Cuando llegamos al rancho ya era bastante tarde y el cansancio me pesaba tanto que sentía el cuerpo entumecido. Apenas crucé la puerta principal tuve que detenerme un segundo para respirar con calma. El golpe en la cabeza todavía me molestaba y los analgésicos me dejaban una sensación extraña, como si todo estuviera ocurriendo un poco más lento alrededor de mí.
La señora Ortega apareció enseguida desde el comedor, secándose las manos en el delantal mientras me observaba con una preocupación evi