Mundo de ficçãoIniciar sessãoEmily llega al Lago Auralis buscando unas vacaciones tranquilas con sus amigas, pero desde el primer instante siente que aquel bosque esconde algo que la llama desde mucho antes de que ella pueda recordarlo. Adam Vale, heredero de la Manada Claro de Luna y responsable del exclusivo complejo de cabañas, tiene una única regla: mantener a los humanos lejos de los secretos de su mundo. Todo cambia cuando toca por accidente la mano de Emily y su lobo la reconoce como su compañera destinada. Lo que comienza como una atracción imposible se convierte en un vínculo cada vez más intenso. Emily descubre que los hombres lobo existen, que Adam lleva años obedeciendo unas normas que ahora desea romper por ella y que sus propios sueños con lobos podrían esconder una verdad aún más peligrosa. Mientras el deseo entre ambos crece, Dorian, el alfa de la manada y padre de Adam, hará todo lo posible por mantenerlos separados. Pero con la luna llena acercándose, Emily deberá descubrir quién es realmente y decidir si está preparada para abandonar la vida que conocía y aceptar un destino donde amor, pasión y peligro están unidos para siempre.
Ler maisEmily
La primera vez que vi el Lago Auralis pensé que aquel sitio era demasiado bonito para ser real.
La carretera serpenteaba entre montañas cubiertas de pinos y, durante kilómetros, apenas habíamos visto otra cosa que bosque.
—Como aparezca un asesino con motosierra, pienso perseguirte en el más allá —dijo Laura desde el asiento del copiloto.
Nora soltó una carcajada.
—Las reseñas eran buenísimas.
—Eso dirían las víctimas.
Sofía levantó el móvil.
—No tengo cobertura.
—Perfecto —dije—. Dos semanas sin universidad, sin profesores y sin que nadie me pregunte qué voy a hacer con mi vida.
Acabábamos de terminar la carrera y aquello debía ser exactamente eso: vacaciones.
Vino.
Lago.
Excursiones.
Dormir hasta tarde.
Quizá algún desconocido atractivo si la suerte acompañaba.
Nada complicado.
Entonces el bosque se abrió.
Las cuatro dejamos de hablar.
El lago apareció entre las montañas, enorme y oscuro, atravesado por los últimos reflejos dorados del sol. A lo largo de la orilla se levantaban cabañas de madera y piedra, separadas unas de otras por pinos. Más arriba, un edificio principal dominaba el paisaje con grandes ventanales frente al agua.
—Madre mía —susurró Sofía.
Laura aparcó frente a recepción.
Abrí la puerta.
El aire frío me golpeó la piel.
Olía a pino, tierra húmeda y madera.
Respiré profundamente.
Y algo extraño ocurrió.
Una presión suave apareció detrás de mi pecho.
No era dolor.
Era… reconocimiento.
Como si hubiese sentido aquel olor antes.
Como si hubiera estado allí.
—Emily.
Parpadeé.
Laura estaba sacando mi maleta.
—¿Vas a ayudarnos o piensas seguir enamorándote de los árboles?
Me reí.
—Ya voy.
Cogí el bolso y levanté la vista hacia recepción.
Entonces lo vi.
Estaba junto a la entrada.
Alto.
Camisa negra remangada.
Pantalones oscuros.
Cabello castaño casi negro.
Mandíbula marcada.
Y unos ojos verdes clavados directamente en mí.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
El vello de mis brazos se levantó.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Sentí el corazón golpear una vez, fuerte, justo debajo de la garganta.
Aquel hombre no era simplemente guapo.
Había algo en él que me hacía demasiado consciente de mí misma.
De mis piernas bajo el vestido.
Del cabello rozándome los hombros.
De mi respiración.
De la distancia que había entre los dos.
Él tampoco apartó la mirada.
—Emily —murmuró Nora a mi lado.
—¿Qué?
—Ese hombre acaba de olvidar cómo se respira.
Bajé la vista.
—Cállate.
Entramos en recepción.
Por dentro era todavía más bonito. Madera oscura, piedra, sofás de cuero y enormes ventanales frente al lago.
El hombre estaba ya detrás del mostrador.
De cerca era peor.
O mejor.
Dependía de cómo quisiera verlo.
Laura se adelantó.
—Buenas tardes. Tenemos reserva a nombre de Laura Medina. Cabaña doce.
