Mundo ficciónIniciar sesiónLa cena fue una tortura. Julián ni siquiera probó bocado; se quedó mirando su copa de vino tinto como si el mundo no existiera. A su lado, el pequeño Leo comía en un silencio que no era normal para un niño de su edad. Yo sentía que la foto que me había robado de la habitación prohibida me quemaba en el bolsillo. Además, la señora Ortega no dejaba de vigilarme con una mirada de advertencia cada vez que se acercaba a la mesa.
En cuanto terminamos, Julián se limitó a darme las buenas noches con un gesto frío y se encerró en su despacho.
Subí a mi habitación sintiéndome agotada. Al entrar, puse el cerrojo y me apoyé contra la puerta. Necesitaba quitarme de encima el miedo y el polvo de ese cuarto secreto. Fui directo al baño y abrí los grifos de la tina. Mientras el vapor empañaba los espejos, me quité la ropa lentamente.
Antes de entrar al agua, limpié el vaho del espejo para mirarme. Ahí estaba yo: Valentina Soler.
Tengo los ojos de un marrón profundo, ahora marcados por unas ojeras de cansancio terribles. Mi piel es trigueña, muy distinta a la piel blanca y pálida de la primera esposa que vi en las fotos. Mi cabello es oscuro, rebelde y me llega a la mitad de la espalda; nunca he podido dominarlo del todo.
Miré mi cuerpo. Soy deglada, peso apenas 45 kg, y mis clavículas se marcan mucho bajo la luz. No tengo las curvas de una mujer madura, sino el cuerpo delgado de alguien que se ha pasado la vida caminando por la costa. Soy el opuesto exacto de Elena, la difunta esposa. Ella era como un ángel; yo soy pobre y simple.
—No soy ella —susurré—. Y no voy a dejar que me conviertas en su fantasma, Julián.
Me sumergí en el agua caliente, pero no podía dejar de pensar en lo que me dijo la señora Ortega cuando me descubrió: "Él no la mira a usted. Él busca lo que perdió y se castiga cuando se da cuenta de que no es lo mismo".
Al salir, me puse un camisón de seda negro, corto y sencillo. Me senté en la cama a mirar la foto de Elena. Ella era la luz y yo, para Julián, solo era el negocio que le permitía seguir viviendo en su oscuridad.
De pronto, escuché pasos en el pasillo. Se detuvieron justo frente a mi puerta. Contuve la respiración con la foto apretada contra el pecho. Sabía que era él. Esperé que intentara abrir, pero no lo hizo. Se quedó ahí parado una eternidad. Finalmente, los pasos se alejaron.
Me acosté, pero el sueño no venía. Pensaba en Leo y en el hombre que dormía a unos metros de mí. Mañana usaría esa foto para que el niño supiera quién fue su madre, aunque Julián nunca me perdonara.
Estaba perdida en mis pensamientos cuando escuché tres golpes suaves en la madera.
Caminé hacia la puerta y la abrí. Julián estaba ahí, apoyado en el marco con una mano en el bolsillo. No llevaba saco ni corbata, y tenía la camisa blanca desabrochada. Se veía mucho más humano así. Su mirada recorrió mi rostro y bajó por mi cuello aún húmedo.
—Lamento interrumpir —dijo con voz ronca—. No quería que este primer día terminara con lo que nos dijimos en el pasillo.
No supe qué decir. Me hice a un lado, pero él no entró.
—Te traté como a una empleada, Valentina, y sé que no lo eres. Tengo mucho trabajo con la exportación de las bebidas destiladas y eso me obliga a estar fuera, pero no es excusa.
—Parece que los negocios son tu único refugio —le solté, cruzándome de brazos.
Él suspiró y se pasó la mano por la cara.
—A veces es más fácil lidiar con números que con personas. Pero te busqué porque... la señora Ortega es eficiente, pero no es quien quiero que críe a mi hijo. Ella no tiene esa chispa que Leo necesita. Él merece que alguien lo ame de verdad, y sé que tú puedes hacerlo. Te vi hoy en el jardín con él.
Sus palabras me ablandaron el corazón. Detrás de ese hombre de hielo, había un padre que sabía que estaba fallando.
—Te ves capaz de amar a mi hijo, aunque no sea tuyo —añadió, clavando sus ojos grises en los míos.
—Leo es especial —respondí en un susurro—. Es imposible no querer protegerlo. Tiene tus ojos, pero también una tristeza que no debería tener.
—Gracias por eso —dijo él, dando un paso atrás—. Mañana será un día largo. Descansa.
—Julián... —lo detuve—. Lo que dijiste en el coche... ¿de que no volverías a tocarme? ¿Lo decías en serio?
Él no respondió. Me miró por última vez, dio media vuelta y siguió su camino, dejándome sola en la puerta.
Cerré la habitación y sentí que las lágrimas comenzaban a bajar. Nunca en mi vida me había sentido tan sola. Estaba encerrada en esta casa después de haber tenido con él la mejor noche de mi vida. Le había dado mi cuerpo pensando que era un desconocido que me entendía, alguien especial que me ayudaba a cubrir el dolor por lo que Ricardo le hizo a mi hermana.
Pero ahora entiendo la verdad: la única desconocida era yo. Él sabía quién era yo desde que me vio en el lago. Sabía que yo era su futura esposa y me dejó actuar como una tonta. Fue un error. Un error terrible que no volveré a cometer. No volveré a confiar en Julián Galán nunca más.







