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Capítulo 5. Territorio en disputa.

El primer artículo apareció en un medio especializado antes del mediodía.

No era un escándalo. No aún. Era una nota breve, cuidadosamente redactada, que hablaba de una demanda civil contra el holding Montclair y cuestionaba ciertos protocolos internos relacionados con la seguridad laboral. Nada concluyente. Nada acusatorio. Solo lo suficiente para sembrar inquietud.

Ariadna lo leyó en silencio, sentada en su oficina, con el teléfono apoyado sobre el escritorio. No le sorprendió. Había sabido desde el principio que, una vez que el caso respirara aire público, no habría marcha atrás.

—Ya empezó —dijo Valeria, apoyada contra el marco de la puerta—. Y va a crecer.

Ariadna dejó el teléfono a un lado.

—No es un ataque —respondió—. Es una advertencia.

—Para ellos —aclaró Valeria—. Para ti, es una exposición.

Ariadna asintió apenas. No se engañaba. Cada paso que daba la colocaba más cerca del centro de una estructura que no perdonaba errores.

—¿Alguna reacción? —preguntó.

—Movimientos internos —respondió Valeria—. Silencio hacia afuera. Eso significa que están reorganizando.

Ariadna lo sabía. Y también sabía quién estaba al frente de esa reorganización.

Elías Montclair.

En el edificio Montclair, la atmósfera era contenida, pero tensa. No había pánico ni desorden. Solo una eficiencia más marcada, una vigilancia silenciosa que se filtraba en cada piso.

Elías observaba la pantalla frente a él sin tocarla. El artículo estaba abierto, resaltado, analizado línea por línea. No por lo que decía, sino por lo que insinuaba.

—Es un movimiento inteligente —dijo Tomás—. No acusa. Sugiere.

—Ella entiende cómo funciona el ruido —respondió Elías—. Y cómo crece.

Gabriel se acercó a la ventana.

—La están asociando directamente al caso —añadió—. Su nombre empieza a circular.

Elías apoyó los dedos sobre el escritorio.

—Eso era inevitable.

—¿Vas a intervenir? —preguntó Tomás.

Elías tardó un segundo en responder.

—Todavía no.

Gabriel giró hacia él.

—Estás dejando que avance demasiado.

—No —corrigió Elías—. Estoy midiendo hasta dónde está dispuesta a llegar cuando el terreno deja de ser privado.

No dijo lo que realmente pensaba: que cada movimiento de Ariadna despertaba algo que no tenía que ver con la estrategia. Algo que se activaba cuando ella ocupaba un espacio que, hasta entonces, había sido solo suyo.

Esa tarde, Ariadna salió del tribunal con la sensación persistente de ser observada. No de manera evidente. No con hostilidad abierta. Era una atención constante, discreta, como si su presencia hubiera alterado un equilibrio que otros preferían no cuestionar.

Lucas caminaba a su lado.

—Esto ya no es solo un caso complejo —dijo—. Es político.

—Siempre lo fue —respondió Ariadna—. Solo que ahora se nota.

—¿Y él? —preguntó Lucas—. ¿Sigue moviéndose en silencio?

Ariadna no respondió de inmediato.

—Él siempre se mueve —dijo al fin—. Solo que elige cuándo hacerse visible.

Esa noche, al regresar a su departamento, Ariadna encontró un sobre deslizado bajo la puerta. No tenía remitente. No tenía sello oficial. Solo su nombre, escrito con una caligrafía precisa.

Lo abrió con cautela.

Dentro había una invitación a un evento empresarial. Cena privada. Asistencia limitada. El nombre de Elías Montclair figuraba en el encabezado, junto a una nota breve, escrita a mano.

La visibilidad también es una forma de poder.

Ariadna cerró el sobre despacio. Sintió esa presión familiar en el pecho, esa mezcla inquietante de advertencia y desafío.

Él no estaba retrocediendo.

Estaba ampliando el terreno.

Y al aceptar o rechazar esa invitación, Ariadna sabía que no solo decidiría un movimiento estratégico, sino algo más peligroso.

Porque el conflicto ya no se limitaba a la ley.

Ahora también se disputaba el territorio invisible donde el deseo y el poder comenzaban a confundirse.

Ariadna llegó al evento con la certeza de que nada allí era casual.

