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Capítulo 6. Nada de esto es profesional.

La fiesta había terminado, pero la tensión no.

Ariadna lo sintió incluso antes de abandonar el salón. Era una presencia persistente, instalada en el cuerpo, como si cada paso que daba la acercara más a una decisión que no podía justificarse con argumentos legales.

Elías la acompañó hasta el ascensor privado sin tocarla. No hizo falta. La cercanía era suficiente. El silencio entre ambos estaba cargado de una expectativa que no intentaban disimular.

Las puertas se cerraron.

El espacio se redujo a metros exactos, peligrosos. Ariadna apoyó la espalda contra el espejo pulido, consciente del reflejo de ambos: él impecable, contenido; ella serena en apariencia, alerta por dentro.

Elías presionó el botón del último piso, pero el ascensor no se detuvo allí. Descendió.

—Esto no es el estacionamiento —dijo Ariadna, sin mirarlo.

—Lo sé —respondió él.

La voz de Elías era baja, controlada, como si cada palabra estuviera medida para no quebrar algo que ya estaba al límite.

—Te invité a otra cosa.

Ariadna giró el rostro entonces. Sus miradas se encontraron en el reflejo, no de frente, lo que volvió el contacto aún más íntimo.

—Nada de esto es profesional —dijo ella.

Elías sostuvo la mirada sin apartarse.

—Nunca lo fue —respondió—. Solo fingimos que sí.

El ascensor se detuvo en el subsuelo. Las puertas se abrieron hacia un pasillo discreto, apenas iluminado. Un vehículo oscuro aguardaba con el motor encendido.

Elías salió primero y le tendió la mano. Ariadna dudó un segundo. No porque no supiera lo que estaba haciendo, sino porque entendía con demasiada claridad las consecuencias.

Aceptó.

El trayecto fue silencioso. La ciudad se deslizaba detrás de los vidrios como un escenario ajeno, distante. Ariadna mantenía la vista fija al frente, pero su atención estaba puesta en la cercanía del cuerpo de Elías, en el calor contenido, en la tensión que se acumulaba sin encontrar salida.

—¿A dónde vamos? —preguntó finalmente.

—A una fiesta privada —respondió él—. Sin invitados innecesarios.

Ariadna soltó una exhalación lenta.

—Eso no suena mejor.

—No pretende sonar mejor —dijo Elías—. Pretende ser honesto.

El vehículo se detuvo frente a una residencia aislada, elegante, discreta. Nada ostentoso. Todo calculado. Elías descendió primero y abrió la puerta para ella.

Al entrar, Ariadna percibió el cambio inmediato. La música era baja, envolvente. La iluminación tenue, deliberadamente íntima. No había multitudes ni ruido social. Solo un espacio amplio, silencioso, cargado de intención.

—No hay nadie más —observó ella.

—Nunca dije que lo hubiera —respondió Elías.

Ariadna avanzó unos pasos, consciente de cada uno. Se quitó el abrigo con lentitud y lo dejó sobre una superficie cercana. Elías la observaba sin disimulo ahora, con una atención directa que ya no intentaba esconderse detrás de la cortesía.

—Podría irme —dijo ella.

Elías se acercó despacio, sin invadir todavía su espacio.

—Podrías —admitió—. Pero no lo harás.

Ariadna sostuvo su mirada. Sintió el pulso acelerarse, la anticipación instalarse en un punto bajo, peligroso.

—Esto es una mala idea —murmuró.

—Las mejores suelen serlo.

Elías levantó la mano y rozó apenas su muñeca, un contacto mínimo, cargado de intención. No la sujetó. No la retuvo. Solo la hizo consciente de la distancia exacta entre ambos.

Ariadna no se apartó.

Sabía que nada de eso podía llamarse profesional.

Sabía que aceptar esa invitación la colocaba en un terreno donde la ley no ofrecía refugio.

Y aun así, permaneció allí.

Porque en algún punto silencioso y oscuro, la atracción que Elías ejercía sobre ella había dejado de ser solo peligrosa.

Ahora era inevitable.

El silencio entre ellos se volvió insoportable.

No era vacío.

Era expectativa.

Ariadna dio un paso más dentro del espacio, como si la casa misma la hubiera absorbido. Elías la siguió con la mirada, atento a cada movimiento, consciente de que estaba cruzando un límite que había defendido durante años con precisión quirúrgica.

—No deberíamos hacer esto —dijo él, sin moverse.

La afirmación no sonó a advertencia. Sonó a confesión.

Ariadna se detuvo frente a él. La cercanía era inmediata, peligrosa. Podía sentir el calor de su cuerpo, la tensión contenida en sus hombros, la forma en que su respiración se había vuelto apenas más profunda.

—Lo sé —respondió ella—. Y aun así estamos aquí.

Elías cerró los ojos un instante. Fue breve, casi imperceptible, pero suficiente para delatarlo. Sabía exactamente lo que estaba poniendo en riesgo: el control, la estabilidad, la distancia que siempre había mantenido entre su mundo y cualquier vínculo personal.

Y aun así, toda ella lo atraía.

No solo su cuerpo.

Su quietud.

Su mirada directa.

La forma en que no pedía nada y, aun así, lo desarmaba.

Elías abrió los ojos y levantó la mano con lentitud, como si se diera tiempo para detenerse. Sus dedos rozaron el contorno del brazo de Ariadna, apenas un contacto, medido, cargado de intención.

Ariadna inhaló despacio. No retrocedió.

Elías dio el último paso. No fue brusco. Fue decidido. La cercanía se volvió total, íntima, inevitable. Su mano subió hasta la cintura de ella, firme, contenedora, marcando territorio sin imponerlo.

—Esto cambia las cosas —murmuró él.

—Ya cambiaron —respondió Ariadna.

El beso no fue suave. Tampoco apresurado. Fue intenso, contenido durante demasiado tiempo, cargado de una necesidad que ninguno había querido nombrar. Elías la sostuvo con una mano segura, como si temiera perder el equilibrio si la soltaba.

Fue breve.

Pero suficiente.

Cuando se separaron, el aire parecía más denso. Ariadna apoyó la frente contra su pecho un segundo, recuperando el control. Elías mantuvo la mano en su espalda, consciente de que ese gesto mínimo ya era demasiado.

—No soy parte de tu mundo —dijo ella en voz baja.

—Lo sé —respondió él—. Y aun así te dejé entrar.

Elías dio un paso atrás primero, rompiendo la cercanía con un esfuerzo evidente. Se pasó la mano por el rostro, como si necesitara anclarse a algo concreto.

—No puedo permitirme esto —añadió—. Y tú tampoco deberías.

Ariadna lo observó en silencio. Su pulso seguía acelerado, pero su expresión era serena. Sabía que no había promesas posibles. Tampoco arrepentimiento.

—No te pedí permiso —dijo—. Ni lo volveré a hacer.

Elías sostuvo su mirada, reconociendo en ella la misma determinación que lo había atraído desde el principio.

—Esto fue un error —dijo él.

—No —corrigió Ariadna—. Fue una decisión.

Ariadna tomó su abrigo y caminó hacia la salida. No miró atrás. No hacía falta. Ambos sabían que ese encuentro, breve e intenso, había marcado algo irreversible.

Elías permaneció inmóvil cuando la puerta se cerró.

Había dejado entrar a alguien donde nadie más había estado.

Había cedido control por deseo.

Y eso lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Porque, por primera vez, no solo estaba poniendo en riesgo su estabilidad.

Estaba empezando a querer repetirlo.

Anastacia Reed

Ay Ay estos dos! No pueden resistirse y lo saben! Son puro fuego ardiente y nadie los va a parar...

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