El encaje del vestido de novia me pica en el cuello, pero el verdadero dolor está mucho más adentro, justo debajo de las costillas. Me miro en el espejo de mi habitación, la misma donde crecí, donde pegué recortes de revistas y donde soñé con un futuro que hoy se siente como una broma pesada. El vestido es hermoso, blanco marfil, con una caída de seda que debería hacerme sentir como una reina. En cambio, me siento como un animalito que están adornando antes de llevarlo al matadero.Mañana, a esta misma hora, ya no seré Valentina Soler. Seré la señora Galán. La esposa de un hombre al que solo he visto una vez y cuya presencia me heló la sangre.Y eso que fue a lo lejos que le vi. Sin embargo, la clase de comentarios que escucho sobre el no son buenos. El tipo de de miedo total. —Quédate quieta, Valentina. Si sigues suspirando así, voy a terminar picándote con un alfiler —gruñó mi madre, Josefina.Ella estaba arrodillada a mis pies, ajustando el dobladillo con una eficiencia aterradora
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