Mundo de ficçãoIniciar sessão😱90 días para engañar a un monstruo... o morir bajo sus garras al primer error.🐺 Myra es solo una humana desesperada, pero ahora tiene una misión suicida: suplantar a Selara, la Luna del temible Alfa Eryon Hale. Durante tres meses, deberá dormir en la cama del hombre más peligroso del reino, imitar su voz y, sobre todo, resistir su presencia. Eryon es letal, solitario y odia la debilidad, pero de pronto, su "esposa" huele diferente, lo mira diferente... lo tienta de una forma que nunca antes sintió. Mientras el Alfa se obsesiona con la mujer que cree conocer, Myra se hunde en una mentira que la quema por dentro. Cada caricia la acerca más al corazón del lobo... y cada beso la pone a un paso de la ejecución. Porque si Eryon descubre que ella no es su Luna, no habrá piedad, solo sangre. ¿Podrá el amor sobrevivir al mayor de los engaños?
Ler maisNarrado por Myra
Si el infierno existe, debe parecerse mucho a mi vida.
El pitido constante de la máquina de diálisis se mezcla con el goteo del suero y con la respiración débil de mi hermana. El cuarto huele a desinfectante barato y a humedad; las paredes tienen manchas de moho que jamás pudimos quitar. La luz del foco parpadea de vez en cuando, como si también estuviera cansada de seguir funcionando.
—Tranquila, hermana… ya casi termina —murmuro, aunque sé que no me escucha del todo.
Evelyn tiene los ojos cerrados, la piel apagada, las manos frías. Cada vez que la veo así, un nudo helado se forma en mi estómago. Sus brazos están llenos de moretones por las agujas. Su cuerpo ya no soporta los tratamientos como antes.
Miro la bolsa de líquido que termina de filtrarse y trago saliva. Esa bolsa… es todo lo que pude pagar esta semana. La última.
Mi sueldo no alcanza.
Mis ahorros ya no existen. Me los arrancaron de las manos junto con mi dignidad.Respiro hondo y, por un segundo, dejo que la rabia supere al miedo.
Recuerdo la voz de Daniel en mi oído, prometiendo cosas que jamás pensó cumplir.
“Confía en mí, amor. Es una inversión segura. Triplicaremos el dinero y podrás dejar ese hospital de m****a. Yo te cuidaré.”
Qué fácil fue creerle.
Qué fácil fue entregarle los pocos ahorros que tenía, el sueño de un mejor tratamiento para mi hermana. Qué fácil fue para él tomarlo todo… y desaparecer con otra mujer.Parpadeo para ahuyentar las lágrimas que amenazan con salir. No puedo llorar ahora. No cuando tengo que terminar el procedimiento y asegurarme de que mi hermana no se descompense.
—Resiste un poco más, hermana —susurro, ajustando con cuidado la línea—. Te prometo que voy a sacarte de esto.
No sé cómo. Pero se lo prometo igual. Tal vez estoy mintiendo solo para no romperme del todo.
Cuando por fin termino, desconecto el equipo con manos expertas. Soy enfermera, sí, pero nunca pensé que terminaría aplicando mis habilidades en una habitación destartalada, porque los hospitales cuestan más que una vida humana.
La máquina se apaga y, por primera vez en horas, el silencio se apodera del cuarto.
Mi hermana abre los ojos lentamente.
—Myra… —su voz es apenas un susurro ronco—. ¿Ya… terminaste?
—Sí, Eve. —Le tomo la mano con suavidad, intentando sonreír—. ¿Te sientes muy cansada?
—Solo… un poco —miente. La conozco demasiado bien.
Sus dedos huesudos aprietan los míos con una fuerza que ya casi no tiene.
—Tienes ojeras… —dice entrecortado—. No estás durmiendo. No estás comiendo.
—No exageres —bromeo, aunque por dentro me derrumbo—. Solo trabajo un poco más de lo normal.
Un poco más.
Turnos dobles. Horas extra que nadie me paga del todo. Días que se funden entre el hospital, la diálisis en casa y las idas a la farmacia para preguntar si han bajado los precios de los medicamentos que nunca puedo comprar.—No quiero ser una carga —susurra.
Esa frase se clava en mi pecho como un cuchillo.
—No digas eso. Tú eres… lo único que tengo.
Su mirada se humedece. La mía también, pero me obligo a tragar las lágrimas.
—Tienes que irte, Myra —dice al final—. Se te va a hacer tarde.
Miro el reloj. Tiene razón. Si llego un minuto tarde al hospital, el Dr. Clarke me va a mirar con esa cara de desprecio que tanto detesto… y hoy no estoy de humor para soportarlo.
Le acomodo la manta, le beso la frente y me levanto.
—La vecina vendrá en unos minutos para estar contigo mientras yo trabajo —le explico—. Si te sientes mal, le dices que me llame, ¿sí?
