Capítulo 7. El precio de mirarse.
Ariadna no recordó el camino de regreso.
Recordó, en cambio, la forma exacta en que el aire había cambiado cuando la puerta se cerró tras ella. La sensación de un límite quebrado sin estruendo, como si algo interno se hubiera desplazado apenas unos centímetros, pero lo suficiente para alterar todo el equilibrio.
Entró a su departamento sin encender las luces. Dejó el abrigo sobre la silla más cercana y se acercó a la ventana. La ciudad seguía viva, indiferente, como si no ocurriera nada importan