Mundo de ficçãoIniciar sessão
El encaje del vestido de novia me pica en el cuello, pero el verdadero dolor está mucho más adentro, justo debajo de las costillas. Me miro en el espejo de mi habitación, la misma donde crecí, donde pegué recortes de revistas y donde soñé con un futuro que hoy se siente como una broma pesada. El vestido es hermoso, blanco marfil, con una caída de seda que debería hacerme sentir como una reina. En cambio, me siento como un animalito que están adornando antes de llevarlo al matadero.
Mañana, a esta misma hora, ya no seré Valentina Soler. Seré la señora Galán. La esposa de un hombre al que solo he visto una vez y cuya presencia me heló la sangre.
—Quédate quieta, Valentina. Si sigues suspirando así, voy a terminar picándote con un alfiler —gruñó mi madre, Josefina.
Ella estaba arrodillada a mis pies, ajustando el dobladillo con una eficiencia aterradora. Para ella, esto no era una tragedia; era un inventario. Estaba asegurándose de que la mercancía estuviera en perfecto estado para la entrega. Mi madre siempre ha sido así: una mujer de bordes afilados, que mide el amor en metros cuadrados y en la estabilidad del techo sobre nuestras cabezas.
—No entiendo por qué tiene que ser mañana, mamá —dije, y mi voz sonó pequeña, quebrada—. Ni siquiera he tenido tiempo de procesarlo. Hace dos días yo estaba planeando mi examen final de la universidad y ahora...
—Ahora estás salvando a tu familia —me interrumpió ella, levantándose y mirándome fijamente a los ojos—. Tu padre se metió en negocios que no debió. Firmó papeles que no entendía. Si no te casas con Julián Galán, pasado mañana habrá un camión de mudanzas afuera llevándose hasta los colchones. ¿Eso es lo que quieres? ¿Ver a tu hermana Mariana durmiendo en un banco del parque?
Bajé la mirada. Ese era el peso que me habían puesto encima. No era solo una boda; era el rescate de nuestra casa, de nuestra dignidad. Mi padre, un hombre que siempre quiso darnos más de lo que podía pagar, había terminado pidiendo dinero a la gente equivocada. Julián, "El Hermético", apareció como un salvador oscuro. Él pagaría las deudas, él conservaría la propiedad a nuestro nombre, pero el precio era yo. Él necesitaba una esposa para que cuidara a su hijo, un niño que se quedó sin madre el mismo día que nació.
—Es un viudo, Valentina. Un hombre respetado, con tierras y dinero. No te estamos enviando a la guerra —añadió ella con una frialdad que me dio escalofríos.
—Me están enviando a una cama que no elegí —susurré, pero ella ya estaba saliendo de la habitación, ignorándome como siempre hace cuando la verdad le incomoda.
Me quedé sola frente al espejo. Acaricié la tela del vestido. Mi mente voló de inmediato hacia Ricardo.
Ricardo era todo lo opuesto a la penumbra que representaba Julián Galán. Ricardo era luz, era el olor a sal del mar y a protector solar. Llevábamos tres años juntos. Él era el chico que me traía flores silvestres cuando estaba estresada por los estudios, el que me escuchaba hablar durante horas sobre mis sueños de viajar y conocer el mundo. Con él, la vida era sencilla, sin contratos ni deudas de sangre.
¿Cómo iba a decírselo? Esta noche me escaparía para verlo por última vez como una mujer libre. Me dolía el pecho solo de imaginar su cara. Ricardo siempre decía que yo era su "pequeña libélula", que algún día nos iríamos de este pueblo para empezar de cero en la capital. Él no tiene mucho dinero; trabaja en el taller mecánico de su tío y apenas saca para sus gastos, pero su corazón... su corazón era el único lugar donde yo me sentía segura.
Él era mi salvavidas. El único pensamiento que me mantenía cuerda mientras mi madre me probaba el velo era que, pasara lo que pasara, Ricardo me amaba. Quizás, si él me pedía que huyéramos, yo tendría el valor de dejarlo todo. Quizás él era la salida de emergencia que este incendio familiar me estaba ocultando.
Escuché los pasos pesados de mi padre en el pasillo. Se detuvo frente a mi puerta abierta, pero no entró. Me miró desde el umbral, con los hombros caídos y el rostro envejecido diez años en una semana. Sus manos, callosas de trabajar la tierra y cargar bultos, temblaban ligeramente.
—Te ves... muy bien, hija —dijo con la voz ronca.
—¿Valgo lo suficiente, papá? —le pregunté sin mirarlo—. ¿Soy suficiente para pagar la casa?
Él suspiró, un sonido lleno de derrota y una pizca de cobardía que me dolió más que cualquier grito.
—Galán es un hombre serio. Te dará una vida que yo nunca pude darte. No tendrás que preocuparte por el dinero, ni por la comida, ni por nada.
—Me preocupo por mi felicidad, papá. ¿Eso no cuenta en el trato?
Él no respondió. Se dio la vuelta y se marchó. Mi padre siempre fue un hombre de pocas palabras, pero su silencio ahora se sentía como una traición. Él me había criado para ser independiente, para estudiar, para ser alguien. Y ahora, me estaba usando como un cheque en blanco para tapar sus errores.
Mariana, mi hermana menor, entró corriendo al cuarto un momento después. Ella es la alegría de esta casa, o lo era antes de que este velo de tristeza cayera sobre nosotros. Tiene veinte años y una chispa que yo siempre envidié.
—Vale, no llores —me dijo, abrazándome por la cintura y hundiendo su cara en la seda del vestido—. Si tú te vas, esta casa se va a volver un cementerio.
—No tengo opción, Mari. Mamá dice que es por el bien de todos.
—Es una injusticia. Yo le dije a papá que yo podía trabajar, que podíamos vender cosas... pero él dice que Julián te eligió a ti. Que te vio en la plaza hace meses y que preguntó por ti.
Ese detalle me hizo estremecer. Así que esto no era solo un negocio; Julián Galán me había estado observando. Me sentí como una presa marcada mucho antes de que la cacería comenzara. "El Hermético" no era solo un hombre triste por su viudez; era un hombre que obtenía lo que quería.
Me quité el vestido con movimientos mecánicos, cuidando de no rasgar ni un solo hilo de la seda que ahora me pertenecía legalmente a Julián. Me puse mi ropa normal: unos jeans gastados y una blusa sencilla. Me sentí más yo misma, pero el espejo seguía reflejando a una mujer que ya no era dueña de su destino.
Miré por la ventana. El sol se estaba ocultando, pintando el cielo de un naranja violáceo. Era la hora. Ricardo me estaría esperando en el muelle, nuestro lugar especial.
Él es mi único norte, pensé mientras bajaba las escaleras en silencio para que mis padres no me detuvieran. Si el mundo se está cayendo a pedazos, Ricardo me sostendrá. Él me dirá que todo es una pesadilla y que encontraremos una forma. Tiene que haber una forma. No puedo creer que mi vida se resuma a ser la niñera de un extraño y la esposa de un hombre de hielo.
Caminé hacia la salida con el corazón latiendo desbocado. Cada paso que daba fuera de esa casa me acercaba a la única persona que me veía como Valentina, y no como una moneda de cambio. Ricardo me salvaría. Tenía que hacerlo. Porque si él no podía, entonces no quedaba nada más que la oscuridad de un castillo y un contrato que me robaría el alma mañana al amanecer.







