La puerta de acero se abrió y Matías entró primero, seguido de cerca por Pedro Torres. El hombre caminaba con pasos lentos, como si el peso de los años y los secretos le doblara la espalda. Sus ojos, aún húmedos, buscaron a su esposa en la habitación.
Inés Torres estaba sentada en una silla, con las manos apoyadas sobre la mesa y la mirada fija en el metal frío. Cuando vio a su marido, su rostro se tensó, pero no dijo nada. No hizo ningún gesto.
Matías los sentó uno frente al otro, separados po