Mundo ficciónIniciar sesiónEntré a mi habitación y cerré la puerta con el corazón martilleando contra mis costillas. Mis manos, todavía temblorosas, fueron directo a un viejo bolso de lona que escondía bajo la cama. No era una maleta elegante; era la misma que usaba para ir a la playa, pero ahora tenía una misión distinta: contener los pedazos de la vida que intentaba salvar.
Empecé a meter ropa sin doblarla, con una urgencia que me quemaba los dedos. Una blusa, unos shorts, mis libretas de la universidad. Cada objeto que lanzaba al bolso se sentía como un acto de rebeldía contra Julián Galán y el contrato de mi padre.
—No lo vas a hacer de verdad, ¿o sí? —la voz de Mariana me hizo dar un salto.
Mi hermana estaba apoyada en el marco de la puerta, mirándome con una mezcla de miedo y una extraña intensidad que no supe descifrar.
—No puedo quedarme, Mari. Si me quedo, mañana seré propiedad de un extraño. Prefiero dormir en el muelle que en la cama de ese hombre.
—Pero, Vale... papá se va a morir si te vas. La casa... —Mariana dio un paso hacia adentro, bajando la voz—. ¿Y si Ricardo no es quien tú crees? ¿Has pensado que a lo mejor te estás lanzando al vacío por alguien que no te va a atrapar?
Me detuve con una playera en la mano. Miré a mi hermana y sentí una punzada de molestia.
—Ricardo es lo único real que tengo, Mariana. No hables como si no lo conocieras. Él me ha cuidado durante tres años. No metas tus dudas en mi cabeza ahora, por favor. Bastante tengo con lo que está pasando en la sala.
Mariana agachó la mirada, jugueteando con el dobladillo de su camiseta. Por un segundo pareció que iba a decir algo más, algo importante, pero luego suspiró y negó con la cabeza.
—Solo... ten cuidado. A veces vemos lo que queremos ver porque tenemos miedo de la verdad. Si te vas a ir, hazlo pronto, antes de que mamá suba a traerte la cena.
La vi salir de la habitación con los hombros caídos. Sus palabras me dejaron un sabor amargo, pero las sacudí rápido. No tenía tiempo para acertijos. Me senté un momento en la orilla de la cama y cerré los ojos, obligándome a recordar por qué estaba haciendo esto.
Recordé la tarde en que conocí a Ricardo.
Fue hace tres años, en las fiestas del pueblo. Yo estaba ayudando en el puesto de refrescos de mi tía y se me había roto una sandalia. Estaba ahí, cojeando y sintiéndome ridícula, cuando él apareció. No llegó como un caballero de cuento; llegó con las manos manchadas de grasa porque venía del taller, pero con la sonrisa más limpia que había visto nunca. Se agachó sin decir una palabra, sacó un poco de cinta de su bolsillo y me arregló el zapato con una habilidad que me hizo reír.
"Listo, mariposa. Ya puedes seguir volando", me dijo ese día.
Desde entonces, Ricardo fue mi refugio. Recuerdo nuestras noches en el muelle viejo, compartiendo una sola paleta de hielo porque no teníamos para más, hablando de cómo sería nuestra casa cuando él pusiera su propio taller y yo terminara mi carrera. Él nunca me pidió nada a cambio de su amor. Me respetaba, me escuchaba y me hacía sentir que yo era mucho más que la "hija obediente" de los Soler.
¿Cómo podía Mariana dudar de él? Ricardo era el hombre que me tomaba de la mano cuando caminábamos por la orilla del mar, el que me juraba que nunca dejaría que nada malo me pasara. Él no sabía nada de las deudas de mi padre, ni del trato con Galán. Esta noche, cuando nos viéramos en el lago, él sería mi salvación. Me lo imaginaba planeando nuestra huida, llevándome lejos de este pueblo y de la sombra de "El Hermético".
Terminé de cerrar el bolso. Me miré una última vez en el espejo. Ya no quedaba rastro de la novia triste que mi madre había vestido hace una hora. Ahora era solo Valentina, una mujer desesperada aferrándose a la única esperanza que conocía.
Salí por la ventana de mi cuarto, bajando por la vieja enredadera que tantas veces me había servido de escalera en mis noches de rebeldía adolescente. Mis pies tocaron la tierra con un golpe seco. El aire de la noche olía a sal y a libertad.
Caminé rápido hacia el lago, evitando las calles principales. Cada sombra me parecía el coche de Julián Galán, cada ruido el grito de mi padre llamándome para que volviera al redil. Pero no iba a volver. Ricardo me estaría esperando. Con él, las deudas desaparecerían. Con él, yo no sería una mercancía.
"Espérame, Ricardo", supliqué en silencio mientras me internaba en el sendero que llevaba al agua. "Por favor, sé el hombre que siempre he creído que eres. Sálvame de esto".
Lo que yo no sabía, mientras corría hacia sus brazos, era que las palabras de Mariana no eran solo dudas de hermana. Eran una advertencia que yo no estaba lista para escuchar, y que el hombre que me esperaba en la oscuridad guardaba secretos que harían que el contrato de mi padre pareciera un juego de niños.