—Estoy orgullosa de ti —susurra, ya medio dormida—. No dejes que el mundo te rompa.
Demasiado tarde, pienso.
Pero no se lo digo.Camino rápido hacia la parada de bus, viendo autos pasar, parejas discutiendo, niños con mochilas demasiado grandes para sus espaldas. Para ellos el mundo sigue girando. Para mí, se ha detenido en una lista infinita de preocupaciones: medicinas, alquiler, comida, la máquina de diálisis que cualquier día dejará de funcionar.
Y ahora, además, mi trabajo.
Al pasar cerca del muro, el lunar en mi espalda arde, no me mortifico, puesto que ya esto acostumbrada.
Ese gran muro es la división entre los humanos y los hombres lobos. Así es “hombres lobo”. Todos sabemos que son monstruos, que te matan si no obedeces, que matan a inocentes, que no tienen corazón ni sangre en las venas.
Sin embargo, cada vez que pasó por este camino y veo el gran muro, no puedo evitar pensar en cómo son, cómo se comportan.
Después de varios minutos, el hospital se levanta frente a mí como una caja gris gigante con ventanas manchadas. Es feo, pero al menos es mi fuente de ingresos. No puedo permitirme perderlo.
Entro, me cambio rápido, dejo mi bolso en el casillero y me pongo el uniforme blanco y perfectamente planchado. Es irónico: mi vida es un desastre, pero mi uniforme está impecable. Como si eso pudiera darle orden al caos.
A mitad del pasillo, escucho la voz que menos quiero oír.
—Myra.
Me detengo.
Reconocería esa voz en medio de una guerra. Fría, suave, condescendiente.El Dr. Nathan Clarke está apoyado en el marco de la puerta de su oficina. Lleva la bata blanca impecable, el estetoscopio colgando del cuello y esa sonrisa que me da repelús.
—Doctor —respondo, intentando que mi voz suene neutra.
—Entre —dice, sin preguntarme si tengo tiempo, si estoy ocupada, si quiero.
No tengo opción. Ninguna que no termine con mi despido, al menos.
La oficina huele a café caro y colonia intensa. Cierra la puerta detrás de mí y el sonido del seguro deslizándose me pone la piel de gallina.
—Si es por la paciente de anoche, ya entregué el reporte —informo rápido, manteniendo la distancia.
Él se sienta en la silla, me mira unos segundos, como si me diseccionara con los ojos. Luego sonríe.
—No te llamé por eso.
Mi estómago se encoge.
—Escuché que tu hermana está peor —dice, fingiendo interés—. Y que necesitas un tratamiento de diálisis más avanzado. Más caro.
Me aferro a la carpeta que llevo en las manos.
—No es asunto suyo, doctor.
—Claro que lo es —replica—. Eres una excelente enfermera, Myra. Sería una pena que… por problemas económicos… tu rendimiento comenzara a fallar.
Sé a dónde va. Lo he visto hacer esto con otras. Siempre pensé que yo sabría poner límites. Que sería más fuerte. Qué estúpida fui.
—¿A qué se refiere? —pregunto, aunque ya lo sé.
Se levanta. Da la vuelta al escritorio. Se detiene demasiado cerca de mí.
—Conozco a alguien en administración —dice—. Podríamos gestionar un apoyo especial para tu hermana. Un cupo en un mejor programa de diálisis. Incluso… medicamentos.
Mi corazón se acelera.
—¿De verdad…? —pregunto, esperanzada por un segundo.
Él sonríe. Y en esa sonrisa veo algo frío, sucio.
—Todo tiene un precio, Myra.
Da un paso más. Puedo sentir su respiración en mi rostro.
—No… —susurro, retrocediendo—. No voy a acostarme con usted.
Su máscara cae. La amabilidad desaparece. Sus ojos se vuelven duros.
—No hablé de eso —miente—. Pero si quieres ponerle palabras…
Su mano se estira hacia mi rostro. Intento apartarme, pero choco con el escritorio. Me atrapa por la muñeca.
—Piensa en tu hermana —murmura, acercando su boca a la mía—. De verdad quieres que muera por tu orgullo… es tan joven y tiene un futuro prometedor
El asco me sube por la garganta como bilis.
—Suélteme —exijo.
No lo hace. Intenta besarme. Siento sus labios rozar los míos y algo en mí se rompe.
La lámpara sobre el escritorio está a centímetros de mi mano libre. Sin pensarlo, la tomo con fuerza y se la estrello en la cabeza.
El golpe suena seco.
Él suelta un gruñido de sorpresa y cae de rodillas. La lámpara se apaga y el vidrio se quiebra en el suelo.Me quedo helada durante un segundo eterno. Lo veo llevarse la mano a la sien, aturdido, pero consciente.
