.—¡Mierda!Eduardo levantó una ceja, intentando entender qué estaba ocurriendo, pero decidió permanecer en silencio.Gael hizo una pausa antes de volver a hablar.—Espera un momento... ¿y dónde está mi hermano?—No lo se, él salió temprano. Pero la estúpida, insípida e insignificante de
Mientras tanto, en la mansión Vercelli permanecía inusualmente silenciosa.Con Adriano fuera atendiendo la reunión en las bodegas del centro y Luca acompañándolo, apenas quedaban algunos empleados ocupándose de sus labores, y por supuesto los dos hombres encargados de cuidarla, de cuidar de Isabella.Leah entreabrió la puerta de la habitación que le habían asignado y asomó la cabeza. Observó el largo pasillo y, al comprobar que no había nadie, sonrió con satisfacción.—Perfecto... —susurró.Salió con paso tranquilo, procurando no hacer ruido. Bajó las escaleras y caminó directamente hacia el lugar que más le interesaba desde que había puesto un pie en aquella mansión.La biblioteca.Empujó la pesada puerta de madera y recorrió el enorme lugar con la mirada.—Veamos qué escondes, Adri. Debemos tener pistas para Gael.Comenzó a abrir cajones, mover carpetas y revisar documentos. Libros, contratos y expedientes terminaron sobre el escritorio y el suelo.No tardó mucho para que una de la
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