Desperté con el cuerpo entumecido y el sabor amargo del tequila y el arrepentimiento en la lengua. El sol apenas empezaba a filtrarse por las cortinas de mi habitación, pero para mí, esa luz se sentía como una sentencia de muerte. Me incorporé lentamente, sintiendo el roce de las sábanas contra mi piel, una piel que todavía guardaba el eco de las manos de aquel extraño.
—¿Qué hice? —susurré, hundiéndome la cara en las manos.
Anoche me entregué a un hombre cuyo nombre ni siquiera conocía. En un