Mundo ficciónIniciar sesiónAhora, sentada en el sofá con el expediente abierto, Dalia unió los puntos por primera vez.
Las palabras sueltas de su cuñado, ahora cobraban sentido. Frases que no dejaban de repetir en su cabeza como si de un caset se tratarse... — "Todo bien, amor, los jefes están pesados." —"¿Se puede confiar en alguien al cien por cien?" —"Cuida de Leo. Y de ella." —"Logramos contactar con alguien cercano." No eran frases sueltas. Eran mensajes en clave. Tessa sabía. Desde hacía tiempo, tal vez desde antes de casarse con Marco. Y le había mentido. Otra vez. La rabia le subió por el pecho, pero no tenía tiempo para ella. Porque había algo más. Dalia no se atrevió a dejar a Leo por mucho tiempo solo, el pequeño lloraba cuando no la tenía a la vista. Puso el expediente en uno de los cajones que tenía la encimera de la cocina. Un lugar donde el pequeño no podía llegar. Está noche lo revisaría con calma ahora, mejor dejaba a un lado los pensamientos y se concentraba en la nueva rutina de su vida, ya tendría tiempo de analizar con calma lo que había descubierto. El incidente del supermercado. Dalia se dio cuenta después de la primera noche infernal con sus sobrino en la que solo pudo dormir tres horas luego de acostarlo junto a ella y el pequeño agarrarla cómo si fuera un pulpo. Había ido a comprar leche para Leo. Era su primer día haciendo la compra con el niño, todavía sin saber bien qué hacer, así que se limitó hacer una lista antes mientras Leo jugaba con unas cacerolas y las espátulas. No quería ir lejos del apartamento así que se limitó a ir al pequeño supermercado que quedaba a tres cuadras de su bloque de apartamentos. Una v z allí saco el papel que tenía cuidadosamente doblado lo miro y camino hacia donde estaban los carritos. Cuando había cogido una cesta y recorrido los pasillos del súper con Leo en el carrito de la compra. Quería comprar los artículos de la lista y salir rápido del lugar, estaba hecha polvo. En la sección de lácteos, vio a dos hombres. Uno alto, calvo, con una chaqueta de cuero que no pegaba con el clima. Otro más bajo, de gorra, con la cara medio escondida. No le prestó atención al principio. Pero luego los vio otra vez. En la caja. En la salida. Cruzando la calle detrás de ella. Dalia apretó el paso, entró en su edificio y cerró la puerta con doble vuelta. Pensó que era paranoia. El estrés de los primeros días con un niño. Se rió de sí misma. El incidente de la tienda de ropa. Después de ese incidente se había limitado a estar en su apartamento pero se había dado cuenta que su sobrino tenía muy pocas ropa disponible y no quería hacer un viaje a la residencia de su hermana. Así que se arregló con ropa cómoda un pantalón mezclilla, una blusa de flores y zapatillas deportivas cualquiera de sus colegas nunca sospecharía que ella tenía semejante ropa en su clóset ya que siempre había utilizado conjunto aburridos y serios. Vistió a Leo con el ultimo conjunto de ropa limpia y salió rumbo al supermercado del centro donde había una tienda especializada en ropa de bebe y niño pequeño. En la tienda, mientras Leo señalaba un oso de peluche, Dalia vio a los mismos hombres. El calvo. El de la gorra. Estaban al fondo de la tienda, fingiendo mirar chaquetas de invierno. Cuando ella salió, ellos salieron. Cuando ella dobló la esquina, ellos también. Dalia se metió en una librería, salió por la puerta de atrás y caminó rápido hasta su casa. No había llamado a la policía. No había llamado a nadie. Porque si esos hombres estaban siguiéndola, no era un error. Solo podían ser un mensaje. --- Horas después Dalia cerró el expediente que podía recitar de memoria y lo dejó sobre la mesa. Se levantó, fue hasta la ventana y apartó la cortina con un dedo. En la calle, un coche negro estaba aparcado en doble fila. Dentro, la silueta de dos personas. No era paranoia. Era vigilancia. Dalia soltó la cortina y caminó hacia la cocina. Necesitaba pensar. Necesitaba un plan. Pero no era una experta en escapes. No era Irina. Irina. La nana siempre decía lo mismo: "Una Malinche nunca está desarmada. Y si no tiene armas, tiene una puerta de atrás." Dalia abrió el armario de la cocina, donde guardaba las latas de conserva. Detrás de las latas, pegada con cinta adhesiva, había una bolsa de plástico negra. Dentro: un teléfono móvil viejo, de esos de los años dos mil, con su cargador, lo coloco en un enchufe y espero dos barras y lo encendió. En la agenda del teléfono, un solo número guardado. Sin nombre. Solo un número.bIrina se lo había dado ocho años atrás, después de la discusión con Tessa. —Esto es por si algún día todo se tuerce —le dijo la nana, con sus manos arrugadas— No lo uses para tonterías. Solo si no te queda otra salida. Dalia había guardado el teléfono y olvidado que existía. Hasta ahora. Mantuvo el aparato en la mano un momento. Los dedos le temblaban. Marcó el número. Al otro lado, sonó un tono. Una vez. Dos. Tres. Una voz grave contestó. No dijo "¿diga?" ni "¿sí?". Solo una palabra. —¿Habla? Dalia tragó saliva. Reconoció esa voz. Era áspera, como piedra contra piedra. Había pasado veinte años sin escucharla, pero el instinto no se olvida. —Soy Dalia —dijo— Dalia ... Necesito ayuda. El silencio al otro lado duró cinco segundos. Luego: —Ya era hora, pequeña. ¿Dónde estás? ¿ En tu apartamento? Dalia dio la dirección. La voz no dijo más. La llamada se cortó. Ella guardó el teléfono en el bolsillo de la chaqueta y fue a mirar a Leo. El niño seguía durmiendo, ajeno a todo. Ajeno a los hombres en la calle. Ajeno a que su tía acababa de llamar a alguien que tal vez era más peligroso que sus perseguidores. Fuera, el coche negro seguía allí. Y en algún lugar de la ciudad, alguien se estaba poniendo en marcha para responder a la llamada de la última Malinche.






