Mundo ficciónIniciar sesiónLlegué a la orilla del lago con los pulmones ardiendo. El aire frío de la noche me golpeaba la cara, pero no me importaba. A lo lejos, junto al viejo sauce llorón, vi la silueta de Ricardo. Estaba de espaldas, mirando el agua, y por un segundo sentí un alivio inmenso. "Él es mi salida", me dije. "Él me llevará lejos de Julián Galán".
Pero al acercarme, las palabras de Mariana empezaron a martillear en mi cabeza. "¿Has pensado que a lo mejor no es quien tú crees?".
—¡Ricardo! —lo llamé.
Él se giró de inmediato. Su sonrisa, esa que siempre me había parecido un refugio, hoy se sentía extraña bajo la luz de la luna. Se acercó a mí con los brazos abiertos, listo para envolverme en su mundo de promesas.
—Mariposa, viniste. Pensé que tus padres te tendrían bajo llave con todo eso de la cena de... —se detuvo, escrutando mi rostro—. Estás llorando. ¿Qué pasó?
Me aparté de su toque como si su mano quemara. El rechazo lo dejó congelado.
—Tenemos que hablar, Ricardo. Y quiero que me mires a los ojos y me digas la verdad. Mariana me dijo algo antes de salir de casa. Algo sobre hace un mes, cuando yo no estaba...
El cambio en su rostro fue instantáneo. No fue dolor lo que vi, sino una chispa de pánico seguida de una máscara de falsa indignación. Sus hombros se tensaron y sus ojos azules, que siempre comparé con el mar, se volvieron turbios.
—¿Mariana? —soltó una risa seca, nerviosa—. Valentina, sabes cómo es tu hermana. Es una niña llamando la atención. Seguro está inventando cuentos porque está celosa de lo nuestro.
—No te atrevas —le advertí, y mi voz salió con una fuerza que no sabía que tenía—. No te atrevas a usar su edad como excusa. Ella estaba temblando, Ricardo. Tenía miedo de decírmelo porque sabía que me rompería el corazón. ¿Qué hiciste ese día en el muelle cuando yo me fui a la ciudad?
Él dio un paso hacia mí, tratando de suavizar la voz, ese tono de locutor seductor que siempre me había derretido.
—Vale, escúchame... El alcohol se me subió a la cabeza, ¿estás bien? Ella estaba ahí, provocándome con sus comentarios, y yo... solo fue un error de un momento. No pasó a mayores, te lo juro. Yo te amo a ti.
El mundo se detuvo. Sentí como si algo dentro de mi pecho estallara en mil pedazos de cristal. No era solo que me hubiera engañado; era la forma en que lo decía, restándole importancia al hecho de haber acosado a mi propia hermana, a la niña que yo juré proteger.
—¿Un error? —mi voz subió de tono, cargada de un asco que me subía por la garganta—. ¡Es mi hermana, Ricardo! ¡Tiene veinte años! La perseguiste, la acosaste mientras yo no estaba... y ahora tienes la cara de decirme que ella te "provocó".
—¡Cálmate! —me agarró del brazo con fuerza—. No hagas una escena. Mañana nos vamos a ir de aquí, ¿no es eso lo que querías? Olvida lo que dijo esa mocosa. Yo soy el que te va a sacar de la miseria. Sin mí, te vas a pudrir en la cama de ese viudo amargado.
Le solté una bofetada tan fuerte que me dolió la palma de la mano. El sonido resonó en el silencio del lago. Ricardo se llevó la mano a la mejilla, y por un instante, vi al verdadero hombre detrás de la máscara: alguien pequeño, cobarde y oscuro.
—No voy a ir a ningún lado contigo —le escupí, con lágrimas de pura rabia quemándome los ojos—. Preferiría casarme con el diablo antes que pasar un minuto más a tu lado. Me das asco, Ricardo. Todo este tiempo pensé que eras mi salvación, pero eres peor que el contrato de mi padre. Al menos Julián Galán no finge ser un santo.
—Valentina, no seas estúpida —gruñó él, dando un paso amenazante—. No tienes a nadie más. Si me dejas ahora, estás sola.
—Prefiero estar sola que con un animal como tú. ¡Lárgate! —le grité—. ¡Vete antes de que llame a mi padre y le diga lo que le hiciste a Mariana!
Ricardo me miró con puro odio, pero el miedo a mi padre —un hombre que, a pesar de sus deudas, tenía un orgullo feroz por sus hijas— fue más fuerte. Escupió en el suelo, me lanzó una última mirada de desprecio y se perdió entre los árboles, dejándome sola con el sonido de mis propios sollozos.
Me dejé caer en la hierba, rodeando mis piernas con los brazos. El salvavidas se había hundido. La única razón por la que estaba dispuesta a huir se había convertido en mi peor pesadilla. Estaba sola, en la oscuridad, con una boda esperándome en pocas horas y el corazón hecho trizas.
De pronto, un crujido de hojas detrás de mí me hizo saltar. No era el paso de Ricardo; era algo más pesado, más decidido.
—¿Quién está ahí? —pregunté, limpiándome las lágrimas de un manotazo.
De las sombras del bosque emergió una figura alta, vestida de negro, cuya presencia parecía absorber la poca luz de la luna. No podía ver su rostro, pero sentí su mirada fija en mí, fría y penetrante.
—Es una noche muy oscura para que una novia esté llorando en el barro —dijo una voz profunda que no conocía, pero que me hizo estremecer por completo.
Mi respiración se detuvo. El hombre dio un paso hacia la luz, y por un segundo, el brillo de sus ojos me recordó al acero de una navaja.







