Abrí los ojos lentamente. El pitido constante de una máquina me hizo girar la cabeza con dificultad. Intenté incorporarme, pero unas manos suaves me detuvieron.
—Tranquila —susurró Dante.
Lo miré confundida, mi visión aún nublada.
—¿Qué pasó? ¿Por qué estoy en el hospital? —pregunté, intentando sentarme, pero el mareo me vencía.
—Te desmayaste. El médico entrará pronto. Te hicieron algunos exámenes —respondió, con voz baja. Hizo una pausa antes de continuar—. Lamento que mi suegra haya ido a ha