Me quedé varios segundos parada frente a la puerta del estudio.
La luz seguía escapando por debajo de la madera y el silencio dentro de la habitación empezaba a ponerme más nerviosa de lo que quería admitir.
Podía irme.
Podía simplemente subir a la habitación, acostarme y fingir que aquella noche no me estaba rompiendo por dentro.
Pero no pude.
Porque la imagen de Julián perdiendo el control en el comedor seguía clavada en mi cabeza.
La forma en que había mirado a Isabella.
La rabia.
La herida.