Julián no me dejó terminar la frase. No hubo espacio para más reproches, ni para que la lógica nos rescatara de la tormenta que siempre se desataba cuando estábamos a solas. Me agarró de la nuca con esa mano grande, áspera y callosa por el trabajo en el campo, enredando sus dedos en mi cabello con una urgencia que me hizo soltar un pequeño jadeo. Tiró de mi cabeza hacia atrás, obligándome a mirarlo a los ojos por un segundo antes de reclamar mis labios con una violencia que me dejó sin aliento.