El eco de mis propias palabras —ese «acepto» que sonó más a una rendición que a una promesa— todavía vibraba en las vigas de madera de la capilla. El juez cerró el libro con un golpe seco, un sonido definitivo que marcó el inicio de mi nueva vida.
Julián se giró hacia el público, ofreciéndome su brazo con una cortesía tan ensayada que me dolió. Sus dedos apenas rozaron la seda de mi manga. No había calor. No había rastro de la electricidad que, apenas unas horas antes, nos había consumido en la