Mundo ficciónIniciar sesiónElías Montclair no solía perder tiempo en conjeturas inútiles.
Sin embargo, esa mañana llevaba más de una hora revisando el mismo informe sin avanzar realmente. Las cifras estaban claras. Los movimientos financieros, ordenados. Las proyecciones, bajo control. Todo seguía funcionando como debía.
Excepto él.
Cerró el archivo con un gesto seco y apoyó ambas manos sobre el escritorio. El reflejo del vidrio le devolvió su propia imagen: traje impecable, expresión contenida, dominio absoluto del entorno. Era la imagen que había construido durante años. La que nadie cuestionaba.
Y aun así, en su mente, la presencia de Ariadna Castellanos seguía ahí. Inalterable.
No por lo que había dicho.
Sino por lo que no había hecho.No había retrocedido.
No había buscado ventaja. No había intentado seducirlo ni provocarlo de manera evidente.Había estado allí, firme, consciente, peligrosamente cómoda frente a él.
Eso lo inquietaba.
—Estás distraído —dijo Gabriel desde el sillón lateral, sin levantar la vista de su teléfono.
Elías no respondió de inmediato.
—Estoy atento —corrigió.
Gabriel alzó la cabeza y lo miró con una media sonrisa cargada de ironía.
—Eso no es lo mismo. Cuando estás atento, ya tendrías tres movimientos calculados. Ahora solo estás observando.
Elías se giró lentamente hacia él.
—No opines sobre lo que no entiendes.
—Te conozco desde siempre —replicó Gabriel—. Y sé cuándo algo se te mete bajo la piel.
Elías sostuvo su mirada durante un segundo tenso.
—Ella es una variable —dijo al fin—. Nada más.
—Claro —respondió Gabriel—. Por eso la citaste fuera de la oficina.
Elías no negó el comentario. Tampoco lo justificó.
—Quiero saber hasta dónde llega —continuó—. Y qué está dispuesta a sacrificar.
Gabriel se puso de pie.
—Ten cuidado —advirtió—. Las personas que no buscan nada suelen ser las más peligrosas.
Elías asintió apenas. No porque necesitara el consejo, sino porque ya lo sabía.
En otro punto de la ciudad, Ariadna caminaba por el pasillo del tribunal con el paso medido y la expresión serena. El murmullo constante, el eco de los pasos, el cruce de miradas rápidas formaban parte de una rutina que conocía bien.
Sin embargo, ese día algo era distinto.
No estaba pensando solo en el caso.
Estaba pensando en él.No en Elías Montclair como figura pública, ni como adversario legal. Pensaba en su presencia demasiado cercana, en su voz baja, en la forma en que había observado cada uno de sus gestos con una atención que rozaba lo personal.
—Estás dispersa —dijo Lucas, caminando a su lado—. Eso es nuevo.
Ariadna lo miró de reojo.
—Estoy concentrada —respondió.
Lucas sonrió, sin creerle.
—Cuando estás concentrada, no aprietas la mandíbula de esa forma.
Ariadna se detuvo frente a la puerta de la sala y respiró hondo antes de entrar.
—Este caso no es como los demás —dijo—. Y lo sabes.
—Sí —respondió Lucas—. Pero lo que no sé es si el problema es el caso… o el hombre.
Ariadna no respondió. Entró a la sala y tomó asiento, consciente de que esa pregunta había quedado flotando en un lugar incómodo.
Más tarde, al caer la noche, Ariadna regresó a su departamento con una sensación persistente de alerta. Dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla y caminó descalza hasta la cocina. El silencio era profundo, casi opresivo.
El sonido de su teléfono rompiendo la quietud la hizo detenerse.
Un mensaje.
Un solo nombre en la pantalla.Elías.
Ariadna no lo abrió de inmediato. Observó el dispositivo durante varios segundos, como si al hacerlo estuviera aceptando algo más que un simple intercambio de palabras.
Finalmente, deslizó el dedo.
Esta vez no fue una invitación.
No había más texto.
No había contexto.Ariadna cerró los ojos por un instante. Sintió una presión baja en el pecho, una mezcla inquietante de advertencia y expectativa.
El juego había cambiado.
Y ambos lo sabían.
El mensaje no incluía una dirección.
Tampoco una hora.Solo una certeza implícita: Elías Montclair no estaba preguntando si ella iba a ir.
