Engañada por mi ex, reclamada por el Rey Licántropo

Engañada por mi ex, reclamada por el Rey LicántropoES

Hombre lobo
Última actualización: 2026-07-17
Yeny  Recién actualizado
goodnovel18goodnovel
10
1 Reseña
47Capítulos
31leídos
Leer
Añadido
Resumen
Índice

Londres no perdona la pobreza. Menos cuando el tipo que juraba amarte te engaña, te roba lo último que te queda y te echa a la calle sin mirar atrás. Con los cobradores de deudas pisándome los talones y el aviso de desahucio en la mano, vendí lo único que me quedaba: mi propio cuerpo. El trato inicial con la clínica clandestina era simple. Firmar, dejar que me inseminaran y gestar el hijo de un millonario anónimo a cambio de una fortuna. Al salir de la clínica le robe al hombre equivocado y casi no la sobrevivo. Todo cambió cuando los análisis de sangre dieron positivo. No hubo jeringas ni médicos. Recibí la invitación directa de un hombre misterioso que exigió conocerme en persona. Un tipo imponente, letal, que resultó no ser humano, sino un rey licántropo. Fui la única humana genéticamente apta para soportar su descendencia. Pero él no quería un laboratorio. Su propuesta fue clara y brutal: el proceso sería por la vía natural, o no habría trato. Acepté por pura supervivencia. Ahora estoy embarazada y encerrada en el territorio de su manada. Un lugar salvaje donde las leyes humanas no existen y donde los peligros acechan en cada rincón. Su gente me odia por ser una extraña, sus enemigos ya huelen la debilidad de mi vientre y mi corazón, al igual que mi cuerpo, responde al rey licántropo.

Leer más

Capítulo 1

CAPITULO 1 : EMMA.

—El siguiente —anunció la enfermera.

Me puse de pie. El edificio de la clínica, ubicado en un callejón mugriento del este de Londres, tenía una fachada deplorable: ladrillos carcomidos, ventanas cubiertas de hollín y un cartel desconchado que apenas dejaba leer el nombre del lugar. Parecía un matadero ilegal. Pero al cruzar las puertas dobles de seguridad, el panorama cambió por completo. El interior era un búnker de alta tecnología médica. Paredes de un blanco pulcro, suelos de mármol relucientes y equipos de última generación que costaban millones.

La enfermera me guio por un pasillo silencioso hasta una oficina privada. Detrás del escritorio de cristal me esperaba un hombre de mediana edad, impecable en su bata médica.

—Sra. Emma, soy el doctor Harrison. Tome asiento.

Me senté, apretando las manos sobre mis rodillas para ocultar el temblor.

Harrison fue directo al grano. Abrió una tableta digital y empezó el interrogatorio sin preámbulos.

—¿Historial de enfermedades crónicas?

—No.

—¿Consumo de alcohol, tabaco o estupefacientes?

—Nunca.

—¿Acepta renunciar a cualquier derecho legal sobre el producto gestado una vez concluido el periodo establecido?

—Sí.

Respondí afirmativamente a cada cláusula de confidencialidad y sumisión legal. No tenía otra opción. El dinero prometido era mi pasaporte de salida del fango.

Pasé la vista por el papel, memorizando los términos exactos.

—Sra. Emma, estas cláusulas son inamovibles —sentenció el doctor Harrison, deslizando un fajo de documentos sobre el cristal del escritorio—. Léalas bien.

Cláusula de Confidencialidad Absoluta.

Cláusula de Sumisión Legal y Renuncia de Derechos.

Cláusula de Control Biológico Extremo.

—Acepto.

—Bien. Pasemos a la evaluación física —dijo, poniéndose de pie.

Me indicó que me colocara una bata y subiera a la camilla de exploración. Lo que siguió no se pareció en nada a un chequeo ginecológico estándar. Harrison y dos asistentes comenzaron a realizar pruebas que me parecieron absurdas y desconcertantes.

Midieron con precisión milimétrica la estructura de mi pelvis mediante un escáner óseo tridimensional, murmurando entre ellos sobre la "capacidad de expansión". Luego me conectaron a sensores de resistencia cardíaca y me sometieron a una prueba de esfuerzo físico extremo en una cinta de correr, evaluando mi capacidad pulmonar y mi umbral de dolor mediante estímulos de presión en las muñecas. Incluso me extrajeron múltiples viales de sangre, analizando no solo hormonas, sino la densidad de mis tejidos.

—¿Por qué tantas pruebas de resistencia? —pregunté, jadeando mientras me retiraban los electrodos—. Solo voy a gestar un bebé, no a entrar al ejército.

Harrison no se inmutó.

—El cliente pertenece a un linaje con una genética extremadamente robusta, Sra. Emma. El feto exigirá una demanda física y ósea muy superior a la de un embarazo promedio. Necesitamos asegurarnos de que su cuerpo no colapse a mitad del proceso.

La respuesta me dejó fría, pero el hambre y la desesperación pesaban más que la sospecha.

Después de los exámenes óseos y de esfuerzo, el ambiente volvió a una aparente normalidad. Me indicaron que pasara a la sala contigua para los análisis estándar. Me sacaron varios viales de sangre para descartar infecciones, midieron mi presión arterial, registraron mi peso y me realizaron una ecografía pélvica de rutina para verificar el estado de mi útero.

Para cualquier otra mujer, habría sido un chequeo común de fertilidad. Para mí, cada aguja y cada monitor eran el precio de mi supervivencia.

—Terminamos por hoy —declaró el doctor, anotando los últimos datos en su tableta—. La llamaremos.

