Mundo ficciónIniciar sesiónNarrado por Myra
Bajar del lomo del lobo blanco no es tan fácil como suena. Sus músculos aún vibran bajo mis manos cuando se detiene en medio del patio del castillo. Todo el lugar parece contener la respiración. Hay guerreros formados, sirvientes detenidos a medias en sus tareas, ojos curiosos que se clavan en mí como agujas. Soy el centro de atención. Y ni siquiera soy yo. Trago saliva. Mis piernas están entumecidas del viaje, pero no puedo caer. Una Luna no tropieza, no tiembla, no se aferra. O eso dijo Selara. Intento bajar con dignidad. La realidad: casi resbalo, y solo evitó mi caída porque su lomo se tensa justo a tiempo para estabilizarme. Un pequeño empujón, apenas un gesto… y ya estoy de pie frente a él. Eryon Hale se transforma de nuevo en humano. No importa cuánto intente mentalizarme: verlo cambiar sigue siendo antinatural. Su cuerpo se estira, los huesos crujen, la piel se reacomoda en cuestión de segundos. Donde estaba el lobo, ahora hay un hombre. El hombre más intimidante que he visto en mi vida. Su torso desnudo brilla por el esfuerzo del recorrido, el cabello negro desordenado cae sobre su frente, y sus ojos… esos ojos azules con destellos plateados… se clavan en mí con una intensidad que me paraliza. No dice nada al principio. Solo me mira. Y siento que me está desarmando sin tocarme. —Deberías estar acostumbrada —dice por fin, con esa voz profunda que raspa por dentro—. No es la primera vez que montas sobre mí. La sangre se me sube a la cara. No por el doble sentido. Por el hecho de que para él sí es la primera vez que “yo” lo hago… y no puede saberlo. Levanto la barbilla, recordando la postura de Selara. —Fue un viaje largo —respondo, intentando sonar fría—. No dramatices. Un murmullo sutil recorre el patio. Algunos lobos bajan ligeramente la cabeza como si esperaran una explosión. Eryon no parpadea. Da un paso hacia mí. Demasiado cerca. El olor a bosque, lluvia y poder me envuelve. Mis pulmones se olvidan de funcionar por un segundo. —Te escapaste sin permiso —dice—. Dejaste al reino y a la manada en silencio. Dejaste tu puesto, tu responsabilidad. Dejaste… lo que te pertenece. Sus palabras me atraviesan como si fueran dirigidas a mí y no a la Selara que fingí ser. —Ya regresé —digo—. Eso es lo que importa. Sus ojos se entrecierran. Algo en su mirada se oscurece. Lo noto. Lo siente. Hay algo raro en mí. Ya lo sospechaba en el bosque, lo sigue sospechando aquí. —Ya veremos —murmura. Se gira hacia uno de los guardias. —Lleven a la Luna a sus habitaciones. Que descanse. Y que nadie la moleste sin mi permiso. Sus palabras suenan a protección… pero también a vigilancia. Voy a replicar, decir algo cortante como lo haría Selara, pero cuando vuelvo a mirarlo, ya se ha ido. Se interna en el castillo sin mirar atrás, escoltado por un par de lobos. Me quedo con la sensación de que me ha dejado libre… y al mismo tiempo, encadenada. Dos guardias me acompañan por los pasillos que Selara describió a toda prisa: escaleras, giros, puertas, símbolos lunares. Reconozco algunos puntos, otros son más grandes, más amplios, más fríos de lo que imaginé. El castillo no es solo grande. Es enorme. Demasiado silencioso. Demasiado bien organizado. Como un cuerpo perfecto… sin corazón. Al llegar a la torre norte, los guardias se detienen. —Hasta aquí —dice uno. Asiento, marcando que no me intimidan. Miento. Me muero de miedo. Entro a la habitación de Selara y cierro la puerta. No me da tiempo de admirar nada. —¡Mi Luna! Casi doy un salto. Una chica aparece frente a mí con ojos brillantes y sonrisa ansiosa. Lleva un vestido sencillo, un mandil limpio y el cabello recogido en una trenza alta. Sus ojos verdes me estudian con atención. — ¿Me extrañaste? —pregunta con tanta naturalidad que por poco respondo que no.—Me recuerda ¿Verdad? Soy Brenna Recuerdo la voz de Selara en mi cabeza: Brenna es leal, pero chismosa. Cuida lo que dices. No le cuentes nada personal. No olvides que ella lo ve todo, lo escucha todo y lo repite más de lo necesario. —Claro —miento—. Es bueno verte de nuevo. Brenna sonríe aún más, satisfecha. —Todo el castillo estaba inquieto. El Alfa estaba imposible. Aria casi mató a tres en entrenamiento… y Kaleb… Se detiene para observar mi reacción. Mi corazón se acelera. —¿Kaleb…? —pregunto, intentando sonar aburrida. Brenna se acerca un paso, como si compartiera un secreto. —Sí, Kaleb. El que más sufrió con tu partida —susurra—. El que casi incendia medio patio el día que te fuiste sin avisar. Trago saliva. —No exageres —respondo, sin saber si estoy hablando como Myra o como Selara. —Podemos fingir que no pasa nada, mi Luna —dice, inclinando un poco la cabeza—. Pero todos sabemos que lo tuyo con Kaleb no es solo entrenamiento. Mi mundo se tambalea. Selara… tenía un amante. Y jamás me lo dijo. —No vamos a hablar de eso —corto, helada. No por carácter, sino por puro pánico. Brenna baja la mirada, pero sus ojos siguen brillando. —Como desees. Solo… él preguntó por ti. Y dijo que va a buscarte. No me da tiempo de procesarlo más. —Mi Luna, dejé su vestido sobre la cama y la bañera está lista —añade—. El Alfa ordenó una cena privada contigo si despiertas a tiempo. Mi estómago se encoge. —Vuelve después —digo—. Quiero estar sola un momento. Ella asiente sin protestar. —Como digas, mi Luna. Cuando sale, la habitación se queda extrañamente vacía. Me acerco a la ventana para respirar… y me encuentro con una nueva sorpresa. El castillo tiene un jardín interior. Amplio, verde, hermoso. Y en medio, una piscina. ¿Una piscina? En el reino de los hombres lobo. Me inclino un poco más. Hay varios niños jugando cerca del borde. Dos se lanzan al agua, otros los empujan. Ríen. Gritan. No parecen soldados, ni lobos entrenados. Solo… niños. Por primera vez desde que llegué, algo se siente casi normal. Myra Hayes. Esta es tu nueva vida. Al menos por ochenta y nueve días más.






