Mundo ficciónIniciar sesiónAriadna abandonó el edificio Montclair con la sensación persistente de haber cruzado una línea que todavía no podía nombrar.
El ascensor descendía en silencio, lento, como si quisiera prolongar el momento. Ella se mantuvo erguida, con la mirada fija en las puertas metálicas, intentando ordenar pensamientos que no respondían a la lógica habitual. No era miedo lo que sentía. Tampoco triunfo. Era una tensión sorda, instalada en el cuerpo, que no se disipaba con la distancia.
Había enfrentado hombres poderosos antes.
Había sostenido miradas hostiles, amenazas veladas, sonrisas diseñadas para intimidar.Pero Elías Montclair no había hecho nada de eso.
Y ese era el problema.
Al llegar al lobby, el aire cambió. Más ruido. Más movimiento. La vida cotidiana retomando su curso con una indiferencia casi ofensiva. Ariadna caminó hacia la salida sin apuro, consciente de cada paso, de cada latido que todavía no recuperaba su ritmo normal.
No se volvió.
No necesitaba hacerlo para saber que él seguía allí arriba.En su oficina, Elías permanecía de pie frente a la mesa de reuniones vacía. La ciudad seguía extendiéndose detrás del vidrio, pero ya no le prestaba atención. Su mente no estaba en los contratos ni en las posibles estrategias legales. Estaba en una imagen precisa y persistente.
Ariadna Castellanos sentada frente a él.
Inmóvil. Atenta. Sin miedo.No recordaba la última vez que alguien lo había mirado así sin pedir nada a cambio.
Tomás entró sin anunciarse, como solía hacerlo cuando intuía que algo no estaba del todo bajo control.
—¿Cómo fue? —preguntó, directo.
Elías tardó un segundo en responder. Se acomodó los gemelos con un gesto mecánico, casi automático.
—Interesante —dijo al fin.
Tomás alzó una ceja.
—Eso no suena a problema legal. Suena a otra cosa.
Elías lo observó con frialdad medida.
—No empieces.
—No empecé yo —respondió Tomás—. Te conozco desde hace años. Cuando algo te resulta interesante, nunca es solo por el negocio.
Elías no lo contradijo.
Tampoco lo confirmó.—Quiero todo sobre ella —dijo—. Rutina, casos, contactos. Todo.
—Ya lo estamos haciendo —respondió Tomás—. Pero hay algo que deberías saber.
Elías lo miró.
—No es una idealista —continuó—. No juega a ser heroína. Elige bien sus batallas.
Elías asintió apenas.
—Eso ya lo noté.
En otro punto de la ciudad, Ariadna entraba nuevamente en su oficina. Valeria levantó la vista de su computadora en cuanto la vio.
—¿Y? —preguntó—. ¿Sigue vivo el imperio?
Ariadna dejó el portafolio sobre el escritorio y se quitó el abrigo con calma. Cada gesto estaba controlado, pero su mente seguía girando en torno a la misma figura.
—No intentó detenerme —dijo.
Valeria frunció el ceño.
—Eso es peor.
—Lo sé.
Ariadna se sentó y abrió su cuaderno de notas. Las páginas estaban en blanco. No porque no hubiera nada que escribir, sino porque todavía no sabía cómo traducir lo que había ocurrido.
—No me subestimó —añadió—. Tampoco me amenazó.
—Entonces te está midiendo —concluyó Valeria—. Y eso nunca es buena señal.
Ariadna lo sabía. Pero había algo más, algo que no dijo en voz alta. Algo que no tenía que ver con estrategias ni con demandas.
La forma en que Elías Montclair había invadido su espacio.
La quietud peligrosa de su cercanía. La tensión que no se disipó ni siquiera al alejarse.No era solo poder lo que había en juego.
Esa noche, al llegar a su departamento, Ariadna dejó las llaves sobre la mesa sin encender las luces. Caminó hasta la ventana y observó la ciudad desde la oscuridad. Su reflejo le devolvió una imagen serena, controlada, pero sus pensamientos no estaban tan ordenados como de costumbre.
Elías Montclair no era solo el hombre al que debía enfrentar en un tribunal.
Era una presencia que se le había instalado bajo la piel.Y eso la obligaba a extremar el control.
Porque en su experiencia, los límites más peligrosos no eran los que se cruzaban de forma explícita, sino aquellos que se desdibujaban en silencio.
