Antonella.
Antes de que comenzara la tarde, me dispuse a limpiar uno de los cubículos del tercer piso. Mientras me agachaba para recoger unos papeles del suelo, mi estómago gruñó con fuerza. El hambre me estaba matando de nuevo y eso ya era ser gula.
Saqué de mi bolso, un pequeño trozo de pan que me había sobrado de la mañana, y lo comí con rapidez, tratando de disimular. Si alguna de las otras limpiadoras me veía en ese estado, estaría en serios problemas. No quería perjudicarme, ni mucho meno