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Capítulo 4. Exposición controlada.

La mañana siguiente comenzó con una llamada que Ariadna había estado esperando.

No por deseo, sino por lógica.

—La demanda fue admitida —informó Valeria desde el otro lado de la línea—. No completa, pero suficiente para avanzar.

Ariadna cerró los ojos un segundo, apoyando la espalda contra la pared de su departamento. No sonrió. No celebró. La admisión no era una victoria; era apenas una grieta.

—¿Alguna reacción? —preguntó.

—Todavía no —respondió Valeria—. Pero la habrá. Y no va a ser discreta.

Ariadna colgó y permaneció inmóvil unos instantes. Sabía que, a partir de ese momento, cada paso estaría expuesto. Los movimientos ya no serían privados. El caso había salido de la sombra y comenzaba a incomodar a quienes no estaban acostumbrados a ser observados.

Pensó en Elías Montclair sin proponérselo.

No en el empresario.

No en el heredero.

Pensó en el hombre que había estado sentado demasiado cerca, que había invadido su espacio sin tocarla, que había hablado de inevitabilidad como si fuera una ley más fuerte que cualquier código jurídico.

Sacudió esa idea de su mente y tomó su abrigo. No podía permitirse distracciones.

En el edificio Montclair, el ambiente había cambiado.

No era evidente para cualquiera, pero Elías lo percibía con claridad. Los informes llegaban con más frecuencia. Las reuniones se sucedían sin pausa. Las miradas de sus colaboradores eran más atentas, más cuidadosas.

El sistema se había puesto en alerta.

—La demanda ya circula —dijo Tomás, dejando una carpeta sobre el escritorio—. Medios especializados, nada masivo todavía.

Elías hojeó los documentos sin apuro.

—Que circule —respondió—. No la frenen.

Tomás lo miró con atención.

—Eso no es lo habitual.

—No —admitió Elías—. Pero tampoco lo es la abogada que la presentó.

Gabriel, apoyado contra la pared, cruzó los brazos.

—Estás dejando que se acerque demasiado.

Elías alzó la vista con lentitud.

—No se acerca —corrigió—. La estoy observando.

Gabriel negó con la cabeza.

—No confundas interés con control.

Elías no respondió. Cerró la carpeta y se puso de pie. No iba a discutir algo que todavía no estaba dispuesto a nombrar.

Horas más tarde, Ariadna atravesaba el hall de un edificio judicial cuando sintió las miradas antes de identificarlas. Abogados, asistentes, funcionarios. El murmullo se intensificaba a su paso.

El caso Montclair ya no era invisible.

Entró a una sala de reuniones más pequeña de lo habitual. Lucas la esperaba, sentado frente a la mesa, con una expresión que mezclaba preocupación y análisis.

—Esto se va a poner feo —dijo sin rodeos—. Y rápido.

—Siempre lo hace —respondió Ariadna, dejando su portafolio—. La diferencia es que esta vez no voy a retroceder.

Lucas la observó con detenimiento.

—No hablo solo del caso.

Ariadna alzó la mirada.

—Entonces sé claro.

—Ese hombre —continuó—. No está jugando como los demás. Y eso tú lo sabes. 

Ariadna no negó la afirmación. Tampoco la confirmó.

—Estoy preparada —dijo.

Lucas suspiró.

—Eso no significa que seas inmune.

Ariadna apoyó las manos sobre la mesa, inclinándose apenas hacia adelante.

—Nunca lo fui.

Esa misma noche, Ariadna recibió una notificación formal. Una citación. Un pedido de reunión, esta vez canalizado por vías legales. El nombre de Elías Montclair figuraba en el encabezado, acompañado por una firma precisa, impecable.

No era un gesto de conciliación.

Era una exhibición de poder.

Ariadna leyó el documento con atención. Luego cerró el archivo y apoyó la espalda contra la silla.

La tensión no estaba disminuyendo.

Estaba cambiando de forma.

Y lo más inquietante no era el avance del caso, ni la exposición pública creciente.

Era la certeza de que, cada vez que sus caminos se cruzaban, el conflicto dejaba de ser solo legal.

Porque en algún punto silencioso y peligroso, ambos estaban empezando a disfrutar el enfrentamiento.

