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La Ley del Deseo
La Ley del Deseo
Por: Anastacia Reed
Capítulo 1. La demanda imposible.

Ariadna Castellanos estaba acostumbrada a los silencios incómodos.

Había aprendido a leerlos como otros leían contratos: con paciencia, con distancia, sin permitir que la ansiedad se filtrara en el gesto.

El expediente reposaba abierto sobre su escritorio desde hacía casi una hora. No lo había tocado más. No porque dudara de su contenido, sino porque ya lo había entendido todo.

Cuando un caso era demasiado limpio, era porque alguien se había tomado el trabajo de limpiarlo.

La mujer estaba muerta. Caída desde un edificio corporativo. Suicidio, según el informe oficial. Sin forcejeo. Sin testigos útiles. Sin huellas relevantes. Una investigación rápida, casi respetuosa. Un cierre elegante para una historia que nadie quería seguir contando.

Ariadna deslizó los dedos sobre el apellido que se repetía una y otra vez en las hojas.

Montclair.

No era la primera vez que lo veía. Tampoco la segunda. Ese nombre aparecía siempre en los lugares correctos, con las firmas correctas, con los sellos adecuados. Nunca en el centro del problema. Siempre un paso más atrás. Siempre protegido por capas de legalidad impecable.

Cerró la carpeta con un gesto lento y se recostó contra el respaldo de la silla. Su oficina era sobria, funcional, sin adornos innecesarios. No creía en los objetos que pretendían transmitir poder. El poder real no necesitaba decoración.

Valeria Cruz entró sin tocar, como lo hacía siempre. Tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados, una postura que Ariadna conocía bien.

—Decime que no vas a aceptar esto —dijo, sin rodeos.

Ariadna no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta la ventana y observó la ciudad desde el sexto piso. El tráfico avanzaba con la misma indiferencia de siempre. La gente seguía viviendo aun cuando otras vidas se apagaban sin dejar ruido.

—Ya lo acepté —dijo al fin.

Valeria soltó una exhalación brusca.

—Esto no es un caso complicado, Ari. Es un suicidio archivado. Nadie quiere reabrirlo. Nadie va a apoyarte. Y ese apellido… —negó con la cabeza—. No es solo una empresa. Es una estructura.

Ariadna se dio vuelta. Su expresión era tranquila, casi serena.

—Por eso es una demanda civil —respondió—. No voy a acusar a nadie de asesinato. Voy a pedir responsabilidades. Es más discreto. Más incómodo.

—Es suicida —corrigió Valeria.

Ariadna sostuvo su mirada sin alterarse.

—No busco sobrevivir a esto. Busco entrar.

Valeria la observó en silencio durante unos segundos. Conocía a Ariadna desde la universidad. Sabía que cuando hablaba así, no había marcha atrás.

—Este hombre no juega limpio —dijo al fin—. No te va a atacar de frente.

—Nunca lo hacen —respondió Ariadna—. Por eso hay que mirarlos de cerca.

Horas después, en la otra punta de la ciudad, Elías Montclair permanecía de pie frente a los ventanales de su despacho privado. Desde ahí, la ciudad parecía una maqueta precisa, ordenada, controlable.

Le gustaba esa vista.

Tomás Rivas hablaba desde la mesa, desplegando información con la naturalidad de quien conocía el terreno.

—La familia de la contadora presentó una demanda civil esta mañana. Negligencia laboral. Encubrimiento. Responsabilidad indirecta.

Elías no se movió.

—¿Quién firma? —preguntó.

—Ariadna Castellanos.

El nombre no despertó ningún recuerdo inmediato. Eso era raro.

Elías giró apenas el rostro, lo suficiente para indicar interés.

—Perfil.

—Treinta y dos años. Abogada. Litigios complejos. No suele perder, pero tampoco juega a ganar todo. Elige bien dónde presionar.

Gabriel, sentado en un sillón lateral, soltó una risa breve.

—Suena a alguien que no sabe con quién se mete.

Elías no compartió la ironía.

—Justamente por eso —dijo—. Quiero conocerla.

Tomás levantó la vista.

—No suele ser recomendable exponerte tan pronto.

—No me voy a exponer —respondió Elías—. Voy a observar.

No había amenaza en su tono. Tampoco prisa. Era la voz de alguien acostumbrado a decidir sin pedir aprobación.

Cuando la reunión terminó, Elías se quedó solo. Volvió a mirar la ciudad. Durante años había creído que ya nada podía sorprenderlo. Que todo se reducía a patrones previsibles, a movimientos que podían anticiparse.

Pero una mujer que aceptaba ese caso no encajaba en ningún patrón cómodo.

Ariadna Castellanos no estaba buscando dinero. Ni fama. Ni protección.

Eso la volvía interesante.

Y potencialmente peligrosa.

Elías tomó su teléfono y marcó un número.

—Agenden una reunión —dijo—. Hoy mismo.

Del otro lado, Ariadna estaba sentada nuevamente frente a su escritorio cuando recibió la confirmación.

Reunión solicitada por Elías Montclair.

Último piso.

Esa misma tarde.

No sonrió.

No se tensó.

Sintió, eso sí, una leve presión en el pecho. No miedo. Anticipación.

Había casos que se estudiaban.

Otros que se peleaban.

Y algunos que se sentían en el cuerpo antes de llegar al tribunal.

Este último era uno de ellos.

La sala de reuniones estaba diseñada para imponer silencio.

No por ausencia de sonido, sino por exceso de control. Vidrio, acero, líneas limpias, una mesa larga que separaba con precisión a quienes mandaban de quienes obedecían. Desde ese último piso, la ciudad parecía lejana, casi irrelevante.

Ariadna lo notó apenas cruzó la puerta.

No era un espacio pensado para negociar.

Era un espacio pensado para intimidar.

Avanzó sin apuro, con el portafolio firme entre los dedos y la espalda recta. Cada paso fue deliberado. No iba a mostrarse impresionada. No iba a bajar la guardia.

Elías Montclair estaba de pie, junto a la ventana.

No se movió cuando ella entró. No extendió la mano. No sonrió.

La observó.

Y en ese instante, algo cambió.

Ariadna sintió la presión antes de entenderla. No fue miedo. Fue una reacción física, inmediata, incómodamente clara. Como si el aire se hubiera vuelto más denso, más pesado. Como si su cuerpo hubiera registrado su presencia antes que su mente.

Elías era alto, impecable, contenido. Vestía un traje oscuro que parecía hecho para él con una precisión casi excesiva. Pero no fue eso lo que la perturbó, sino su quietud. La forma en que ocupaba el espacio sin esfuerzo. La manera en que su mirada se detuvo en ella sin prisa, sin cortesía, sin disimulo.

No fue una mirada profesional.

Fue una evaluación lenta, profunda, peligrosamente personal.

Ariadna sostuvo ese contacto visual sin retroceder. No lo desafió, pero tampoco se sometió. Se detuvo frente a la mesa y apoyó el portafolio con calma.

—Gracias por recibirme —dijo.

Su voz no tembló. Sonó firme, clara, medida.

Elías inclinó apenas la cabeza.

—Quería conocer a la mujer que decidió demandarme.

Ariadna alzó ligeramente el mentón.

—No decidí demandarlo —respondió—. Decidí representar a una familia.

El silencio que siguió fue espeso. No incómodo. Cargado.

Elías avanzó un paso. Solo uno. Lo suficiente para acortar la distancia de manera deliberada. Ariadna percibió el cambio al instante. El calor de su cuerpo. La proximidad innecesaria. El límite que estaba cruzando sin pedir permiso.

No se movió.

—No sabe dónde se está metiendo —dijo él, en voz baja.

No fue una amenaza abierta. Fue algo peor. Una advertencia envuelta en calma.

—Sí lo sé —respondió Ariadna—. Justamente por eso estoy aquí.

Los ojos de Elías se oscurecieron apenas. Un gesto mínimo, casi imperceptible, pero real. No estaba acostumbrado a ese tipo de respuesta. No a esa falta de temor. No a esa claridad.

Durante un segundo, no pensó en la demanda.

Ni en los abogados.

Ni en las consecuencias.

Pensó en tocarla.

En comprobar si esa quietud era real o una máscara. En romper la distancia que ambos sostenían con una tensión que ya no era solo profesional.

No lo hizo.

Pero el hecho de que tuviera que decidir no hacerlo lo perturbó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Ariadna se movió primero, rodeando la mesa y tomando asiento con naturalidad. Ese gesto simple fue una declaración silenciosa: no estaba allí para ser intimidada.

Elías tardó un segundo más en ocupar su lugar. Cuando lo hizo, sus rodillas quedaron peligrosamente cerca de las de ella. Ariadna fue consciente de ello. De la cercanía. Del roce posible. De la electricidad contenida en ese espacio reducido.

—Su demanda es ambiciosa —dijo él, retomando el tono empresarial—. Y poco realista.

—No busco realismo —respondió Ariadna—. Busco responsabilidad.

—Eso es una forma elegante de decir conflicto.

—Es una forma legal de decir verdad.

Elías la observó con detenimiento. Había conocido a muchas personas brillantes. Ambiciosas. Corruptibles. Pero Ariadna no encajaba en ninguno de esos moldes de manera cómoda.

No estaba buscando dinero.

No estaba buscando exposición.

No estaba buscando protección.

Eso la volvía impredecible.

—Este caso no le va a dar nada bueno —dijo él.

Ariadna sostuvo su mirada, consciente de que cada segundo reforzaba algo que ambos ya sentían.

—No todo tiene que dar algo bueno para ser necesario.

Elías apoyó el antebrazo sobre la mesa. La cercanía aumentó. Ariadna percibió su perfume, sobrio, oscuro, invasivo de una forma sutil. No retrocedió, aunque su pulso se aceleró apenas.

No por miedo.

Por reconocimiento.

Elías entendió entonces algo con una claridad inquietante: no solo la deseaba. Ella lo desafiaba de una manera que no tenía que ver con la ley.

La reunión continuó, pero ya nada fue igual.

Las palabras siguieron un protocolo. Los gestos también. Sin embargo, bajo cada frase, bajo cada pausa, había algo que ninguno mencionó y que ambos sintieron con una intensidad incómoda.

Ese encuentro no había sido el inicio de una demanda.

Había sido el inicio de un vínculo peligroso, oscuro y profundamente personal.

Y aunque ninguno lo admitiría todavía, ambos supieron al levantarse de esa mesa que nada volvería a estar completamente bajo control.

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