Emily
El gruñido volvió a escucharse entre los árboles.
Esta vez más bajo.
Más cerca.
Adam no dudó.
Se colocó delante de mí y, con una mano, me empujó suavemente hacia atrás sin apartar la mirada del bosque.
No me gustó.
No porque tuviera miedo.
Porque me estaba alejando otra vez.
—Estoy bien.
—Lo sé.
—Entonces deja de tratarme como si fuera a romperme.
Adam giró la cabeza.
Su expresión era dura.
—No estoy preocupado porque puedas romperte.
—¿Entonces?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Porque