Mundo de ficçãoIniciar sessãoRegresé a casa con las piernas pesadas, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. No por el golpe que le di a Ricardo, sino por la bilis que me subía por la garganta. Al entrar, encontré a Mariana hecha un ovillo en el sofá. La abracé, lloramos juntas y le pedí perdón mil veces por no haberle creído antes. Cuando por fin se quedó dormida por el cansancio emocional, sentí que las paredes de la sala se cerraban sobre mí.
Necesitaba apagar el cerebro. Fui a la cocina y, con manos temblorosas, saqué una botella de tequila que mi padre guardaba para las "ocasiones especiales". Irónico. Esta era la ocasión más especial de mi vida: el funeral de mi libertad y de mi confianza en los hombres.
Le di tres tragos largos, directos de la botella. El líquido me quemó el esófago y me hizo toser, pero pronto un calor artificial empezó a nublarme el juicio. Tomé mi bolso de lona y volví a salir por la puerta trasera. No podía estar ahí.
Caminé hacia la zona del muelle viejo, el lugar donde la arena es más gruesa y las rocas son traicioneras. El alcohol ya estaba haciendo efecto; el mundo se veía un poco más borroso, un poco menos cruel. La brisa del mar me golpeaba la cara, despeinando el cabello que mi madre tanto se había esmerado en peinar horas antes.
—A tu salud, Julián Galán —murmuré al aire, dándole otro trago a la botella mientras caminaba por el borde del malecón de piedra—. A tu salud, por comprar una esposa rota.
El malecón estaba húmedo por la llovizna de la tarde. Mis sandalias resbalaron en el musgo de una de las piedras grandes. Por un segundo, sentí el vacío. Mi cuerpo se inclinó hacia adelante, directo hacia las rocas afiladas donde rompían las olas. Solté un grito ahogado, esperando el impacto.
Pero el golpe nunca llegó.
Unos brazos fuertes, como columnas de mármol, me rodearon la cintura y me tiraron hacia atrás con una fuerza asombrosa. Mi espalda chocó contra un pecho ancho y sólido. El impacto me dejó sin aliento, y la botella de tequila cayó a la arena, derramando su contenido.
—Cuidado —dijo una voz.
Era una voz profunda, una vibración que sentí directamente en mi columna vertebral. Me quedé helada, sostenida por ese desconocido. El alcohol me hacía sentir mareada, pero mis sentidos se agudizaron de golpe ante el olor que desprendía: madera de cedro, tabaco caro y una pizca de brisa marina.
Él no me soltó de inmediato. Sus manos eran grandes y cálidas, y a través de la fina tela de mi blusa, sentí cómo su calor quemaba mi piel. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración en mi nuca.
—Podrías haberte matado —continuó la voz, ahora más cerca de mi oído.
Traté de darme la vuelta, pero mis pies fallaron de nuevo por la embriaguez. Él me sostuvo con firmeza, ayudándome a girar hasta que quedé frente a él. La oscuridad era casi total; las nubes tapaban la luna y solo los destellos lejanos del faro daban pinceladas de luz.
Lo miré hacia arriba. Era altísimo. Su rostro estaba en sombras, pero alcancé a ver el brillo de unos ojos claros que me escrutaban con una intensidad feroz. Me resultaba familiar, como un eco de un sueño olvidado, pero el alcohol y la penumbra me impedían conectar los puntos. ¿Era alguien del pueblo? No, este hombre tenía una presencia demasiado pesada, demasiado imponente para ser un pescador o un mecánico.
—No me importa —balbuceé, sintiendo que el calor me subía a las mejillas. Era una atracción irracional, una chispa eléctrica que nació del contacto físico y de mi estado de desesperación. Después de la suciedad de Ricardo, este extraño se sentía... puro, de una forma peligrosa.
—¿No te importa morir? —Él soltó una risa seca, sin humor—. Tienes mucha vida por delante para desperdiciarla en una botella.
—Tú no sabes nada —dije, apoyando mis manos en su pecho para no caerme. Sentí sus músculos tensarse bajo la camisa de lino—. Mañana... mañana me entregan como un regalo. ¿Por qué no habría de querer caer al mar?
Él guardó silencio. Su mano subió desde mi cintura hasta mi mejilla, apartando un mechón de cabello húmedo. Su toque fue inesperadamente suave, un contraste total con la fuerza de sus brazos. Por un momento, olvidé que era un extraño. Olvidé que me casaba. Solo quería que me siguiera tocando, que borrara con su fuego las manos sucias de Ricardo que todavía sentía sobre mi piel.
—A veces —susurró él, y su rostro se acercó al mío tanto que nuestras narices casi se rozaron—, el mar no es la salida. A veces, la tormenta es la que te enseña a navegar.
Me quedé hipnotizada por su voz. No sabía quién era, pero en ese momento, bajo el efecto del tequila y el dolor, él era lo único que me mantenía en pie. Sus ojos brillaron cuando el faro giró en nuestra dirección, un destello grisáceo que me hizo estremecer.
—¿Quién eres? —pregunté en un hilo de voz.
Él no respondió. En lugar de eso, me soltó lentamente, asegurándose de que mis pies estuvieran firmes en la arena.
—Alguien que sabe lo que es perderlo todo, Valentina.
Se dio la vuelta y se internó en las sombras de las palmeras antes de que yo pudiera procesar que había dicho mi nombre. Me quedé sola en la orilla, con el corazón latiendo desbocado y el sabor de su misterio en el aire.
¿Cómo sabía quién era yo? El pánico empezó a mezclarse con la fascinación. Mañana me casaba con Julián Galán, "El Hermético", el hombre al que solo había visto una vez entre la multitud y de quien solo recordaba una mirada de acero.
Miré hacia donde el extraño había desaparecido. El alcohol empezaba a perder fuerza ante la adrenalina. Algo en ese encuentro me decía que la noche no había terminado, y que mi "salvador" de la playa podría ser la pieza más peligrosa de este rompecabezas.