Me vestí a toda prisa. Antes de salir de la oficina, lo detuve.

—¿Cuándo? —mi voz sonó suplicante—. ¿Cuándo me llamarán? Necesito saberlo. Esta es mi única oportunidad de subsistir los próximos meses.

—Apenas salgan los resultados de compatibilidad. No tardará. Puede retirarse.

Salí de la clínica con la cabeza dándole vueltas. Iba tan absorta en mis pensamientos, calculando cuánto tiempo me quedaba antes de que el casero me echara a patadas, que no vi el cuerpo imponente que se plantó frente a mí en la acera.

El impacto fue seco. Choqué de lleno contra el pecho de un hombre. Mi cuerpo rebotó, pero él ni siquiera se movió; era como una roca.

—Fíjese por dónde camina —mascullé por puro instinto de defensa.

Pero mi necesidad fue más rápida. Al pedir disculpas simulando torpeza, mis dedos se deslizaron con la agilidad que da el hambre y la calle hacia el bolsillo interior de su abrigo largo.

Toqué cuero grueso. Su cartera. La saqué en un movimiento limpio y la oculté en mi manga.

—Lo siento, iba distraída —dije, dando un paso atrás.

El hombre bajó la mirada hacia mí. No pude verle bien la cara bajo la sombra de su sombrero y sus gafas de diseñador pero sentí una presión extraña en el aire, un olor a bosque y tormenta que me revolvió el estómago.

—¿Está bien? —preguntó.

Su voz era grave, profunda, un eco que me vibró en el pecho.

—Sí, perfectamente. Con permiso.

Apresuré el paso sin mirar atrás, doblando en la primera esquina hasta meterme en un callejón oscuro. Con el corazón en la garganta y las manos temblorosas, saqué la cartera del desconocido. Era de un cuero negro, grueso y costoso, con un aroma a madera y lluvia que me inundó las fosas nasales.

La abrí. Mis ojos se abrieron de golpe al ver la cantidad de billetes de cien libras perfectamente alineados. Había una fortuna ahí dentro. No me detuve a mirar sus identificaciones ni sus tarjetas de crédito; no me interesaba saber quién era mi víctima. Saqué todo el efectivo con movimientos torpes por la adrenalina y escondí la cartera vacía en el fondo de mi bolso.

Con el dinero seguro, caminé rápido hacia el supermercado más cercano. Compré provisiones de calidad, el saco más grande de comida para perro y algo de carne para mí. Tomé el metro de regreso, vigilando mis bolsillos en cada estación, sintiendo por primera vez en meses el peso del alivio en el estómago.

Cuando por fin llegué a mi miserable edificio y abrí la puerta de mi apartamento, un bufido pesado me recibió.

—Hola, Astro —susurré.

Mi pastor alemán trotó hacia mí agitando la cola. Dejé las bolsas en el suelo y le serví una porción generosa de comida. Él comió con avidez. Yo apenas alcancé a dar el primer bocado a lo mío cuando unos golpes brutales sacudieron la puerta, haciendo que los viejos tablones de madera crujieran.

Era la casera.

Abrí la puerta a medias. La mujer me miró con desprecio, lista para soltar su discurso de desahucio, pero la corté en seco extendiéndole los billetes correspondientes a los meses que le debía. Los ojos se le abrieron con sorpresa. Agarró el dinero de inmediato y lo contó con avaricia.

—Así me gusta —escupió, guardándose el efectivo en el bolsillo—. Te vuelves a atrasar un solo día y te largas a la calle.

—No volverá a pasar —respondí, manteniendo la voz firme antes de cerrarle la puerta en la cara.

Apoyé la espalda contra la madera y me deslicé hasta el suelo. El alivio se transformó rápidamente en una capa densa de soledad. Me sentía triste, desdichada, una criminal que dependía de la caridad clandestina de una clínica o del bolsillo de un extraño para no dormir en la acera.

Huerfana, sin familia y con un novio que me engaño. solo tenia la compañia de mi perro y seguia viviendo por el, porque dependia de mi completamente.

Me arrastré hasta mi cama deshecha. Astro se subió y se echó a mi lado, pegando su hocico a mi pecho. Lo abracé con fuerza, buscando su calor, y con las lágrimas secándose en mis mejillas, me quedé dormida.

Horas después, un gruñido sordo me arrancó del sueño.

Astro estaba de pie sobre la cama, con el pelaje erizado y enseñando los colmillos hacia la oscuridad del rincón más alejado de la habitación. Empezó a ladrar con una furia que nunca antes le había conocido.

Me incorporé de golpe, con el corazón golpeándome las costillas. La habitación estaba helada. En el rincón más oscuro, donde la luz de la calle no alcanzaba a llegar, la silueta de una sombra enorme y densa se materializó desde la nada.

—Vine por lo que me robaste Mocosa —dijo una voz grave, profunda y letal, que hizo vibrar las paredes de mi apartamento.

Desplegar
Siguiente Capítulo
Descargar

Último capítulo

Más Capítulos

También te gustarán

Nuevas novelas de lanzamiento

Último capítulo

user avatar
Alba
uyyyy muy guay
2026-07-16 18:57:52
1
47 chapters
CAPITULO 1 : EMMA.
CAPITULO 2: THOMAS.
CAPITULO 3: EMMA.
CAPITULO 4: EMMA
CAPITULO 5: EMMA
CAPITULO 6: EMMA
EPISODIO 7: EMMA
EPISODIO 8: EMMA
EPISODIO 9: EMMA
EPISODIO 10: EMMA
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP