Mundo ficciónIniciar sesiónValentina Soler es entregada como garantía de pago a un hombre viudo para que su padre pueda saldar una deuda enorme con prestamistas peligrosos. Ella no quiere casarse, y menos con ese hombre al que todos llaman "El Hermético". Valentina cree estar enamorada de su novio de siempre, Ricardo, y ahora debe buscar la forma de decirle que se casará con un extraño por obligación. Julián Galán, desde que su esposa murió en el parto, se volvió un hombre seco y sin ilusiones. Se ha volcado en su hijo, Leo, y en sacar adelante sus negocios de transporte que están por quebrar. Decide casarse de nuevo solo para que su hijo tenga una figura materna, aunque él siente que ya no tiene amor para dar
Leer másLa cena fue una tortura. Julián ni siquiera probó bocado; se quedó mirando su copa de vino tinto como si el mundo no existiera. A su lado, el pequeño Leo comía en un silencio que no era normal para un niño de su edad. Yo sentía que la foto que me había robado de la habitación prohibida me quemaba en el bolsillo. Además, la señora Ortega no dejaba de vigilarme con una mirada de advertencia cada vez que se acercaba a la mesa.En cuanto terminamos, Julián se limitó a darme las buenas noches con un gesto frío y se encerró en su despacho.Subí a mi habitación sintiéndome agotada. Al entrar, puse el cerrojo y me apoyé contra la puerta. Necesitaba quitarme de encima el miedo y el polvo de ese cuarto secreto. Fui directo al baño y abrí los grifos de la tina. Mientras el vapor empañaba los espejos, me quité la ropa lentamente.Antes de entrar al agua, limpié el vaho del espejo para mirarme. Ahí estaba yo: Valentina Soler.Tengo los ojos de un marrón profundo, ahora marcados por unas ojeras de
Julián se marchó temprano al día siguiente. Escuché el motor de su camioneta alejarse por el camino de grava mientras yo todavía estaba enredada en las sábanas, tratando de encontrar el valor para enfrentar otro día en esa casa. Según la señora Ortega, pasaría todo el día en las bodegas de la zona sur, supervisando el nuevo cargamento. Era mi oportunidad.Pasé la mañana con Leo en el jardín. Jugamos a las escondidas y, por primera vez, logré arrancarle una carcajada sonora cuando me encontró escondida detrás de un matorral de rosas. Verlo reír me dio un impulso de determinación: ese niño vivía en una casa de sombras y yo necesitaba luz para entender a qué nos enfrentábamos.Después del almuerzo, Leo se quedó dormido para su siesta bajo la vigilancia de una de las empleadas en la planta baja. La señora Ortega estaba ocupada en la despensa, contando la platería. El pasillo de arriba estaba desierto.Subí los escalones con el corazón martilleando en mis oídos. Me detuve frente a la puert
Desperté con una luz blanca que inundaba toda la habitación. Por un segundo olvidé dónde estaba, hasta que sentí el peso de la colcha de seda y recordé que ya no estaba en mi pequeña recámara de la casa de mis padres. Me levanté, me di una ducha rápida y me puse lo más sencillo que encontré en la maleta: unos pantalones de lino y una blusa de algodón. No quería parecer la "señora de la casa", quería sentirme yo misma.Bajé las escaleras y el silencio de la hacienda me resultó asfixiante. No se oía una televisión, ni música, ni risas. Al llegar a la planta baja, me crucé con la señora Ortega.—Buenos días, señora —dijo ella, con una voz que no transmitía nada—. El desayuno está en el comedor pequeño. El señor Galán salió hace dos horas hacia las bodegas de la costa.—¿Se fue sin decir nada? —pregunté, aunque no debería sorprenderme.—Él no es hombre de muchas palabras al amanecer.Fui al comedor. La mesa era enorme para una sola persona. Mientras tomaba un poco de café, escuché un golp
El eco de mis propias palabras —ese «acepto» que sonó más a una rendición que a una promesa— todavía vibraba en las vigas de madera de la capilla. El juez cerró el libro con un golpe seco, un sonido definitivo que marcó el inicio de mi nueva vida.Julián se giró hacia el público, ofreciéndome su brazo con una cortesía tan ensayada que me dolió. Sus dedos apenas rozaron la seda de mi manga. No había calor. No había rastro de la electricidad que, apenas unas horas antes, nos había consumido en la oscuridad.Caminamos por el pasillo central bajo una lluvia de pétalos y miradas curiosas. Mi padre me miró con alivio, mi madre con orgullo victorioso, y Mariana... Mariana tenía los ojos fijos en el suelo, como si no pudiera soportar ver el espectáculo de mi entrega.Al salir de la iglesia, el aire fresco de la tarde me golpeó la cara, pero no logró despejar la bruma de mi mente. Julián me guio hacia un elegante sedán negro que esperaba frente a la escalinata. Abrió la puerta para mí sin deci
Último capítulo