Mundo ficciónIniciar sesiónEl calor de sus manos seguía quemando mi cintura incluso después de que me soltara. El alcohol bailaba en mi sistema, pero no era el tequila lo que me hacía sentir este vértigo, sino la forma en que este hombre me miraba. No me miraba como un objeto de cambio, ni como la "hija de Soler", ni como la "futura señora Galán". Me miraba como si fuera un incendio que él no tenía intención de apagar.
—¿Cómo sabes mi nombre? —repetí, mi voz apenas un susurro que se perdía en el rugido del mar.
Él no se alejó. Se quedó a esa distancia peligrosa donde podía sentir el magnetismo de su cuerpo.
—Este es un pueblo pequeño, Valentina. Las noticias sobre una boda tan... repentina, vuelan más rápido que las gaviotas.
Me apoyé contra el tronco de una palmera, sintiendo la corteza rugosa en mi espalda. Una risa amarga escapó de mis labios.
—Así que todo el mundo lo sabe. Saben que mi padre me vendió para salvar cuatro paredes y un techo. Saben que mañana seré propiedad de un hombre que compró mi compañía porque no puede lidiar con su propia sombra.
Él dio un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio personal. Su mano volvió a mi rostro, pero esta vez bajó por mi cuello, deteniéndose justo donde el pulso me latía con una fuerza salvaje.
—Nadie puede poseer lo que no se entrega por voluntad propia —dijo, y su voz bajó un octavo, volviéndose una caricia oscura—. Tu padre puede haber firmado un papel, pero tu piel... tu piel sigue siendo tuya.
Sus palabras fueron el detonante. En las últimas veinticuatro horas, mi padre había decidido mi destino, mi madre había medido mi cuerpo para un vestido que odiaba, y Ricardo había intentado tomar a mi hermana como si fuera su derecho. Todos querían una parte de mí. Todos sentían que tenían derecho a poseerme.
Una furia fría y decidida se instaló en mi pecho. Si mañana iba a perder mi libertad, si mañana mi cuerpo iba a pertenecer legalmente a Julián Galán, entonces esta noche yo elegiría quién sería el primero. No sería el novio traidor, ni el esposo impuesto. Sería este extraño que me había salvado de las rocas, que olía a tormenta y que parecía entender el lenguaje de mi desesperación.
—Tienes razón —dije, acortando la distancia que quedaba entre nosotros. Mis manos subieron a sus hombros, agarrando la tela de su camisa—. Mi piel es mía. Y esta noche, quiero decidir qué hacer con ella.
Él se tensó bajo mi toque. Pude ver el destello de sus ojos claros, una tormenta de deseo que intentaba contener.
—Estás bebida, Valentina. Mañana podrías arrepentirte.
—Mañana ya estoy condenada —respondí, mi voz ganando una seguridad que nunca antes había sentido—. Mañana me convertiré en un adorno en una hacienda. Pero esta noche... esta noche quiero sentir que todavía me pertenezco. Haz que me olvide de los contratos. Haz que me olvide de Ricardo. Hazme tuya, antes de que el mundo decida que ya no soy dueña de nada.
No esperó más. Sus labios chocaron contra los míos con una urgencia que me dejó sin aliento. No fue un beso dulce; fue un reclamo, un incendio forestal que arrasó con mis últimas dudas. Su lengua exploró mi boca con una autoridad que me hizo soltar un gemido desde lo más profundo de mi garganta.
Me cargó con una facilidad asombrosa, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura mientras me llevaba hacia la zona más protegida del muelle, donde las sombras de las palmeras nos ocultaban de cualquier mirada indiscreta. Me depositó sobre la arena fina, que aún conservaba el calor del sol del día, y se posicionó sobre mí.
Sus manos, expertas y decididas, comenzaron a desabrochar los botones de mi blusa. Cada centímetro de piel que quedaba expuesto al aire fresco de la noche era reclamado de inmediato por sus labios calientes. Bajó por mi escote, trazando un camino de fuego hasta mis pechos, mientras yo enredaba mis dedos en su cabello oscuro, tirando de él para pegarlo más a mí.
Sentía su virilidad, dura y latente, presionando contra mi muslo. El deseo era una ola gigante que estaba a punto de romper. El roce de su barba en mi cuello, el peso de su cuerpo sobre el mío y el sonido rítmico del mar crearon una sinfonía de seducción pura.
—Mírame —susurró él, sujetando mis manos por encima de mi cabeza mientras sus ojos claros ardían sobre los míos—. Esta noche no hay contratos. Solo estamos tú y yo.
Él bajó la mano hacia el cierre de mis jeans, y el sonido metálico del cierre bajando retumbó en mis oídos como una liberación. Sentí su mano cálida deslizándose hacia mi intimidad, encontrando la humedad que lo reclamaba a gritos. Arquée la espalda, buscando su contacto, perdiéndome en la sensación de su piel contra la mía.
Justo cuando el mundo exterior desapareció y solo quedó el latido compartido de nuestros corazones, él se detuvo un instante, mirándome como si estuviera grabando cada una de mis facciones en su memoria, antes de entregarse por completo a la tormenta que estábamos a punto de desatar.