—Estás… loca —escupe con rabia—. Te vas a arrepentir, maldita.
No espero a oír nada más.
Salgo corriendo.Abro la puerta. Cruzo el pasillo casi sin ver. Oigo voces, gente llamándome, pero no me detengo. No puedo. No después de lo que hice. No después de lo que él hizo.
Salgo por la entrada trasera del hospital. El aire frío golpea mi rostro como una bofetada. Mis manos tiemblan. Mi corazón late tan rápido que siento que va a explotar.
Acabo de golpear a mi jefe.
Un médico respetado. Un hombre con poder.Nadie me va a creer.
Camino sin rumbo al principio, luego acelero el paso hasta casi correr. Las luces de la ciudad se difuminan. El cielo se tiñe de naranja y luego de un azul profundo.
No sé cuánto tiempo llevo caminando cuando me doy cuenta de que estoy en una carretera casi vacía, en las afueras. Las farolas son escasas, la oscuridad más densa.
Mis pensamientos son un caos: mi hermana, el alquiler, la denuncia que se viene, el miedo… la impotencia. Siempre la maldita impotencia.
Una bocina suena con fuerza.
Luces intensas me ciegan.Un auto frena de golpe frente a mí. Doy un salto hacia atrás, trastabillo y caigo de rodillas en el asfalto.
—¡¿Estás loca?! —ruge una voz masculina.
Mi respiración se acelera. Mis manos arden. Siento un raspón en la rodilla, pero el dolor físico es lo de menos.
La puerta del conductor se abre. Un hombre alto baja del auto, maldiciendo en voz baja. No lo miro. No quiero ver la furia en sus ojos.
No hasta que escucho la otra puerta abrirse.
La del lado del copiloto.—Déjala, no fue su culpa —dice una voz femenina, suave, fría.
Levanto la vista.
Y el mundo deja de hacer sentido.
La mujer que se acerca hacia mí… soy yo.
O, mejor dicho, parece yo.Tiene mi rostro.
Mi nariz. Mi boca. Mis pómulos. Hasta el tono de piel es el mismo.Pero no somos iguales.
Ella viste un abrigo largo y elegante, como si saliera de una revista. Lleva el cabello perfectamente peinado, el maquillaje impecable, tacones que jamás podría pagar ni usar. Su postura es recta, segura. Sus ojos… sus ojos son distintos. Más afilados. Más peligrosos.Siento que el aire me abandona.
Ella se agacha un poco para verme mejor, como si observara un reflejo extraño.
Sus labios se curvan en una sonrisa lenta.
—Vaya… —su voz es baja, casi musical—. Es como mirarme en un espejo.
Mi corazón se detiene.
No entiendo nada. No entiendo quién es, qué hace aquí, por qué tiene mi cara.Y, por primera vez en mi vida, siento un miedo que va más allá de la pobreza, la enfermedad o la soledad.
Es un miedo que me dice que mi vida, tal como la conozco, acaba de terminar.
Narrado por MyraEl castillo no volvió a sentirse como una fortaleza.Con el tiempo, se volvió una casa.Me despierto con ese sonido.No el de una alarma. No el de un grito.El de una risa pequeña que siempre llega antes de la tormenta.—¡Mamá!Abro los ojos apenas y ya sé quién fue. Nova. Si dice “mamá” de esa forma es porque su hermana está haciendo algo indebido.—No… no, no, no… —murmuro, levantándome con cuidado, porque hay un peso tibio en mi pecho.Cirius.Mi hijo mayor, el heredero, duerme boca abajo sobre mí con la misma confianza con la que antes se abrazaba a mi vestido cuando apenas caminaba. Ya no es bebé. Ya no es el pequeño que se convertía en cachorro gris cuando le daba la gana.Ahora es un niño. Fuerte. Terco. Con los ojos de Eryon cuando se concentra y con mi mala costumbre de desconfiar de todo lo que parece fácil.Lo acomodo despacio para no despertarlo, pero él solo gruñe y se pega más.—No me dejes —murmura, medio dormido.Yo sonrío, porque todavía hay noches en
Narrado por Myra Violeta me ajusta el broche del vestido con manos firmes.—No respires tan fuerte o me vas a mover todo —me regaña, pero sonríe.Yo intento reír, pero el aire no me alcanza. No por miedo. Por la sensación de que esto es real. De que por primera vez no estoy actuando, ni fingiendo un nombre, ni midiendo cada palabra para sobrevivir.Evelyn revisa mi peinado desde atrás, como si fuera una general inspeccionando una tropa.—Te ves bien —dice, y en su voz hay algo que no tenía antes: tranquilidad.—¿Bien? —murmuró—. Me siento rara.Veo mi reflejo. El vestido es blanco, simple, sin exceso. No quiero verme como una reina de cuadro, quiero verme como yo. Como la mujer que cruzó un muro por impulso, que cargó un secreto, que sobrevivió a una casa ajena, que parió sin médico, que luchó con sangre en las manos.Y hoy… hoy solo voy a caminar hacia un hombre que ya me vio rota y no se fue.Violeta me toma la cara con cuidado.—Eryon va a llorar —dice.—Eryon no llora —respondo.
