Dante
Muevo las manos con rapidez sobre mi escritorio. Estoy en medio de una reunio con mi padre, que hacce unas semanas regreso de Tokio, pero mi mente no logra concentrarse del todo. A veces no entiendo su actitud, se alejo de nosotros hace mucho tiempo y luego regresa como si nada. De pronto, se acerca con una bebida en la mano y me la tiende. Sin mirarlo, apenas levanto la vista.
—No tengo sed —digo, sin rodeos.
—Es para que te sientas más tranquilo —responde él, con ese tono fingidamente amable—. Últimamente sigues con lo de tu problemita...desdé que regrese de Tokio, lo he notado.
—¿Mi problemita? —repito, frunciendo el ceño ya molesto y fastidiado.
—Así es, hijo. Tu problemita.
Siempre es lo mismo. Nunca viene para hablar como padre e hijo, sino para hablar de negocios o para manipularme. Esta vez no es diferente.
—¿A qué viniste exactamente? —pregunto.
—A cerrar lo de la compra de ganado. Te he vendido cien cabezas. Es una buena venta, tuve que venir del occidente para que e