Mundo ficciónIniciar sesiónMaite se sentó a su lado. Bajó la voz hasta convertirla en un hilo.
—Después de que hablamos, regresé a la oficina. Tenía un mensaje de la contadora. Nos reunimos ayer por la noche —porque Maite ya lo sabía, claro que lo sabía; era fiscal del distrito—. Gabriela nos entregó algo para probar que hablaba en serio sobre cooperar. He estado toda la noche armando el caso y buscando una conexión. Por fin pude encontrar algo: una conexión pequeña entre ese hombre —señaló la foto de Marco— y una persona muy cercana a Otto Malinche. Dalia contuvo la respiración. Otto Malinche. Su padre. El nombre que nunca pronunciaba. El fantasma que llevaba veinte años arrastrando como una cadena al pie. —Esa persona —continuó Maite— es Marco Loren. O al menos, alguien con su misma identidad. La misma fecha de nacimiento. La misma huella digital, según los informes. —Sacó una foto y la puso frente a Dalia—. ¿Reconoces a este hombre? Era Marco. Su cuñado. El padre de Leo. El mismo que se sentaba en la cena de Navidad sonriendo con cara de oficinista inofensivo, el mismo que le preguntaba por sus casos corporativos mientras partía el pan. Dalia sintió náuseas. —Ese es Marco —confirmó, con la voz vacía— El esposo de mi hermana. ¿Qué tiene que ver con Otto Malinche? Aunque puede que esta pregunta sea irrelevante, ya que ahora está en la morgue junto al cuerpo de mi hermana. —No lo sé. Pero estaba en la nómina de uno de los antiguos negocios tapadera de Malinche. Un negocio que, según mis fuentes, sigue activo a pesar de que el rey desapareció hace veinte años. —Maite la miró fijamente a los ojos—. Dalia, tu hermana se casó con un hombre que trabajaba para el rey del inframundo. ¿Lo sabías? El silencio se hizo tan denso que se podía cortar. Dalia apretó a Leo contra su pecho, sintiendo los latidos diminutos del niño contra el suyo. Pensó en Tessa. En su hermana mayor. En aquella discusión en la cocina de Irina, cuando ella le había reprochado ocultarle la verdad. ¿Ocultabas esto también, Tessa? ¿O es que nunca llegaste a saberlo? —No —respondió, y por primera vez en mucho tiempo no mintió— No lo sabía. Maite la observó un instante, como buscando algo en sus ojos —una grieta, una duda, lo que fuera— Luego asintió y cerró la carpeta. —Creo que Tessa tampoco lo sabía. O eso quiero creer. Porque si lo sabía… entonces tu hermana estaba metida en algo mucho más profundo de lo que imaginamos. Dalia abrió la carpeta con manos temblorosas. La miró. Hojeó el informe que Maite había armado: fotos, extractos bancarios, nombres en clave. Todo apuntaba a Marco. Transferencias periódicas. Reuniones en lugares que olían a complicidad. Códigos que Dalia, a pesar de sus años de derecho corporativo, reconocía como el lenguaje del hampa. Y Tessa podría haber sabido la verdad y no haberle dicho nada. Después de aquella discusión. Después de reprocharle el silencio durante años. Después de que la muerte de Irina las separara definitivamente. Dalia había creído que al menos la mentira había terminado. Que Tessa había entendido que ocultar la verdad era una forma de traición. Pero ahora, mirando las pruebas, entendió que su hermana había seguido ocultando cosas. Quizá no por maldad. Quizá por miedo. O por proteger a su familia. Igual que papá. Igual que Irina. Igual que todas nosotras. Dalia cerró la carpeta con un golpe seco que hizo que Leo alzara la cabeza un momento, para luego volver a acurrucarse. —Necesito leerlo todo —dijo, con la voz ronca, rota por dentro— Pero no aquí, no ahora. Y menos delante de Leo. Maite asintió. Se levantó, fue hasta la cocina y volvió con un vaso de agua que puso sobre la mesa, junto a la carpeta. —Te dejo el expediente. Es una copia. Y te dejo que lo asimiles. Pero, Dalia… —Maite se arrodilló frente a ella, obligándola a mirarla a los ojos— Si tu hermana estaba en medio de esto, tú también puedes correr peligro. El que mató a Marco y a Tessa no se detendrá ante una abogada corporativa. ¿Entiendes lo que te digo? Si por alguna casualidad piensa que tú puedes saber algo, tendrás una diana en tu espalda… y en la del pequeño Leo. Dalia la miró. Vio el miedo en los ojos de su amiga. Vio también la determinación de una fiscal que había jurado poner a los malos entre rejas. Pero Maite no sabía. No podía saber que Dalia no era solo una abogada corporativa. Que la sangre de Otto Malinche corría por sus venas. Y que el peligro, para ella, no era un visitante nuevo. Era un viejo conocido que había vuelto a llamar a su puerta. —Entiendo —dijo Dalia, y su voz sonó más firme de lo que se sentía— Tengo a Leo. No me arriesgaré. Si encuentro algo, te llamo. Maite la abrazó. Un abrazo rápido, duro, de esos que dicen no estás sola sin necesidad de palabras. Luego se fue, dejando la carpeta sobre la mesa y un rastro de perfume en el aire. Dalia se quedó en el sofá, con Leo jugando en su regazo y un expediente que prometía destruir todo lo que creía saber sobre su hermana. El niño había dejado la cuchara y ahora tiraba del cordón de su sudadera, absorto, ajeno al abismo que se abría a su alrededor. —Maldita seas, Tessa —susurró al vacío, con los dientes apretados— Maldita seas por seguir mintiendo. Pero las lágrimas que rodaron por sus mejillas no eran de rabia. Eran de una tristeza tan antigua que parecía haber estado esperando este momento toda su vida.






