La cena fue una tortura. Julián ni siquiera probó bocado; se quedó mirando su copa de vino tinto como si el mundo no existiera. A su lado, el pequeño Leo comía en un silencio que no era normal para un niño de su edad. Yo sentía que la foto que me había robado de la habitación prohibida me quemaba en el bolsillo. Además, la señora Ortega no dejaba de vigilarme con una mirada de advertencia cada vez que se acercaba a la mesa.
En cuanto terminamos, Julián se limitó a darme las buenas noches con un