Ariadna dejó el teléfono sobre la mesa de la cocina y apoyó ambas manos en el mármol. Permaneció así unos segundos, respirando despacio, obligándose a pensar con claridad. Sabía que responder era un error. Sabía que ceder al contacto fuera del marco estrictamente profesional abría una zona peligrosa.
Y aun así, tomó el teléfono de nuevo.
¿Dónde?
Fue lo único que escribió.La respuesta llegó casi de inmediato.
Bajá. Estoy afuera.
Ariadna cerró los ojos un instante. No por sorpresa, sino por una certeza incómoda que se le deslizó por el cuerpo. Elías no improvisaba. Si estaba allí, era porque había decidido cruzar un límite.
Tomó el abrigo y salió del departamento sin mirarse al espejo.
El vehículo oscuro estaba detenido frente al edificio, discreto, imposible de identificar sin saber qué buscar. Elías estaba en el asiento trasero. La puerta se abrió antes de que ella dudara.
—Suba —dijo él, con voz baja y firme.
Ariadna sostuvo su mirada desde la acera durante un segundo tenso. Luego entró al auto.
El interior olía a cuero y a algo más, algo que reconoció de inmediato: su perfume. El espacio era reducido, demasiado íntimo. La puerta se cerró y el mundo exterior quedó atrás.
—Esto no es apropiado —dijo Ariadna—. Y usted lo sabe.
Elías no respondió de inmediato. Observó su perfil, la forma en que mantenía la espalda recta, la tensión contenida en su mandíbula.
—No vine a hablar de lo apropiado —dijo al fin—. Vine a hablar de lo inevitable.
El auto comenzó a moverse. Ariadna no preguntó a dónde iban. No porque no le importara, sino porque entendía que hacerlo le daría a él una ventaja que no estaba dispuesta a conceder.
—Está cruzando una línea —advirtió ella.
—Las líneas solo existen para quien teme cruzarlas.
El silencio volvió a instalarse. Esta vez no era denso. Era eléctrico. Ariadna sentía su presencia demasiado cerca, la proximidad de su cuerpo, la conciencia constante de cada pequeño movimiento.
Elías alzó la mano y apoyó los dedos en el respaldo del asiento, apenas a unos centímetros de su hombro. No la tocó. No hizo falta.
—Podría destruir este caso en una semana —dijo—. A usted también.
—Entonces hágalo —respondió Ariadna—. Y deje de perder el tiempo conmigo.
Elías sonrió apenas. Fue una reacción mínima, pero cargada de algo oscuro.
—No quiero destruirla.
Ariadna giró el rostro para mirarlo de frente.
—Eso no es tranquilizador.
—No pretende serlo.
El auto se detuvo. Un estacionamiento privado, casi vacío. El silencio era absoluto. Elías no se movió de inmediato. Ariadna tampoco.
—Usted no actúa por dinero —continuó él—. Tampoco por reconocimiento. Eso la hace peligrosa.
—Y usted actúa creyendo que todo se puede controlar —respondió ella—. Eso lo hace arrogante.
Elías inclinó ligeramente la cabeza, acercándose lo suficiente como para que ella sintiera su respiración. Ariadna no retrocedió, aunque su pulso se aceleró de manera traicionera.
—Nos entendemos más de lo que debería —dijo él.
—No confunda entendimiento con consentimiento.
Elías bajó la mirada por un segundo, recorriendo su cuello, la línea firme de su mandíbula, antes de volver a sus ojos. Ese gesto, deliberado y lento, fue más íntimo que cualquier contacto físico.
—Todavía no —dijo—. Pero lo hará.
Ariadna sostuvo su mirada, consciente de que algo se había desplazado de manera irreversible. No había huida limpia posible. No después de ese momento.
—No juegue conmigo —advirtió—. No termina bien.
Elías se apartó finalmente, recuperando la distancia justa.
—El juego ya empezó —respondió—. Y ninguno de los dos es del tipo que se retira.
Abrió la puerta del vehículo.
—La llevaré de vuelta —añadió—. Por ahora.
Ariadna bajó del auto sin mirar atrás. Caminó hacia su edificio con el corazón latiendo con fuerza controlada, consciente de que había aceptado algo sin decirlo en voz alta.
Desde el interior del vehículo, Elías la observó desaparecer tras la puerta de entrada.
No sonrió.
Sabía que había cruzado un punto del que no solía regresar.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de querer hacerlo.







