Mundo ficciónIniciar sesiónLondres no perdona la pobreza. Menos cuando el tipo que juraba amarte te engaña, te roba lo último que te queda y te echa a la calle sin mirar atrás. Con los cobradores de deudas pisándome los talones y el aviso de desahucio en la mano, vendí lo único que me quedaba: mi propio cuerpo. El trato inicial con la clínica clandestina era simple. Firmar, dejar que me inseminaran y gestar el hijo de un millonario anónimo a cambio de una fortuna. Al salir de la clínica le robe al hombre equivocado y casi no la sobrevivo. Todo cambió cuando los análisis de sangre dieron positivo. No hubo jeringas ni médicos. Recibí la invitación directa de un hombre misterioso que exigió conocerme en persona. Un tipo imponente, letal, que resultó no ser humano, sino un rey licántropo. Fui la única humana genéticamente apta para soportar su descendencia. Pero él no quería un laboratorio. Su propuesta fue clara y brutal: el proceso sería por la vía natural, o no habría trato. Acepté por pura supervivencia. Ahora estoy embarazada y encerrada en el territorio de su manada. Un lugar salvaje donde las leyes humanas no existen y donde los peligros acechan en cada rincón. Su gente me odia por ser una extraña, sus enemigos ya huelen la debilidad de mi vientre y mi corazón, al igual que mi cuerpo, responde al rey licántropo.
Leer más—El siguiente —anunció la enfermera.
Me puse de pie. El edificio de la clínica, ubicado en un callejón mugriento del este de Londres, tenía una fachada deplorable: ladrillos carcomidos, ventanas cubiertas de hollín y un cartel desconchado que apenas dejaba leer el nombre del lugar. Parecía un matadero ilegal. Pero al cruzar las puertas dobles de seguridad, el panorama cambió por completo. El interior era un búnker de alta tecnología médica. Paredes de un blanco pulcro, suelos de mármol relucientes y equipos de última generación que costaban millones.
La enfermera me guio por un pasillo silencioso hasta una oficina privada. Detrás del escritorio de cristal me esperaba un hombre de mediana edad, impecable en su bata médica.
—Sra. Emma, soy el doctor Harrison. Tome asiento.
Me senté, apretando las manos sobre mis rodillas para ocultar el temblor.
Harrison fue directo al grano. Abrió una tableta digital y empezó el interrogatorio sin preámbulos.
—¿Historial de enfermedades crónicas?
—No.
—¿Consumo de alcohol, tabaco o estupefacientes?
—Nunca.
—¿Acepta renunciar a cualquier derecho legal sobre el producto gestado una vez concluido el periodo establecido?
—Sí.
Respondí afirmativamente a cada cláusula de confidencialidad y sumisión legal. No tenía otra opción. El dinero prometido era mi pasaporte de salida del fango.
Pasé la vista por el papel, memorizando los términos exactos.
—Sra. Emma, estas cláusulas son inamovibles —sentenció el doctor Harrison, deslizando un fajo de documentos sobre el cristal del escritorio—. Léalas bien.
Cláusula de Confidencialidad Absoluta.
Cláusula de Sumisión Legal y Renuncia de Derechos.
Cláusula de Control Biológico Extremo.
—Acepto.
—Bien. Pasemos a la evaluación física —dijo, poniéndose de pie.
Me indicó que me colocara una bata y subiera a la camilla de exploración. Lo que siguió no se pareció en nada a un chequeo ginecológico estándar. Harrison y dos asistentes comenzaron a realizar pruebas que me parecieron absurdas y desconcertantes.
Midieron con precisión milimétrica la estructura de mi pelvis mediante un escáner óseo tridimensional, murmurando entre ellos sobre la "capacidad de expansión". Luego me conectaron a sensores de resistencia cardíaca y me sometieron a una prueba de esfuerzo físico extremo en una cinta de correr, evaluando mi capacidad pulmonar y mi umbral de dolor mediante estímulos de presión en las muñecas. Incluso me extrajeron múltiples viales de sangre, analizando no solo hormonas, sino la densidad de mis tejidos.
—¿Por qué tantas pruebas de resistencia? —pregunté, jadeando mientras me retiraban los electrodos—. Solo voy a gestar un bebé, no a entrar al ejército.
Harrison no se inmutó.
—El cliente pertenece a un linaje con una genética extremadamente robusta, Sra. Emma. El feto exigirá una demanda física y ósea muy superior a la de un embarazo promedio. Necesitamos asegurarnos de que su cuerpo no colapse a mitad del proceso.
La respuesta me dejó fría, pero el hambre y la desesperación pesaban más que la sospecha.
Después de los exámenes óseos y de esfuerzo, el ambiente volvió a una aparente normalidad. Me indicaron que pasara a la sala contigua para los análisis estándar. Me sacaron varios viales de sangre para descartar infecciones, midieron mi presión arterial, registraron mi peso y me realizaron una ecografía pélvica de rutina para verificar el estado de mi útero.
Para cualquier otra mujer, habría sido un chequeo común de fertilidad. Para mí, cada aguja y cada monitor eran el precio de mi supervivencia.
—Terminamos por hoy —declaró el doctor, anotando los últimos datos en su tableta—. La llamaremos.
Me vestí a toda prisa. Antes de salir de la oficina, lo detuve.
—¿Cuándo? —mi voz sonó suplicante—. ¿Cuándo me llamarán? Necesito saberlo. Esta es mi única oportunidad de subsistir los próximos meses.
—Apenas salgan los resultados de compatibilidad. No tardará. Puede retirarse.
Salí de la clínica con la cabeza dándole vueltas. Iba tan absorta en mis pensamientos, calculando cuánto tiempo me quedaba antes de que el casero me echara a patadas, que no vi el cuerpo imponente que se plantó frente a mí en la acera.
El impacto fue seco. Choqué de lleno contra el pecho de un hombre. Mi cuerpo rebotó, pero él ni siquiera se movió; era como una roca.
—Fíjese por dónde camina —mascullé por puro instinto de defensa.
Pero mi necesidad fue más rápida. Al pedir disculpas simulando torpeza, mis dedos se deslizaron con la agilidad que da el hambre y la calle hacia el bolsillo interior de su abrigo largo.
Toqué cuero grueso. Su cartera. La saqué en un movimiento limpio y la oculté en mi manga.
—Lo siento, iba distraída —dije, dando un paso atrás.
El hombre bajó la mirada hacia mí. No pude verle bien la cara bajo la sombra de su sombrero y sus gafas de diseñador pero sentí una presión extraña en el aire, un olor a bosque y tormenta que me revolvió el estómago.
—¿Está bien? —preguntó.
Su voz era grave, profunda, un eco que me vibró en el pecho.
—Sí, perfectamente. Con permiso.
Apresuré el paso sin mirar atrás, doblando en la primera esquina hasta meterme en un callejón oscuro. Con el corazón en la garganta y las manos temblorosas, saqué la cartera del desconocido. Era de un cuero negro, grueso y costoso, con un aroma a madera y lluvia que me inundó las fosas nasales.
La abrí. Mis ojos se abrieron de golpe al ver la cantidad de billetes de cien libras perfectamente alineados. Había una fortuna ahí dentro. No me detuve a mirar sus identificaciones ni sus tarjetas de crédito; no me interesaba saber quién era mi víctima. Saqué todo el efectivo con movimientos torpes por la adrenalina y escondí la cartera vacía en el fondo de mi bolso.
Con el dinero seguro, caminé rápido hacia el supermercado más cercano. Compré provisiones de calidad, el saco más grande de comida para perro y algo de carne para mí. Tomé el metro de regreso, vigilando mis bolsillos en cada estación, sintiendo por primera vez en meses el peso del alivio en el estómago.
Cuando por fin llegué a mi miserable edificio y abrí la puerta de mi apartamento, un bufido pesado me recibió.
—Hola, Astro —susurré.
Mi pastor alemán trotó hacia mí agitando la cola. Dejé las bolsas en el suelo y le serví una porción generosa de comida. Él comió con avidez. Yo apenas alcancé a dar el primer bocado a lo mío cuando unos golpes brutales sacudieron la puerta, haciendo que los viejos tablones de madera crujieran.
Era la casera.
Abrí la puerta a medias. La mujer me miró con desprecio, lista para soltar su discurso de desahucio, pero la corté en seco extendiéndole los billetes correspondientes a los meses que le debía. Los ojos se le abrieron con sorpresa. Agarró el dinero de inmediato y lo contó con avaricia.
—Así me gusta —escupió, guardándose el efectivo en el bolsillo—. Te vuelves a atrasar un solo día y te largas a la calle.
—No volverá a pasar —respondí, manteniendo la voz firme antes de cerrarle la puerta en la cara.
Apoyé la espalda contra la madera y me deslicé hasta el suelo. El alivio se transformó rápidamente en una capa densa de soledad. Me sentía triste, desdichada, una criminal que dependía de la caridad clandestina de una clínica o del bolsillo de un extraño para no dormir en la acera.
Huerfana, sin familia y con un novio que me engaño. solo tenia la compañia de mi perro y seguia viviendo por el, porque dependia de mi completamente.
Me arrastré hasta mi cama deshecha. Astro se subió y se echó a mi lado, pegando su hocico a mi pecho. Lo abracé con fuerza, buscando su calor, y con las lágrimas secándose en mis mejillas, me quedé dormida.
Horas después, un gruñido sordo me arrancó del sueño.
