Mundo ficciónIniciar sesiónEmily
Desperté con la sensación de que alguien me estaba observando.
Abrí los ojos de golpe.
La habitación estaba en silencio. Una luz azulada comenzaba a entrar por las cortinas y, al otro lado del cristal, el lago parecía inmóvil.
Me incorporé despacio.
Había soñado otra vez con el lobo gris.
La cicatriz.
Los ojos.
Esa forma de mirarme como si me conociera.
Y, sobre todo, aquella tristeza absurda que me había acompañado incluso después de despertar.
Me levanté y fui a la cocina.
Nora ya estaba allí, despeinada, preparando café.
—Tienes cara de no haber dormido nada.
Abrí un armario.
—He tenido un sueño raro.
—¿Con Adam?
La miré.
—No.
—Qué decepción.
Me reí y me serví café.
Poco después aparecieron Laura y Sofía. Desayunamos en la terraza: tostadas, fruta, croissants y demasiado café.
El lago estaba espectacular.
—Hoy quiero hacer paddle —dijo Nora.
—Yo quiero una excursión —respondió Laura.
—Podemos hacer las dos cosas —dije.
Nora sonrió.
—Emily quiere volver a recepción.
Le lancé una servilleta.
—Emily quiere alquilar una tabla.
—Claro.
Dos horas después estábamos allí.
Adam hablaba con otro hombre junto al mostrador.
Era alto, moreno, atractivo y con una sonrisa fácil.
Nora lo vio.
Él vio a Nora.
Y supe inmediatamente que aquello iba a acabar mal.
—Buenos días —dijo el desconocido.
—Muchísimo mejores ahora —respondió Nora.
Laura cerró los ojos.
—Por favor.
El hombre rio.
Adam no.
Porque me estaba mirando.
Sentí el efecto de inmediato.
Una corriente diminuta recorrió mi espalda.
El vello de mis brazos se levantó.
No entendía cómo podía hacerme sentir algo tan físico sin siquiera tocarme.
Hoy llevaba una camiseta negra de manga corta.
Sus antebrazos estaban descubiertos.
Fuertes.
Bronceados.
Con venas marcadas.
Desvié la mirada antes de que me pillara observándolo.
—Queremos cuatro tablas —dije.
Adam apoyó las manos sobre el mostrador.
—Os acompaño.
Lo miré.
—¿Tú?
—El viento cambia rápido aquí.
—Ayer dijiste que podíamos alquilarlas.
—Y podéis.
—Entonces no necesitamos niñera.
Una sonrisa mínima apareció en su boca.
—No soy muy bueno haciendo de niñera.
El hombre que estaba a su lado soltó una carcajada.
—Eso puedo confirmarlo.
Adam lo miró.
—Caleb.
—Ya me callo.
Nora se acercó.
—¿Caleb?
Él le tendió la mano.
—Caleb Vale. Trabajo aquí con Adam. Excursiones, mantenimiento, rescates ocasionales y evitar que este hombre se vuelva insoportable.
Adam negó con la cabeza.
—Lo último te lo has inventado.
—Deberían pagarme por ello.
Nora sonrió.
—¿Y tú vienes al lago?
Caleb la miró con descaro divertido.
—Ahora sí.
Media hora después estábamos todos en el agua.
Adam tenía razón sobre una cosa.
El viento cambiaba rápido.
Y yo era mucho peor sobre una tabla de lo que había imaginado.
—Dobla las rodillas —dijo Adam desde la suya.
—Las tengo dobladas.
—Eso no cuenta.
—Estoy conservando la dignidad.
Él sonrió.
Mala idea.
Me distraje.
La tabla se inclinó.
Y caí.
El agua estaba helada.
Emergí soltando un grito.
—¡Dios!
Adam apareció a mi lado casi inmediatamente.
—¿Estás bien?
—¡Está congelada!
Se echó a reír.
—Eso significa que estás bien.
—Te odio.
Me agarré a su tabla.
Adam extendió la mano.
Dudé.
Recordé lo que había ocurrido con la llave.
La electricidad.
El calor.
—Emily.
Levanté la vista.
—No voy a electrocutarte.
—Eso dijiste ayer con la mirada.
Sus ojos cambiaron ligeramente.
Cogí su mano.
El efecto regresó.
Más suave.
Pero mucho más íntimo.
El calor de sus dedos envolvió los míos y me recorrió el brazo.
Adam tiró de mí.
Mi cuerpo chocó contra el suyo.
Una de sus manos acabó en mi cintura.
La otra continuó agarrando la mía.
Dejé de respirar.
Mi ropa mojada se pegaba a la piel.
Y su mano estaba justo allí.
Firme.
Caliente.
Los dedos cerrados alrededor de mi cintura.
Mi estómago se contrajo.
Sentí un cosquilleo subir desde la base de la espalda.
Adam bajó la mirada hacia mis labios.
Lo vi.
No fue imaginación.
El pulso comenzó a golpearme en el cuello.
—Adam…
Sus dedos se apretaron un poco más.
Por un segundo pensé que iba a acercarme todavía más.
Entonces giró bruscamente la cabeza hacia el bosque.
Su expresión cambió.
Toda la calidez desapareció.
—¿Qué ocurre?
No respondió.
Caleb también estaba mirando hacia la orilla.
Ya no sonreía.
—Salid del agua —dijo Adam.
Laura frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Ahora.
No gritó.
No hizo falta.
Había algo en su tono que nos hizo obedecer.
Nos dirigimos hacia la orilla.
Yo fui la última.
Cuando llegué a las piedras escuché un crujido entre los árboles.
Después otro.
Adam se colocó delante de mí.
Caleb hizo lo mismo frente a Nora.
Entonces lo vi.
Un lobo enorme estaba entre los pinos.
Gris oscuro.
Inmóvil.
Una cicatriz le atravesaba el hocico.
El aire desapareció de mis pulmones.
Era él.
El lobo de mi sueño.
Laura dio un paso atrás.
Sofía agarró su brazo.
Nora dejó de sonreír.
Yo no podía moverme.
El animal me miraba directamente.
Y algo dentro de mi pecho respondió.
No sentí miedo.
Sentí una fuerza extraña.
Familiar.
Tan intensa que los ojos empezaron a escocerme.
Di un paso hacia él.
La mano de Adam cerró inmediatamente alrededor de mi cintura.
—No.
Su voz fue baja.
Tensa.
El lobo no apartó la mirada.
Y entonces, muy despacio, inclinó la cabeza.
Como si me reconociera.







