Mundo de ficçãoIniciar sessãoDesperté con el cuerpo entumecido y el sabor amargo del tequila y el arrepentimiento en la lengua. El sol apenas empezaba a filtrarse por las cortinas de mi habitación, pero para mí, esa luz se sentía como una sentencia de muerte. Me incorporé lentamente, sintiendo el roce de las sábanas contra mi piel, una piel que todavía guardaba el eco de las manos de aquel extraño.
—¿Qué hice? —susurré, hundiéndome la cara en las manos.
Anoche me entregué a un hombre cuyo nombre ni siquiera conocía. En un acto de rebeldía desesperada, le regalé mi virginidad a un fantasma de la playa para evitar que Julián Galán fuera el primero. Pero ahora, con la luz cruda de la mañana, la realidad me golpeaba: hoy era mi boda.
La puerta se abrió de golpe y mi madre entró con una bandeja y una mirada de acero.
—Báñate, Valentina. El estilista llega en veinte minutos. No quiero ojeras, no quiero quejas y, sobre todo, no quiero que huelas a lo que sea que estuviste haciendo anoche.
Me miró con sospecha, notando quizás el cabello enredado y la arena que aún quedaba entre las sábanas, pero no dijo nada. En su mundo, el honor se podía lavar con jabón si el precio era lo suficientemente alto.
El resto de la mañana fue un borrón de manos tocándome, cepillos tirando de mi pelo y capas de maquillaje ocultando la palidez de mi rostro. Mariana entró un par de veces, evitaba mi mirada. El silencio entre nosotras era espeso; ambas sabíamos que el mundo que conocíamos se había acabado.
Cuando por fin me pusieron el vestido blanco —esa armadura de seda que ahora me asfixiaba—, me miré al espejo. Parecía una novia perfecta, pero por dentro era solo cenizas.
—Es hora —dijo mi padre desde la puerta. Su voz temblaba un poco, pero no dio marcha atrás.
Bajé las escaleras como una autómata. El coche negro de los Galán nos esperaba afuera. Durante el trayecto hacia la pequeña capilla del pueblo, no miré por la ventana. Tenía miedo de ver a Ricardo, o peor aún, de buscar entre la multitud el rostro del hombre de la playa. Su recuerdo era lo único que me hacía sentir dueña de algo, aunque fuera de un secreto vergonzoso.
Llegamos a la iglesia. El aire era pesado, cargado de incienso y del murmullo de los invitados que habían venido a ver cómo los Soler pagaban sus deudas. Mi padre me tomó del brazo. Sentí su mano sudorosa sobre la mía.
—Valentina... —empezó a decir, pero lo interrumpí.
—No digas nada, papá. Solo camina.
Las puertas se abrieron. La marcha nupcial empezó a sonar, pero para mí sonaba como una marcha fúnebre. Caminé por el pasillo central con la vista baja, viendo solo los pétalos blancos en el suelo. El velo, una tela fina y traslúcida, me separaba del mundo, empañando la realidad.
Al final del pasillo, junto al altar, vi la silueta del hombre que me esperaba. Estaba de espaldas. Era alto, de hombros anchos, vestido con un traje negro impecable que gritaba autoridad. Mi corazón empezó a latir con una fuerza dolorosa. "Este es el hombre que me compró", pensé con odio. "Este es Julián Galán".
Me coloqué a su lado. Él no se movió, no me miró. Su presencia era fría, distante, exactamente como los rumores decían. El juez empezó a hablar, sus palabras rebotando en las paredes de piedra de la capilla sin que yo pudiera procesar una sola frase.
—Julián Galán, ¿acepta a Valentina Soler como su esposa? —la voz del juez rompió mi trance.
—Acepto —respondió él.
Me quedé helada. Esa voz. Esa vibración profunda que me había hecho estremecer en la arena. Mi cabeza giró tan rápido que el velo se enredó en mi cuello. Miré de reojo, tratando de ver a través del encaje del velo.
Sus manos estaban entrelazadas frente a él. Eran manos grandes, con dedos largos. Una de ellas tenía una pequeña cicatriz cerca del pulgar. Mi respiración se cortó. Yo había besado esa cicatriz anoche.
—Valentina Soler, ¿acepta a Julián Galán como su esposo? —insistió el juez ante mi silencio.
Levanté la mano temblorosa y, con un movimiento lento y agónico, eché el velo hacia atrás. La luz de la iglesia me cegó por un segundo, pero cuando mis ojos se ajustaron, lo vi.
Julián Galán se giró hacia mí. Sus ojos claros, esos que anoche ardían con una pasión salvaje, ahora eran dos piezas de granito gris. Me miró de arriba abajo con una indiferencia que me hizo querer gritar. No hubo un destello de reconocimiento, ni una sonrisa cómplice, ni un rastro del hombre que me había prometido las estrellas bajo las palmeras.
—¿Valentina? —preguntó el juez, impaciente.
Miré al hombre que tenía enfrente. Era él. El extraño. El amante.
Pero el hombre que me miraba ahora no era el que me había salvado de las rocas. Este hombre era un bloque de hielo que parecía no haberme visto nunca en su vida.
—Acepto —susurré, sintiendo que acababa de entrar voluntariamente en la boca del lobo.
Él se limitó a asentir levemente, como si acabara de cerrar un negocio exitoso, y antes de que pudiera decir nada, puso el anillo en mi dedo. El metal estaba frío, tan frío como la mirada del hombre que ahora era mi dueño y que, por alguna razón que yo no comprendía, estaba fingiendo que nuestra noche de pasión jamás había ocurrido.







