Dante.
Al llegar, bajo al vestíbulo y subo por el elevador. Apenas se abren las puertas, todos los empleados se ordenan y me saludan. Respondo con un simple gesto de la mano. No necesito saludar con palabras. Entro al edificio. Todo está limpio, impecable, como me gusta. Las mujeres, uniformadas, con sus tarjetas de presentación visibles. Ni una mancha. Ni un pelo fuera de lugar. El orden y el aseo en mis tiendas.
—Buenos días, señor Belmonth—me dicen algunas.
Hago otro gesto, seco, y entonces