El mensaje llegó pasada la medianoche.
Ariadna lo leyó una sola vez antes de bloquear la pantalla del teléfono. No había saludo ni despedida. Solo una frase breve, directa, innecesariamente personal.
Mañana. Desayuno. Hotel Central. Ocho en punto.
No era una invitación.
Tampoco una orden abierta.Era una provocación.
Ariadna dejó el teléfono sobre la mesa y se apoyó contra el respaldo del sillón. Sabía que no debería aceptar. Sabía que cualquier contacto fuera del ámbito estrictamente legal abría un terreno peligroso. Pero también sabía algo más inquietante: negarse no la alejaba de él. Solo cambiaba las reglas.
A las ocho en punto estaba sentada junto a la ventana del hotel, con una taza de café intacta frente a ella. Vestía de forma sobria, calculada, como si la neutralidad pudiera blindarla. Observaba el reflejo del vidrio cuando él apareció detrás de ella, sin anunciarse.
—Es puntual —dijo Elías.
Ariadna no se sobresaltó. Giró apenas la cabeza para mirarlo.
—Usted también.
Elías tomó asiento frente a ella. La mesa era pequeña, demasiado íntima para una conversación que pretendía ser profesional. Ariadna lo notó. Él también.
—No suelo mezclar asuntos —continuó él—. Pero este caso exige ciertas… conversaciones.
—Las conversaciones se tienen con abogados —respondió Ariadna—. Y en oficinas.
—Esto sigue siendo una conversación —dijo Elías, inclinándose apenas hacia adelante—. Solo cambia el escenario.
Ariadna sostuvo su mirada. El ruido del hotel, los pasos, las voces, todo parecía lejano. Entre ellos, el aire estaba tenso, cargado de algo que no tenía nombre jurídico.
—¿Qué quiere? —preguntó ella.
Elías sonrió por primera vez. No fue una sonrisa amable. Fue breve, controlada, peligrosa.
—Entenderla.
—No soy parte del expediente.
—Eso es lo que cree.
Elías apoyó la mano sobre la mesa, lo suficientemente cerca como para invadir su espacio sin tocarla. Ariadna sintió el gesto como una presión silenciosa, una advertencia que no necesitaba palabras.
—Pudo haber rechazado el caso —dijo él—. No lo hizo.
—No soy de huir —respondió ella.
—Lo sé —dijo Elías—. Y eso es lo que la vuelve interesante.
Ariadna tomó la taza y bebió un sorbo de café solo para romper la quietud. El movimiento fue mínimo, pero necesario. Sentía su presencia demasiado cerca, demasiado consciente de ella.
—Si esto es una estrategia de intimidación, es ineficiente —dijo—. Ya lo enfrenté ayer.
—No estoy intentando intimidarla.
—Entonces está perdiendo el tiempo.
Elías bajó la voz.
—No —corrigió—. Estoy observando cómo reacciona cuando no puede esconderse detrás de un escritorio.
Ariadna dejó la taza en su lugar. Sus dedos rozaron el borde de la mesa, apenas. El gesto fue inconsciente, pero Elías lo notó. Todo en él estaba atento a los detalles mínimos.
—No me estoy escondiendo —dijo ella—. Estoy eligiendo dónde pararme.
—Eso nos vuelve similares.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. No era cómodo. Tampoco vacío. Estaba cargado de una tensión que se deslizaba por debajo de cada palabra, de cada respiración controlada.
Ariadna fue la primera en levantarse.
—Si no tiene nada concreto que discutir sobre la demanda, esta conversación termina aquí.
Elías se levantó también. La diferencia de altura la obligó a alzar ligeramente el rostro. No retrocedió.
—Esto recién empieza —dijo él—. Y ambos lo sabemos.
Ariadna sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—Cuide sus movimientos, señor Montclair —respondió—. No todo se controla.
Se dio la vuelta y se alejó sin mirar atrás.
Elías la observó salir del hotel con una sensación incómoda, inesperada. No era frustración. Tampoco enojo.
Era anticipación.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de estar llevando el control absoluto de la situación.
Y esa incertidumbre, lejos de incomodarlo, despertó algo más oscuro.
Algo que no tenía que ver con el poder. Algo que se parecía peligrosamente al deseo.






