El coche negro avanzaba por las calles iluminadas de la ciudad, con el motor ronroneando suavemente. Dalia estaba recostada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en el paisaje urbano que desfilaba tras la ventanilla. Andrea conducía en silencio, respetando el espacio que ella necesitaba después de la conversación con Maite.
El teléfono de Dalia vibró en el bolsillo de su chaqueta. Lo sacó y vio el nombre en la pantalla: Maite.
—¿Sí? —respondió, con voz cautelosa.
—Soy yo —dijo Maite