Mundo ficciónIniciar sesiónLa primera luz del amanecer se colaba por las rendijas de la persiana como dedos pálidos que arañaban la penumbra. Dalia cerró por fin la puerta de su apartamento. Leo seguía dormido en sus brazos, con el puño apretado contra el pecho y un suspiro diminuto que escapaba de sus labios cada pocos segundos, como un latido frágil.
No sabía qué hacer con un niño. No sabía nada de pañales, ni de horarios de comida, ni de esas cosas que Tessa manejaba con una naturalidad que Dalia siempre había admirado en silencio. Lo había visto hacer, claro. En las pocas reuniones familiares, en las fotos que Tessa le enviaba por mensaje y que ella miraba sin saber qué responder. Qué bien se te da, pensaba entonces. Yo no podría. Y ahora no tenía elección. Lo acostó en su propia cama, rodeándolo de almohadas para que no se cayera. El pequeño se estiró, murmuró algo ininteligible —quizá «mamá», quizá un sueño— y volvió a dormirse. Dalia se quedó un momento mirándolo, con las manos apoyadas en las caderas, sintiendo el peso de una responsabilidad para la que nada la había preparado. Bienvenida a la maternidad forzosa, se dijo con amargura. Luego cogió el teléfono. —Buenos días, Ana. Soy Dalia —dijo cuando su secretaria atendió, con voz áspera por la noche en vela—. Sé que es temprano para llamarte, pero necesito cogerme unos días de vacaciones. Asuntos personales. Comuníqueselo a los jefes, por favor. —¿Todo bien, señora Scott? —preguntó Ana, con ese tono de quien sabe que está pasando algo malo pero no se atreve a indagar. —Todo bajo control —mintió Dalia, mirando al niño que dormía en su cama—. Dígales que no me localicen salvo emergencia real. Colgó sin esperar respuesta. Las vacaciones eran una mentira. No pensaba descansar. Pero necesitaba tiempo. Tiempo para entender qué había pasado. Tiempo para proteger a Leo. Tiempo para decidir si la abogada corporativa que había construido durante once años seguía siendo quien quería ser o tenía que volver a reinventarse desde los cimientos. El niño se despertó dos horas después, con un llanto desgarrador que atravesó el silencio del apartamento como un cuchillo. Dalia corrió a la habitación, el corazón encogido. Leo estaba sentado en medio de la cama, con los ojos abiertos de par en par, las mejillas encendidas y los brazos extendidos hacia ella como si ella fuera el único salvavidas en un naufragio. —¿Mamá? —gimió, con esa voz pequeña que rompe todo—. Quiero a mamá. Dalia se lo llevó en brazos. Lo meció. Le susurró cosas sin sentido —«todo va a estar bien, cariño, estoy aquí»— aunque no las creyera. Lo sostuvo contra su pecho mientras el niño lloraba hasta quedarse sin aire, con hipos violentos que sacudían su cuerpecito. Y ella no podía hacer nada más que estar ahí, presente, aunque su presencia no fuera la que él reclamaba. ¿Qué le digo? ¿Cómo le explico que su madre no va a volver? —Mamá no puede venir ahora —dijo al final, con la voz quebrada, sintiendo cómo las palabras le raspaban la garganta—. Pero yo estoy aquí. Me llamo Dalia. Soy tu tía. La tía Dalia. Y voy a cuidar de ti, ¿vale? Siempre. Leo la miró con sus grandes ojos avellana —los ojos de Tessa— y, por un instante, Dalia vio a su hermana en ese niño. Vio su obstinación. Su forma de mirar antes de decidir si confiar o no. Aquella misma mirada que Tessa le había lanzado la última vez que se vieron, en el bautizo, cuando Dalia se despidió con un «nos vemos pronto» que ninguna de las dos creyó. —Tía —repitió él, como probando la palabra, como si la estuviera grabando en algún rincón de su memoria. —Eso es. Tía. El pequeño apoyó la cabeza en su hombro y se quedó quieto. No dejó de llorar del todo, pero el llanto se convirtió en un hipo cansado, un temblor residual. Dalia lo llevó a la cocina, buscó en la nevera algo que pudiera servir para desayunar y descubrió que solo tenía leche, cereales para adultos y un yogur caducado. Fantástico. Candidata a madre del año y aún no han pasado ni veinticuatro horas. Era una guardiana improvisada sin plan, sin preparación y sin la menor idea de lo que hacía. El teléfono vibró sobre la encimera. Maite. Dalia atendió con un suspiro que le salió del fondo de los pulmones. —¿Dónde estás? —preguntó su amiga, con esa voz que no admitía evasivas— He llamado a tu oficina y me han dicho que estás de vacaciones. Desde ayer, según ellos. Desde antes de nuestra comida. ¿Qué está pasando? —Estoy en casa. —¿Puedo pasar? Necesito hablar contigo. Es importante. Dalia miró a Leo, que ahora jugaba con una cuchara de madera sobre la alfombra del salón, golpeándola contra el suelo con una concentración casi hipnótica. —Ven —dijo—, pero te advierto que no es un buen momento. —Nunca lo es contigo. Maite cortó la llamada. Dalia dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó un momento en silencio, escuchando los ruidos diminutos que hacía Leo al golpear la cuchara. Tic, tac, tic, tac. Como un reloj. Como la cuenta atrás que había empezado la noche anterior. Maite no tardó más de veinte minutos en llegar. Cuando Dalia abrió la puerta, su amiga entró como un huracán, con su blazer azul marino, su coleta perfecta y una carpeta de color beige bajo el brazo. Se detuvo en seco cuando vio a Leo. Miró a Dalia, que le hizo un gesto hacia la cocina. Allí, a solas, le contó lo ocurrido la noche anterior: la llamada, la comisaría, la cámara frigorífica, el cuerpo de Tessa. Mientras hablaba, sus manos no dejaban de temblar, así que las escondió en los bolsillos del pantalón. Maite escuchó sin interrumpir. Solo al final, con la voz ronca por la contención, preguntó: —¿Entonces? —señaló a Leo con un movimiento de barbilla— ¿Te vas a hacer cargo del hijo de tu hermana? —Sí. Se llama Leo. El nombre salió como un susurro, pero también como un juramento. La expresión de Dalia se suavizó. Solo un poco. —Dios… ¿cómo pudo ocurrir algo así? —Siéntate y hablemos —dijo Dalia, señalando el sofá— ¿Por qué has venido con ese expediente? Maite dejó la carpeta sobre la encimera de la cocina. No se sentó. Se quedó de pie, con los brazos cruzados, mirando a su amiga con una mezcla de compasión y determinación. —No sé si será un buen momento, no después de lo que me has contado… pero bueno, en fin… —Maite le extendió la carpeta— Venía a mostrarte esto, pero no sé si ahora tendrá sentido. Abrió la carpeta. Dentro había documentos, fotos. En la portada, un nombre: Marco Loren. Dalia sintió un escalofrío que le recorrió la espalda como un chorro de agua helada. Aún con la carpeta en mano, caminó hasta el salón y se sentó en el borde del sofá, con Leo trepando a su regazo como si ya supiera que ese era su lugar. El niño dejó la cuchara y se acurrucó contra ella, con el pulgar en la boca. —¿De qué estás hablando? —preguntó Dalia, aunque el nudo en el estómago ya le adelantaba la respuesta.