El salón del hotel estaba envuelto en una iluminación tenue, cuidadosamente calculada para crear intimidad sin caer en lo obvio. Trajes oscuros, vestidos elegantes, copas de cristal y conversaciones medidas componían un escenario donde el poder se manifestaba en silencios y gestos sutiles.

Ella avanzó con seguridad, consciente de las miradas que se posaban sobre su figura. No por el vestido, sobrio y ajustado en los lugares justos, sino por lo que representaba. Era la mujer que había osado incomodar al imperio Montclair.

Elías la vio apenas cruzó la entrada.

No se movió de inmediato. Observó.

La forma en que caminaba, la espalda recta, el mentón elevado, la expresión serena que no pedía permiso. Había algo profundamente provocador en su quietud, en la manera en que ocupaba el espacio sin esfuerzo.

Cuando finalmente se acercó, lo hizo sin prisa.

—Sabía que vendrías —dijo, deteniéndose a su lado.

Ariadna giró apenas el rostro para mirarlo. La cercanía fue inmediata, densa. El perfume de él la envolvió con una familiaridad incómoda.

—No suelo rechazar invitaciones que funcionan como mensajes —respondió—. Y tú lo sabías.

Elías sonrió con lentitud.

—Me gusta que entiendas el lenguaje.

La música sonaba baja, envolvente. La conversación a su alrededor continuaba, pero para Ariadna todo parecía haberse reducido al espacio exacto que compartían. Elías levantó la copa y dio un sorbo sin apartar la mirada de ella.

—Este lugar no es apropiado para hablar del caso —dijo Ariadna.

—Nunca lo fue —respondió él—. Pero es perfecto para observar reacciones.

Elías inclinó ligeramente el cuerpo hacia ella, lo suficiente para que su voz llegara solo a sus oídos.

—Estás causando más impacto del que imaginas.

Ariadna sostuvo su mirada. Sintió un leve estremecimiento recorrerle la piel, una reacción que no estaba dispuesta a concederle abiertamente.

—Eso no te preocupa —dijo—. Te intriga.

Elías bajó la vista un segundo, recorriendo su cuello, la línea firme de su clavícula, antes de volver a sus ojos.

—Me provoca.

La palabra quedó suspendida entre ambos, cargada de una intención imposible de disimular.

Elías apoyó una mano en la parte baja de su espalda, apenas un contacto, mínimo, pero deliberado. No era un gesto social. Era una declaración silenciosa. Ariadna sintió el calor de su palma atravesar la tela del vestido, instalarse en un punto peligroso.

No se apartó.

—Esto es un error —murmuró ella.

—No —respondió él, acercándose aún más—. Esto es una elección.

El ruido del salón desapareció. La proximidad era excesiva, íntima, cargada de una tensión que se acumulaba en cada respiración contenida. Ariadna percibió la firmeza del cuerpo de él, la forma en que la rodeaba sin aprisionarla, dejándole siempre la ilusión de escape.

—Si sigues así, voy a cruzar un límite —advirtió ella en voz baja.

Elías sonrió apenas, rozando con los dedos la curva de su cintura.

—Eso es lo que llevas haciendo desde que aceptaste el caso.

Ariadna inhaló despacio. El contacto no avanzó, pero no retrocedió tampoco. Era un juego peligroso, construido sobre la contención, sobre la certeza de que ambos sabían exactamente qué estaban haciendo.

—No me perteneces —dijo ella.

—Nunca lo insinué —respondió él—. Pero tampoco fingas que no sientes esto.

Elías se apartó finalmente, rompiendo la cercanía con una elegancia calculada. Le ofreció el brazo, como si nada hubiera ocurrido.

Ariadna lo observó un segundo más, consciente de que su pulso aún no se había calmado.

Aceptó.

Caminaron juntos entre los invitados, proyectando una imagen que nadie cuestionaría: poder, sofisticación, control. Pero bajo esa fachada, ambos sabían que algo se había desplazado.

Ese encuentro no había sido un desafío legal.

Había sido una provocación directa.

Y mientras el evento continuaba, Ariadna entendió algo con una claridad inquietante: Elías Montclair no estaba intentando detenerla.

La estaba seduciendo hacia un terreno donde la ley, el deseo y el peligro comenzaban a mezclarse de forma irreversible.

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