La sala asignada para la reunión era más pequeña de lo que Ariadna esperaba.

No había ventanales ni mesas extensas. Solo una mesa ovalada, dos sillas enfrentadas y una luz blanca que no favorecía a nadie. Un espacio diseñado para despojar de teatralidad cualquier intento de intimidación.

Ariadna llegó primero.

Colocó su portafolio sobre la mesa, se sentó con la espalda recta y esperó. No revisó el teléfono. No hojeó documentos. Sabía que él llegaría puntual.

Elías Montclair entró sin anunciarse.

Vestía un traje oscuro, sobrio, sin ostentación. Cerró la puerta detrás de sí con un gesto controlado y se detuvo un instante antes de avanzar. Sus ojos se posaron en Ariadna con la misma atención medida de la primera vez, pero había algo distinto. Menos cautela. Más intención.

—Gracias por venir —dijo Ariadna.

Elías inclinó ligeramente la cabeza.

—No suelo delegar cuando algo me concierne directamente.

Tomó asiento frente a ella. La distancia era menor que en su despacho. Ariadna fue consciente de ello de inmediato. Del espacio reducido. De la cercanía inevitable.

—La demanda fue admitida —continuó ella—. Supongo que ya lo sabes.

—Lo sé —respondió Elías—. Y no me sorprende.

Ariadna entrelazó los dedos sobre la mesa.

—Entonces avancemos.

Elías la observó unos segundos más de lo necesario.

—Siempre vas directo al punto —dijo—. Es una de tus virtudes.

—No estoy aquí para intercambiar opiniones personales.

—Eso dices —replicó él—. Pero tus decisiones hablan por ti.

Ariadna sostuvo su mirada sin alterarse.

—Mis decisiones están respaldadas por la ley.

—La ley es flexible —respondió Elías—. Depende de quién la interprete.

El silencio volvió a instalarse. No era incómodo. Era denso, cargado de algo que no pertenecía a ese espacio institucional.

Elías apoyó el antebrazo sobre la mesa, inclinándose apenas hacia adelante.

—Podrías detener esto ahora —dijo—. Nadie te juzgaría.

—Eso no es cierto —respondió Ariadna—. Y tú lo sabes.

Elías sonrió apenas, una curvatura mínima en sus labios.

—Sabía que no aceptarías.

—Entonces deja de fingir que esto es una negociación —dijo ella—. No lo es.

Elías la miró con detenimiento. Sus ojos descendieron un segundo, recorriendo su cuello, su clavícula, antes de regresar a su rostro. El gesto fue deliberado. Íntimo. Inapropiado.

Ariadna no se movió. Pero su respiración se volvió apenas más profunda.

—Eres consciente del efecto que produces —dijo él en voz baja.

—No confundas control con efecto —respondió ella—. No son lo mismo.

Elías se acercó un poco más, sin tocarla, pero invadiendo el límite invisible que ambos reconocían.

—Te equivocas —murmuró—. En nuestro caso, lo son.

Ariadna sostuvo su mirada, sintiendo cómo la tensión se concentraba en un punto exacto, peligroso. No había contacto físico, pero el espacio entre ambos estaba cargado de una energía que no admitía negación.

—Esto termina aquí —dijo ella al fin—. Si tienes algo concreto que aportar al proceso, hazlo por los canales correspondientes.

Se puso de pie. Elías la imitó, quedando demasiado cerca. Ariadna alzó el rostro para mirarlo. No retrocedió.

—Ten cuidado, Ariadna —dijo él—. Hay juegos que no se controlan una vez que empiezan.

—Eso aplica para ambos —respondió ella—. Y tú lo sabes.

Ariadna tomó su portafolio y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo, sin volverse.

—No vuelvas a confundirte —añadió—. Yo no soy parte de tu mundo.

La puerta se cerró tras ella.

Elías permaneció inmóvil unos segundos, observando el espacio vacío que había dejado. No estaba molesto. Tampoco frustrado.

Estaba alerta.

Porque por primera vez en mucho tiempo, alguien había entrado en su territorio sin pedir permiso…

y había salido dejando una marca que no sabía cómo borrar.

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