Capítulo 8: La espera y la rutina.
La llamada duró menos de un minuto. Dalia no preguntó quién era. No hizo falta. Esa voz grave, áspera como piedra contra piedra, pertenecía a alguien que solo podía ser del pasado. Alguien a quien Irina consideraba digno de confianza. Alguien que probablemente llevaba veinte años esperando ese momento.
Dalia guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta y se quedó un instante en la cocina, con la mano apoyada en la encimera de granito. El pulso le latía en las sienes como un tambor de guerra