Capítulo 9

Julián se marchó temprano al día siguiente. Escuché el motor de su camioneta alejarse por el camino de grava mientras yo todavía estaba enredada en las sábanas, tratando de encontrar el valor para enfrentar otro día en esa casa. Según la señora Ortega, pasaría todo el día en las bodegas de la zona sur, supervisando el nuevo cargamento. Era mi oportunidad.

Pasé la mañana con Leo en el jardín. Jugamos a las escondidas y, por primera vez, logré arrancarle una carcajada sonora cuando me encontró escondida detrás de un matorral de rosas. Verlo reír me dio un impulso de determinación: ese niño vivía en una casa de sombras y yo necesitaba luz para entender a qué nos enfrentábamos.

Después del almuerzo, Leo se quedó dormido para su siesta bajo la vigilancia de una de las empleadas en la planta baja. La señora Ortega estaba ocupada en la despensa, contando la platería. El pasillo de arriba estaba desierto.

Subí los escalones con el corazón martilleando en mis oídos. Me detuve frente a la puerta de roble oscuro. La cerradura seguía allí, desafiante. Sabía que Julián guardaba las llaves en su despacho, en un pequeño joyero de madera sobre su escritorio. Había pasado por allí minutos antes, fingiendo buscar un libro, y las había tomado.

Inserté la llave. El sonido del metal girando me pareció un estruendo en el silencio de la mansión. Empujé la puerta y un olor a perfume rancio, flores secas y polvo me golpeó de inmediato.

Entré y cerré la puerta tras de mí.

Era un santuario.

No había otra palabra para describirlo.

La habitación estaba intacta, como si el tiempo se hubiera detenido hace cuatro años. Sobre la cama de colchas blancas, había un vestido de seda azul cuidadosamente extendido. En el tocador, los frascos de perfume estaban alineados, algunos casi vacíos, otros todavía con el líquido amarillento por el paso del tiempo.

Me acerqué a las paredes. Estaban cubiertas de fotografías. A diferencia del resto de la casa, donde no había ni un solo recuerdo, aquí la presencia de ella era abrumadora. Era una mujer hermosa, de cabello claro y una sonrisa radiante que parecía iluminar el papel fotográfico. En muchas de las fotos aparecía con Julián.

Me detuve frente a una imagen de ellos dos en la playa. Él se veía... diferente. Sus ojos no eran de piedra; brillaban con una alegría que me costaba reconocer. La abrazaba por la cintura mientras ella reía, con el viento despeinándole el cabello. Parecían la definición perfecta de la felicidad.

—Así que ella era tu mundo —susurré, sintiendo una extraña mezcla de lástima y envidia.

Caminé hacia una pequeña mesa junto a la ventana. Había un diario de cuero desgastado y un marco de plata con la ecografía de un bebé. Leo. Al lado, una carta a medio escribir, con una caligrafía elegante que se interrumpía abruptamente.

"Julián, amor mío, cada vez falta menos para conocer a nuestro pequeño. A veces tengo miedo, pero luego te miro y sé que todo estará bien. Prométeme que, pase lo que pase, nunca dejarás que el silencio entre en nuestra casa..."

Se me escapó un sollozo. Julián había hecho exactamente lo contrario. Ante el dolor de perderla, había convertido su hogar en una tumba, borrando su rastro de cada rincón excepto de esta habitación cerrada bajo llave. Estaba tan obsesionado con proteger su recuerdo que estaba asfixiando al hijo que ella tanto esperó.

De repente, escuché unos pasos rápidos en el pasillo. El pánico me paralizó. No podía ser Julián, no todavía.

La puerta se abrió de golpe. No era Julián, sino la señora Ortega. Su rostro, siempre severo, se transformó en una máscara de puro terror al verme allí dentro.

—¡Señora! ¿Qué ha hecho? —exclamó, entrando y cerrando la puerta rápidamente—. ¡Tiene que salir de aquí ahora mismo! Si el señor Galán se entera de que entró...

—¿Por qué la tiene así, Ortega? —pregunté, señalando las fotos—. Leo ni siquiera sabe cómo era la cara de su madre. Esto es una locura. Está viviendo en el pasado mientras su hijo crece solo.

—Usted no lo entiende —dijo la mujer, temblando—. No es solo el dolor. Es la culpa. El señor Galán se culpa cada día por lo que pasó. Él cree que si abre estas puertas, el dolor lo destruirá por completo. Por favor, devuélvame esas llaves y salga.

—No —dije con firmeza, guardando una pequeña fotografía de la mujer en mi bolsillo antes de que la gobernanta se diera cuenta—. Leo tiene derecho a ver esto. Julián no puede seguir huyendo.

—Si él la encuentra aquí, no habrá nadie que la salve, Valentina —advirtió Ortega en un susurro—. Él puede ser un hombre generoso, pero cuando se trata de su difunta esposa, se vuelve un extraño. Salga, por el amor de Dios.

Salí de la habitación justo antes de que el sonido de una camioneta se escuchara en el camino de entrada. Julián había vuelto antes de lo previsto.

Bajé las escaleras tratando de fingir calma, con la mano apretada sobre el bolsillo donde escondía la foto. Al llegar al vestíbulo, me encontré con él. Venía sucio de tierra, con la camisa abierta y una expresión de agotamiento total. Sus ojos se cruzaron con los míos y, por un instante, vi una grieta en su armadura.

—¿Qué pasa? —preguntó, frunciendo el ceño—. Estás pálida.

—Nada —mentí, sintiendo el peso de la llave en mi mano oculta—. Solo estaba jugando con Leo. El sol me mareó un poco.

Él se acercó, reduciendo el espacio entre nosotros. Estaba tan cerca que podía oler el campo y el sudor en su piel. Me estudió en silencio, como si pudiera leer el secreto que llevaba en el bolsillo.

—Ve a descansar —dijo en voz baja, y su mano rozó mi brazo por un segundo—. Cenaremos en una hora. No quiero que faltes.

Asentí y subí a mi cuarto casi corriendo. Una vez dentro, saqué la foto. Era ella, sonriendo con un vestido de flores. La escondí debajo de mi colchón.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP