Capítulo 8

Desperté con una luz blanca que inundaba toda la habitación. Por un segundo olvidé dónde estaba, hasta que sentí el peso de la colcha de seda y recordé que ya no estaba en mi pequeña recámara de la casa de mis padres. Me levanté, me di una ducha rápida y me puse lo más sencillo que encontré en la maleta: unos pantalones de lino y una blusa de algodón. No quería parecer la "señora de la casa", quería sentirme yo misma.

Bajé las escaleras y el silencio de la hacienda me resultó asfixiante. No se oía una televisión, ni música, ni risas. Al llegar a la planta baja, me crucé con la señora Ortega.

—Buenos días, señora —dijo ella, con una voz que no transmitía nada—. El desayuno está en el comedor pequeño. El señor Galán salió hace dos horas hacia las bodegas de la costa.

—¿Se fue sin decir nada? —pregunté, aunque no debería sorprenderme.

—Él no es hombre de muchas palabras al amanecer.

Fui al comedor. La mesa era enorme para una sola persona. Mientras tomaba un poco de café, escuché un golpe sordo que venía del jardín trasero. Me asomé por el ventanal y vi a un niño pequeño, de unos cuatro años, sentado en el pasto. Tenía un camión de madera en las manos y lo golpeaba contra una piedra, una y otra vez, con la mirada perdida.

Era el vivo retrato de Julián: el mismo cabello oscuro y rebelde, pero con una expresión de tristeza que no debería pertenecer a un niño de esa edad. Salí al jardín despacio, tratando de no asustarlo.

—Hola —le dije, sentándome en el pasto a una distancia prudente.

El niño se detuvo en seco. Me miró con unos ojos grandes y grises, idénticos a los de su padre, pero  ojos amables, de un alma noble y cariñosa. 

Me pregunto si Julián en algun momento los tuvo así. 

—¿Tú quién eres? —preguntó con voz baja.

—Me llamo Valentina. Voy a vivir aquí con ustedes.

—Mi papá me dijo que vendría alguien a cuidarme. ¿Eres mi nueva nana?

Sentí una punzada de rabia. Julián ni siquiera le había explicado que se había casado; para el niño, yo solo era una empleada más.

—Puedes decirme Valentina. ¿Cómo te llamas tú?

Leo —respondió, volviendo a mirar su camión—. Pero no hace falta que juegues conmigo. La señora Ortega dice que los adultos siempre tienen cosas importantes que hacer.

—Bueno, pues hoy mi cosa importante es ver quién gana una carrera de camiones. ¿Me dejas uno?

Leo me miró sorprendido. Dudó un momento, pero terminó extendiéndome un pequeño coche de plástico rojo. Pasamos media hora sentados en la tierra. Leo no hablaba mucho, pero noté que me observaba de reojo, como si estuviera esperando que yo me levantara y me fuera en cualquier momento.

—¿Tu mamá jugaba a las carreras contigo? —le pregunté con suavidad.

Leo dejó de mover el coche. Se le quedó mirando fijamente.

—No tengo mamá. Ella es una estrella en el cielo —dijo, repitiendo una frase que claramente le habían enseñado—. Papá dice que las estrellas no bajan a la tierra.

Iba a decir algo, a decirle que lo sentía, cuando la sombra de la señora Ortega cayó sobre nosotros.

—Leo, es hora de tus lecciones de aritmética. Entra ahora mismo —ordenó la mujer con severidad.

El niño se levantó sin protestar, me devolvió el coche rojo y caminó hacia la casa con los hombros caídos. La señora Ortega me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis rodillas manchadas de pasto.

—Un consejo, señora: no le llene la cabeza con fantasías. En esta casa seguimos una rutina estricta. Al señor Galán no le gusta que se interrumpa la disciplina del niño. Evítese un problema con el y lo hacompañia al niño.

—El niño necesita jugar, no solo hacer aritmética —repliqué, poniéndome de pie.—¿Cuantos años tiene? ¿Tres? ¿Cuatro?

—El niño necesita estructura. Y usted debería empezar a comportarse como la dueña de esta casa, no como una compañera de juegos.

Se dio la vuelta y se llevó a Leo. Me quedé sola en el jardín, sintiéndome como una intrusa. Decidí explorar la casa por mi cuenta. Recorrí los pasillos largos, llenos de cuadros de paisajes solitarios y muebles antiguos. No había una sola fotografía familiar. Ni una de Julián, ni una de Leo, y mucho menos de la madre del niño. Era como si la historia de esa familia hubiera sido borrada a propósito.

Al final de un pasillo en la planta alta, encontré una puerta de roble oscuro, distinta a las demás. Tenía una cerradura pesada. Intenté abrirla, pero estaba cerrada con llave.

—Esa puerta no se abre —la voz de Julián me hizo saltar.

Estaba parado al final del pasillo, todavía con la camisa del trabajo, pero sin la corbata. Parecía cansado, y su mirada volvió a ser esa pared de piedra que conocí en la iglesia.

—Me asustaste —dije, tratando de recuperar el aliento—. ¿Qué hay ahí dentro?

—Cosas que no te conciernen —respondió, acercándose. Sus pasos resonaban con fuerza en el suelo de madera—. ¿Ya conociste a Leo?

—Sí. Es un niño maravilloso, Julián. Pero está solo. ¿Sabes que piensa que las estrellas no bajan a la tierra porque tú se lo dijiste? No tiene ni una foto de su madre.

Julián se detuvo a pocos centímetros de mí. Su presencia llenaba el pasillo, y por un momento, el recuerdo de su cuerpo contra el mío en la playa me nubló el juicio. Él también pareció recordarlo; sus ojos bajaron a mis labios antes de volver a endurecerse.

—No te metas en cómo educo a mi hijo, Valentina. Te pagué para que lo cuides y le des una figura femenina en la casa, no para que analices mi psicología familiar.

—No soy una empleada, Julián. Soy tu esposa, te guste o no. Y ese niño merece saber quién fue su madre.

Julián dio un paso más, acorralándome contra la puerta cerrada. Puse mis manos sobre su pecho para mantener la distancia, sintiendo el calor de su piel a través de la camisa.

—No te metas en como educo a mi hijo y como le salvo del dolor—susurró con una voz peligrosa—. En esta casa, lo que yo digo es ley. No vuelvas a tocar el tema de su madre. Y aléjate de esta habitación.

Me soltó y sacó una llave del bolsillo. Abrió la puerta, entró y la cerró de un portazo antes de que yo pudiera ver nada.

Me quedé allí, en la penumbra del pasillo, con el corazón acelerado y una rabia sorda creciendo en mi interior. Julián Galán pensaba que podía comprar mi silencio y mi obediencia, pero no sabía que yo no me rendía fácilmente. Si él guardaba secretos detrás de esa puerta, yo encontraría la forma de abrirlos.

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