Dante.
Al llegar, bajo al vestíbulo y subo por el elevador. Apenas se abren las puertas, todos los empleados se ordenan y me saludan. Respondo con un simple gesto de la mano. No necesito saludar con palabras. Entro al edificio. Todo está limpio, impecable, como me gusta. Las mujeres, uniformadas, con sus tarjetas de presentación visibles. Ni una mancha. Ni un pelo fuera de lugar. El orden y el aseo en mis tiendas.
—Buenos días, señor Belmonth—me dicen algunas.
Hago otro gesto, seco, y entonces se me acerca Nadia, mi asistente.
—Señor, aquí está la primera tienda que deberá visitar.
—Bien. Me acompañas. Quiero que tomes nota. Ya sabes que me gusta todo directo. No repito dos veces. Así que haz funcionar ese cerebro esta mañana.
—Sí, señor. Como usted diga.
Caminamos rápido hasta el elevador. Subimos al piso 50, la primera tienda. Es viernes. Esto lo hago todos los viernes para mantener la cabeza en orden. Para no volverme loco.
Al llegar, los agentes de ventas me reciben.
—Buenos días,