Él comprobó algo en el ordenador.
—Catorce noches. Cuatro huéspedes.
Su voz era grave.
Sentí otra pequeña corriente bajándome por la espalda.
Intenté mirar otra cosa.
En una pared había una placa de madera.
Protege el secreto. Respeta la distancia.
—Bonito lema —dije.
Él levantó la vista.
—¿Cuál?
Señalé la placa.
—Ese. Suena un poco siniestro.
Una mínima sonrisa apareció en su boca.
—Es importante aquí.
—¿Y cuál es el secreto?
Sus ojos se quedaron sobre los míos.
—Si te lo contara, dejaría de serlo.
Sonreí.
Bien.
Además de guapo, tenía respuestas.
Perfecto.
Detrás de mí escuché a Nora reírse.
Él se volvió hacia el panel de llaves.
La camisa se tensó sobre su espalda.
Aparté la mirada antes de que alguien me pillara observándolo.
Cuando regresó, sostenía una llave con el número doce.
—La cabaña está al final del sendero del lago. Tenéis terraza privada y acceso al embarcadero. Podéis alquilar barcas o tablas de paddle por la mañana.
—¿Hay excursiones? —preguntó Sofía.
—Varias. Algunas necesitan guía.
—¿Por los animales? —dijo Nora.
Algo cambió en su expresión.
—También.
Laura levantó una ceja.
—¿Osos?
—No cerca de las cabañas.
—¿Lobos? —pregunté sin pensar.
Sus ojos regresaron inmediatamente a mí.
—Sí.
Sentí una especie de cosquilleo bajo las costillas.
—Siempre he querido ver uno.
Su mandíbula se tensó.
—No te acerques si ocurre.
—No tenía pensado abrazarlo.
Nora soltó una carcajada.
Él no.
Me miraba de una manera demasiado seria.
Después extendió la llave.
Hacia mí.
No hacia Laura.
Levanté la mano.
Nuestros dedos se tocaron.
La descarga fue instantánea.
Subió por mi mano.
Me atravesó el brazo.
Y explotó dentro de mi pecho.
Inspiré de golpe.
Todo mi cuerpo se cubrió de piel de gallina.
Calor y frío al mismo tiempo.
Una sensación extraña se concentró bajo mi estómago y tuve que apretar los labios para no reaccionar.
Adam también se quedó inmóvil.
Su mano seguía tocando la mía.
Sus ojos verdes parecían más oscuros.
Durante un segundo tuve la sensación absurda de que iba a tirar de mí hacia él.
Mi respiración se volvió superficial.
Él soltó primero.
Demasiado rápido.
—¿Estás bien?
Su voz estaba más ronca.
Miré mis dedos.
—Sí.
Mentía.
No tenía ni idea de qué acababa de ocurrir.
—Adam —dijo él.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—Mi nombre.
Ah.
—Emily.
Una sombra de sonrisa.
—Eso ya lo sé.
Sentí calor en las mejillas.
Entonces su expresión cambió.
Miró por los ventanales hacia el bosque.
—Una cosa más. Cuando oscurezca, permaneced cerca de las cabañas.
Laura dejó de sonreír.
—¿Por qué?
Adam tardó un segundo en responder.
—Durante las últimas noches hemos visto lobos demasiado cerca.
Nora tragó saliva.
Yo miré hacia los árboles.
Esperaba sentir miedo.
No lo sentí.
Sentí curiosidad.
Algo mucho más profundo.
Adam volvió a mirarme.
—Especialmente tú.
Fruncí el ceño.
—¿Yo?
Su mirada bajó hacia la mano que acababa de tocar.
—No te acerques a ellos.
Aquella noche soñé con un lobo.
No era el que esperaba.
Era enorme.
Gris oscuro.
Una cicatriz le cruzaba el hocico.
Estaba sentado entre los árboles, mirándome.
Y lo más extraño no fue que no tuviera miedo.
Fue la sensación de reconocerlo.
Como si aquel lobo llevara toda mi vida buscándome.
EmilyTres meses después, Nora seguía insistiendo en que aquellas habían sido las mejores vacaciones de su vida.Laura opinaba que eso demostraba que necesitaba terapia.—Nos secuestraron.—A ti durante aproximadamente treinta segundos.—Treinta segundos de más.—También bebimos muchísimo vino.Laura la miró.—Tu baremo para unas buenas vacaciones es preocupante.Estábamos sentadas en la terraza de la cabaña doce.La misma.El mismo lago.Pero nada era igual.Habíamos regresado juntas para pasar un fin de semana.Esta vez voluntariamente.Sofía apareció desde el sendero cargando una caja.—Maura manda pasteles.Nora se levantó.—Esa mujer es perfecta.Sofía había cumplido su promesa.Regresaba casi todos los meses.Había empezado a colaborar con una pequeña escuela cercana y se había hecho amiga de varias familias de Claro de Luna.Laura seguía diciendo que era la única persona sensata.También había regresado cuatro veces.Nadie se lo recordaba.Excepto yo.Constantemente.—No signif
EmilyNo sabía cuánto tiempo llevábamos caminando.Veinte minutos.Una hora.Quizá más.El humo de Lago Auralis había quedado atrás y el bosque se hacía cada vez más espeso.Silas caminaba delante.Dos hombres detrás de mí.Ninguno me tocaba.Había dejado claro lo que ocurriría si lo intentaban.No sabía exactamente qué haría.Pero mi loba sí.La sentía recorriendo mi cuerpo como una segunda respiración.Furiosa.Adam.—Lo sé.Silas miró por encima del hombro.—¿Hablas con ella?No respondí.Sonrió.—Evelyn tenía razón.El nombre volvió a helarme la sangre.—Está muerta.—No.—Maura dijo…—Maura vio un cuerpo.Silas apartó unas ramas.—No significa que fuera el suyo.Aquello parecía absurdo.Pero ya había aprendido que “absurdo” había dejado de tener utilidad en mi vida.Llegamos a una construcción escondida entre árboles.Una casa antigua.Piedra negra.Sin luces exteriores.Al entrar olí hierbas.Plata.Humo.Y algo que hizo que mi loba retrocediera dentro de mí.Peligro.—Por fin.
EmilyDuró exactamente cuatro horas.Cuatro horas de paz.Desayuné con Adam en su cocina.Volvimos a la cabaña doce.Laura me miró.Después miró a Adam.Después a mí.—No quiero saber nada.Nora apareció detrás.—Yo sí.—No.—Un poco.Sofía levantó ambas manos.—Yo apoyo el derecho de Emily a la intimidad.Nora la miró.—Traición.Me reí.Necesitaba aquello.Normalidad.Laura había preparado tortitas.Sofía había cortado fruta.Nora estaba comiendo chocolate directamente del paquete.Caleb apareció cinco minutos después.Ella le lanzó un trozo.Él lo atrapó con la boca.—Qué asco —dijo Laura.—Envidia —respondió Nora.—Absolutamente ninguna.Adam se sentó junto a mí.Su rodilla tocó la mía debajo de la mesa.Una corriente suave.La loba respondió inmediatamente.Nuestro.Bajé la mirada.Sonreí.—¿Otra vez? —murmuró Adam.Asentí.—Está contenta.—Mi lobo también.Nora nos miró.—¿Estáis hablando mentalmente?—Más o menos.—Eso es profundamente incómodo.Caleb sonrió.—Espera a tener ví
EmilyVolví a mi forma humana al amanecer.Y descubrí dos cosas.La primera: transformarse de vuelta dolía menos.La segunda: estaba completamente desnuda.—No mires.Adam soltó una carcajada.—Emily.—Adam.—Después de todo lo que hemos hecho, creo que esta preocupación llega un poco tarde.Le lancé una manta a la cara.Él la atrapó.—Dámela.—Ven a buscarla.Lo miré.Sonreía.Desgraciado.Estábamos en su cabaña.Habíamos regresado después de correr durante horas, agotados y eufóricos.Mi cuerpo dolía.Pero era un dolor extraño.Bueno.Como después de hacer ejercicio durante demasiado tiempo.Adam tenía únicamente unos pantalones deportivos.Yo intenté mantener la manta alrededor de mí.—No pienso perseguirte desnuda.—Podría ser divertido.—Podría matarte.—Ahora puedes intentarlo siendo loba.Me eché a reír.Adam dejó la manta sobre mis hombros.Después su humor desapareció.Sus manos permanecieron allí.—¿Cómo te sientes?Pensé.—Entera.La palabra salió sola.Sus ojos se suavizar
Último capítulo