Emily
Adam se quedó mirando el lugar donde había desaparecido la sombra gris.
No dijo nada.
Eso me puso más nerviosa que cualquier respuesta.
Caleb también había dejado de sonreír. Caminó hasta la huella y se agachó junto a Adam.
—¿Qué pasa? —preguntó Laura.
Adam se levantó.
—Nada que deba preocuparos. Terminamos de comer y volvemos.
—Eso suena exactamente a algo que debería preocuparnos —dijo Nora.
Caleb sonrió, pero era una sonrisa forzada.
—Solo tenemos animales bajando demasiado hacia las rutas. Eso pasa algunas temporadas.
No les creí.
Y estaba bastante segura de que Adam sabía que no le creía.
Durante el camino de regreso caminó casi siempre a mi lado.
No me tocaba.
Pero parecía pendiente de cada paso que daba.
La sensación empezó a irritarme.
—¿Vas a seguir vigilándome toda la tarde?
—Probablemente.
—¿Y si te digo que no hace falta?
Adam me miró.
—Probablemente siga haciéndolo.
Resoplé.
—Qué agradable.
—Nunca he presumido de serlo.
Lo miré de reojo.
Estaba sonriendo.
El desgraciado disfrutaba provocándome.
Llegamos a un pequeño puente de madera.
El resto siguió andando.
Adam me sujetó suavemente del brazo.
Me detuve.
—¿Qué?
Sus dedos rodeaban mi piel desnuda.
El contacto fue inmediato.
Una corriente cálida subió desde mi muñeca hasta el hombro.
Mi respiración se alteró.
Adam también lo notó.
Sus ojos bajaron hasta el lugar donde me tocaba.
Pero no retiró la mano.
—Anoche dijiste que habías soñado con ese lobo.
—Sí.
—¿Habías soñado con él antes?
La pregunta me sorprendió.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
Miré hacia mis amigas.
Estaban bastante lejos.
—He soñado con lobos desde niña.
Adam se quedó completamente inmóvil.
—¿Desde cuándo?
—Desde que tengo memoria.
Su pulgar se movió sin querer sobre mi brazo.
Apenas un roce.
Mi piel se erizó.
—¿Siempre el mismo?
—No. Bosques. Nieve. Lobos corriendo. A veces siento que corro con ellos.
Adam me observó de una manera que me hizo sentir demasiado expuesta.
—¿Y nunca te ha parecido raro?
—Claro que sí. Pero tampoco puedes ir al médico diciendo que sueñas mucho con lobos.
Su boca quiso sonreír.
No llegó a hacerlo.
—¿Y el gris?
—Es nuevo.
—¿Y qué sentiste cuando lo viste?
Pensé en ello.
—Como si… lo echara de menos.
Adam retiró la mano.
Fue tan brusco que casi pareció que mis palabras le habían hecho daño.
—Eso es imposible.
—Gracias por aclarármelo.
—No quería decirlo así.
Se pasó una mano por el cabello.
Parecía realmente preocupado.
—Emily, prométeme algo.
—Depende.
—Si vuelves a verlo, no te acerques.
—Adam…
Se colocó frente a mí.
Más cerca.
Su cuerpo bloqueó el sendero.
—No estoy intentando asustarte. Pero ese lobo no debería estar aquí.
—¿Por qué?
No respondió.
Otra vez.
—Siempre haces eso.
—¿Qué?
—Preguntas mucho y respondes poco.
Adam bajó la mirada a mi boca.
Sentí el cambio en mi cuerpo inmediatamente.
El calor apareció bajo mi estómago.
Mi respiración se volvió más lenta.
—Quizá porque hay cosas que no puedo explicarte todavía.
—¿Todavía?
Sus ojos regresaron a los míos.
Había dicho demasiado.
Lo supe porque su mandíbula se tensó.
—Olvídalo.
Intentó apartarse.
Le agarré la camiseta.
No sé por qué.
Solo sabía que estaba cansada de verlo marcharse cada vez que la distancia entre nosotros empezaba a desaparecer.
Adam miró mi mano sobre su pecho.
Después a mí.
Pude sentir el músculo duro bajo mis dedos.
Caliente.
Firme.
Mi corazón empezó a golpearme en las costillas.
—Emily.
La manera en que dijo mi nombre me recorrió entera.
—¿Qué?
Su mano subió lentamente hasta mi muñeca.
No para apartarme.
La sostuvo allí.
Contra su pecho.
—No hagas eso si no sabes lo que estás haciendo.
Un escalofrío me cruzó la espalda.
—Quizá sí lo sé.
Sus ojos cambiaron.
Verde oscuro.
Intensos.
Durante un segundo sentí que el bosque entero desaparecía.
Adam inclinó la cabeza.
Su nariz casi rozó la mía.
Mi boca se abrió ligeramente.
Entonces un grito llegó desde delante.
—¡¿Pensáis venir o tenemos que montar aquí el campamento?! —era Nora.
Adam cerró los ojos.
Yo solté una risa nerviosa.
Él bajó la frente hasta tocar la mía durante un único segundo.
—Tus amigas tienen un talento extraordinario.
—¿Para qué?
—Para salvarme de malas decisiones.
Se apartó.
Me quedé mirándolo caminar.
Y por primera vez comprendí algo.
Adam no estaba evitando besarme porque no quisiera.
Lo estaba evitando porque quería demasiado.