Narrado por EryonHan pasado seis meses.Seis meses desde que el mundo dejó de arder y volvió a tener forma. No fue magia. Fue trabajo. Fue duelo. Fue enterrar a los caídos, reparar techos, volver a sembrar, volver a confiar. Fue volver a mirarnos a los ojos sin preguntarnos quién iba a traicionar primero.Hoy, por fin, hay algo distinto en el aire.Hoy no huele a guerra.Huele a futuro.Estoy en mi oficina cuando tocan la puerta. No es un golpe tímido. Es firme, exacto.—Pasa.Aria entra sin pedir permiso. Sigue caminando como siempre: espalda recta, pasos seguros, mirada que mide todo. Si la manada está de pie, es porque ella no se dejó caer cuando yo me rompí.—Mi Alfa —dice sin rodeos—. El ejército beta está completo. Los turnos de vigilancia se duplicaron como pediste. Los límites del territorio están limpios. No hay rastros de intrusos.Asiento. Me levanto, rodeo el escritorio y me quedo frente a ella. No necesito mi título con Aria. Ella estuvo conmigo antes de que yo supiera s
Narrado por MyraLa tranquilidad no llega como un festejo.Llega como un silencio.Como el momento en el que te das cuenta de que ya no estás contando las salidas de emergencia. De que ya no miras el cielo esperando humo. De que el pecho deja de doler por pura costumbre.La manada está recuperándose. No con palabras bonitas, sino con trabajo. Veo betas cargando madera y piedras. Omegas limpiando el patio. Mujeres cosiendo mantas nuevas, remendando ropa, ordenando medicinas, preparando comida para todos.El castillo vuelve a respirar.Y por primera vez, yo también.Camino con mi bebé en brazos por el pasillo. Él está tibio, tranquilo. Me observa con esos ojos que todavía parecen demasiado grandes para su carita. Cada vez que su boca se abre buscando algo, mi cuerpo reacciona de inmediato, como si mi instinto ya supiera qué hacer.Estoy por entrar a mi habitación cuando escucho una voz detrás de mí.—Mamá.Me quedo quieta.Me giro.Finn está ahí, parado como si estuviera defendiendo ese
Narrado por EryonEl olor a sangre no se va.La manada respira… pero no celebra.Porque él sigue aquí.Alaric.De pie frente a mí, con esa sonrisa torcida, como si el caos fuera su alimento. Sus ojos todavía brillan con ese poder sucio que no debería existir.Yo doy un paso.Y todo lo demás se aleja.No escucho a los heridos. No escucho a los ancianos. No escucho el murmullo de la manada.Solo a él.—Esto termina hoy —digo.Alaric ladea la cabeza, como si lo entretuviera.—¿Hoy? —se burla—. Eryon… tú siempre fuiste un niño con corona.Aprieto la mandíbula.—Soy el Alfa que no pudiste matar cuando era un bebé —respondo—. Y soy el hombre que va a cortarte la vida… como tú quisiste cortar la mía.Alaric suelta una risa seca.—¿Y crees que tu gente te hará un monumento? —pregunta—. Te temen. Te usan. Te van a reemplazar.Miro a mi alrededor solo un segundo.Veo a mis betas, tensos, atentos. Veo a los omegas con las manos manchadas ayudando a heridos. Veo a los ancianos de pie, sin retroce
Narrado por EryonLa aldea arde en silencio.Mi manada está frente a mí, con sangre en la ropa, con miedo en la cara, pero con la espalda recta. Los omegas con cuchillos de cocina. Los betas con lanzas. Los ancianos con bastones que ya no parecen de madera, sino de guerra.Y en medio de todo… Alaric.Ese monstruo que convirtió a mis aliados en armas contra mí. Que se ríe como si esta noche fuera un juego.Respiro hondo.No puedo fallar.Porque si no lo mato hoy… nunca vamos a estar seguros.Miro de reojo a Myra.Está a pocos pasos, agitada, con tierra en las manos y los ojos firmes. No retrocede. No se esconde. Y esa imagen me atraviesa más que cualquier herida.Mi Luna.La Luna que me eligió incluso cuando yo la odié.—Eryon —oigo la voz de un anciano—. Nosotros tomaremos a su gente. Tú ve por él.Asiento.No discuto.El tiempo de discutir ya pasó.—¡A sus posiciones! —ordeno.Mi manada se mueve. No perfecto, no militar, pero unidos. Y ese detalle vale más que cualquier estrategia.E
Último capítulo