Capítulo 7

El eco de mis propias palabras —ese «acepto» que sonó más a una rendición que a una promesa— todavía vibraba en las vigas de madera de la capilla. El juez cerró el libro con un golpe seco, un sonido definitivo que marcó el inicio de mi nueva vida.

Julián se giró hacia el público, ofreciéndome su brazo con una cortesía tan ensayada que me dolió. Sus dedos apenas rozaron la seda de mi manga. No había calor. No había rastro de la electricidad que, apenas unas horas antes, nos había consumido en la oscuridad.

Caminamos por el pasillo central bajo una lluvia de pétalos y miradas curiosas. Mi padre me miró con alivio, mi madre con orgullo victorioso, y Mariana... Mariana tenía los ojos fijos en el suelo, como si no pudiera soportar ver el espectáculo de mi entrega.

Al salir de la iglesia, el aire fresco de la tarde me golpeó la cara, pero no logró despejar la bruma de mi mente. Julián me guio hacia un elegante sedán negro que esperaba frente a la escalinata. Abrió la puerta para mí sin decir una sola palabra.

—Sube —dijo simplemente. Su voz era la misma, profunda y aterciopelada, pero el tono era gélido.

Me acomodé en el asiento de cuero, sintiendo cómo el voluminoso vestido de novia ocupaba todo el espacio. Él rodeó el coche y se sentó al volante. Arrancó el motor y salimos del pueblo en un silencio que me ponía los pelos de punta.

Pasaron varios minutos mientras dejábamos atrás las últimas casas y nos internábamos en la carretera que bordeaba los acantilados. No pude aguantar más.

—¿Por qué? —solté, girándome hacia él. Mis manos apretaban el ramo con tanta fuerza que los tallos crujían—. ¿Por qué finges que no me conoces?

Él no apartó la vista de la carretera. Sus manos sobre el volante estaban relajadas, como si no estuviéramos viviendo una pesadilla.

—¿A qué te refieres, Valentina?

—¡Sabes perfectamente a qué me refiero! —mi voz subió de tono—. Anoche... en el lago. Me salvaste. Estuvimos juntos. Me hiciste creer que eras alguien que entendía mi dolor. ¡Y resultaste ser tú! El hombre que me compró.

Julián soltó una risa corta, un sonido carente de cualquier alegría. Desvió el coche hacia un mirador solitario y frenó de golpe. Se giró hacia mí y me miró de frente. Sus ojos claros ahora eran dos piezas de granito.

—No engo idea de que hablas, mujer.

—¿No? —repetí incrédula—. ¡Me entregué a ti! Fui tuya porque no quería que mi "marido" fuera el primero. Pensé que eras un extraño que pasaba por allí. ¡Y me estabas tendiendo una trampa!

—No fue una trampa —sentenció él, inclinándose hacia mí. Su aroma a madera y canela volvió a envolverme, pero esta vez me hizo sentir pequeña—. Fui al lago porque quería ver qué clase de mujer estaba a horas d eunir mi vida. Quería saber si tenías lo necesario para sobrevivir en mi casa, en mi vida. Lo que pasó después... fue un error impulsivo de dos personas desesperadas. Nada más.

—Asi que lo admites. —dije molesta. —lo admites y para ti no hay nada malo con eso. 

—Son negocios. Esto es lo que hice con tu padre. Deberias  agradecerme en vez de ponerte asi. 

—Me usaste —susurré, sintiendo una náusea profunda—. Me probaste como quien prueba un coche antes de comprarlo.

—Estas haciendo de esto algo mas grande de lo que es—respondió él, volviendo a mirar al frente y arrancando el coche de nuevo—. No te traje aquí para vivir un romance. No me interesa tu amor, ni tus sentimientos, ni tu pasado con ese tipo. 

Me quedé helada al oír ese nombre.

—¿Cómo sabes de él?

—Sé todo de ti. Sé que ibas a huir. Por eso te busqué. Quería asegurarme de que no llegarías al matrimonio con falsas esperanzas. Ya tuve una esposa a la que amé, y murió. No tengo espacio para nadie más. Esto no es amor. Es un trato con tu padre. 

—¡Conmigo! —grité. —Mi padre ya no tiene nada que ver con esto porque quien acaba de decir, acepto he sido yo. ¿Es que no lo ves?

—No grites. 

—Entonces, ¿qué soy para ti? ¿Una empleada con anillo?

—Eres la señora Galán. Mantendrás la casa en orden, cuidarás de mi hijo Leo y, frente al pueblo, serás la esposa perfecta. A cambio, tus padres conservarán su casa. Es un trato justo.

—¿Y el sexo? —pregunté, herida en mi orgullo—. Si anoche fue un "error", ¿qué pasará ahora?

Julián apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El silencio se prolongó mientras el sol empezaba a caer sobre el horizonte.

—No volveré a tocarte —dijo finalmente—. Lo de anoche fue un eoror. A partir de hoy, nuestro matrimonio es de negocios. No entraré en tu habitación, y tú no entrarás en la mía.

—Me parece perfecto —mentí, aunque el corazón me dolía por la humillación—. Pero no esperes que te sonría. No seré nada más que un mueble mas en tu casa.

—No espero nada de ti, Valentina. Excepto que cumplas tu parte.

Llegamos a la hacienda poco después. Era una construcción imponente de piedra, situada en lo alto de una colina. Se veía majestuosa, pero solitaria. Julián bajó del coche y, esta vez, ni siquiera me abrió la puerta. Salí por mi cuenta, arrastrando el vestido por el suelo de grava.

Una mujer de rostro serio nos esperaba en la entrada.

—Bienvenida, señora —dijo con una inclinación de cabeza—. Soy la señora Ortega, el ama de llaves.

—Ella te mostrará tu habitación —dijo Julián sin mirarme—. Tengo asuntos que atender en el despacho.

—¿Ni siquiera vas a cenar conmigo? —pregunté por puro despecho.

Julián se detuvo en la puerta, su silueta recortada contra la luz del interior.

—Ya tuvimos nuestra celebración anoche —se giró apenas un poco—. Que descanses, Valentina.

Se marchó por el pasillo y escuché cómo cerraba la puerta de su despacho con llave. Me quedé sola en el gran vestíbulo, rodeada de lujos que no quería.

—Por aquí, señora —insistió la señora Ortega—. El niño ya duerme, pero mañana tendrá que conocerlo. Es su prioridad a partir de ahora.

Caminé detrás de ella por la gran escalera. Mis dedos rozaron la madera fría de la barandilla. Miré hacia abajo, hacia la puerta donde Julián había desaparecido. Me odiaba por sentirme abandonada. Me odiaba por recordar cómo sus manos me habían hecho sentir viva en la oscuridad.

Pero sobre todo, me odiaba porque sabía que, a pesar de sus palabras frías, yo seguía buscando al hombre que me había abrazado bajo las estrellas. Y temía que ese hombre hubiera muerto en el momento en que me puso el anillo de casada.

Entré en mi nueva habitación. Era enorme, pero se sentía como una celda de oro. La señora Ortega me ayudó a quitarme el vestido en un silencio sepulcral. Cuando por fin se marchó, me puse una bata de seda y me acerqué a la ventana. El lago se veía a lo lejos, oscuro y profundo.

—Eres un monstruo, Julián Galán —susurré contra el cristal—. Pero eres mi monstruo ahora.

Me acosté en la cama inmensa, cerrando los ojos y tratando de ignorar el vacío a mi lado. La guerra apenas comenzaba, y aunque Julián creía que había comprado una madre para su hijo, estaba a punto de descubrir que yo no iba a ser la esposa sumisa que él esperaba.

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