Astro estaba de pie sobre la cama, con el pelaje erizado y enseñando los colmillos hacia la oscuridad del rincón más alejado de la habitación. Empezó a ladrar con una furia que nunca antes le había conocido.
Me incorporé de golpe, con el corazón golpeándome las costillas. La habitación estaba helada. En el rincón más oscuro, donde la luz de la calle no alcanzaba a llegar, la silueta de una sombra enorme y densa se materializó desde la nada.
—Vine por lo que me robaste Mocosa —dijo una voz grave, profunda y letal, que hizo vibrar las paredes de mi apartamento.
No espero a que reaccione. Doy la vuelta y salgo corriendo del comedor, con el vestido verde arrastrándose y las lágrimas nublándome por completo la vista. Cruzo el enorme pasillo principal y abro las puertas pesadas de la entrada de la mansión. El viento frío del exterior me golpea el rostro, pero no me detengo.Un ladrido familiar rompe el ruido de mis pasos. Astro, mi perro, me ve salir corriendo y de inmediato se pone en marcha, siguiéndome los talones, jadeando mientras intenta mantener mi ritmo frenético.Miro de reojo hacia atrás mientras cruzo el jardín principal hacia los límites de la propiedad. Thomas no me sigue. Siento su presencia masiva estática en el umbral, observándome marchar, y en el fondo agradezco que no me persiga; si me pone una mano encima en este momento, soy capaz de clavarle los dientes. Es un desapiadado. Un infeliz sin corazón que calculó mi muerte con la misma frialdad con la que maneja sus minas de oro y diamantes.Me interno de golpe en el espeso bosqu
El aire se congela en mis pulmones. La palabra morir resuena en las paredes del comedor, repitiéndose en mi cabeza como un eco maldito que me despedaza el pecho. Siento que el suelo se desvanece bajo mis pies. La mano que tengo apoyada en el vientre tiembla de forma descontrolada, sintiendo de pronto esa zona como una bomba de tiempo, como un nido donde crece mi propia sentencia de muerte.Miro a Thomas. Su rostro, siempre implacable y dominante, se ha transformado en una máscara de piedra. No hay burla en sus ojos oscuros, no hay mentira; solo una fijeza gélida que confirma cada una de las palabras que su hermano Hork acaba de pronunciar.—Emma... —la voz de Thomas sale baja, densa, pero doy un paso atrás instintivamente, chocando contra el marco de la puerta.—¡No me toques! —le grito en un hilo de voz, aunque él ni siquiera se ha movido. Las lágrimas finalmente desbordan mis ojos, quemándome las mejillas—. ¿De qué estaban hablando? ¿Cómo que voy a morir? ¿Qué significa que una huma
—¡Malditos idiotas! —exclamo, negando con la cabeza mientras le doy otro trago al whisky—. Lo que es la ignorancia del dinero humano y el orgullo de los lobos que se creen estrategas. Mayra y Archer planeando mi caída contigo.—Es magnífico —dice Hork, limpiándose una lágrima de risa del ojo—. Lo que esos dos infelices no tienen la menor idea, lo que ni siquiera sospechan, es que tú y yo somos hermanos. Compartimos la misma sangre, el mismo linaje de Alfa. Creen que porque manejamos territorios diferentes y nos mostramos distantes ante la sociedad somos rivales listos para despedazarnos por un puñado de piedras preciosas.Es verdad, somo hermanos de padre, mas no de madre porque tanto la mia como la suya, murieron al parirnos.—Dejemos que lo sigan creyendo —propongo, y mi mente empieza a tejer la red de inmediato. Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Si creen que eres mi enemigo, tenemos la ventaja absoluta. Hork, juega su juego. Hazles creer que me odias,
Mantengo la mandíbula apretada, sintiendo la dolorosa presión en mi entrepierna. Estoy jodidamente duro, el instinto sigue latiendo con fuerza en mis venas tras haber tenido a Emma bajo mis dedos, devorando su humedad. Pero el olor que ha entrado por las rendijas de la propiedad no miente. Es una visita que no puedo ignorar ni mandar al diablo. No a él.Me acomodo el pantalón con un movimiento seco, imponiendo la voluntad de mi mente sobre la fiera que aún ruge en mi interior exigiendo terminar lo que empezamos en la mesa.Unos golpes suaves en la madera de la entrada rompen el silencio denso del comedor. Una de las empleadas de la casa asoma la cabeza, manteniendo la vista baja con el respeto que le debe a su Alfa.—Señor Thomas... lamento interrumpir. El señor Hork está aquí. Dice que viene a visitarlo.Una sonrisa franca me relaja las facciones de golpe. La tensión de la frustración sexual se disipa para dar paso al gusto de recibirlo.—Está bien. Dile que puede pasar de inmediato
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