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Capítulo 4 — Un hombre que no sabe apartarse

Emily

La mañana siguiente comenzó con Nora entrando en mi habitación sin llamar.

—Levántate.

Me tapé la cara con la almohada.

—Muérete.

—Tenemos plan.

—Mi plan es dormir.

—Caleb viene a buscarnos en cuarenta minutos.

Aparté lentamente la almohada.

—Ah.

Ella sonrió.

—Exactamente.

Me incorporé.

—¿Desde cuándo tienes el teléfono de Caleb?

—Desde anoche.

—¿Cómo?

—Tengo habilidades sociales.

—Tú tienes descaro.

—También.

Terminamos riéndonos.

Después de lo ocurrido con los lobos, Laura había sugerido pasar el día cerca de las cabañas.

Caleb tenía otra idea.

Una ruta sencilla hasta una cascada, siempre dentro de los senderos turísticos.

—Y no hay lobos —añadió cuando llegó.

Laura lo miró.

—¿Prometido?

—Si aparece uno, dejo que Nora lo distraiga.

—Perfecto —dijo Nora—. Tengo experiencia con hombres salvajes.

Caleb casi se atragantó con el café.

Adam apareció detrás de él.

Y mi cuerpo decidió comportarse como un idiota otra vez.

Hoy llevaba vaqueros oscuros, botas y una camiseta gris ajustada.

Nada extraordinario.

Excepto que en él todo parecía extraordinario.

Su mirada se encontró con la mía.

Sentí el conocido cosquilleo en la nuca.

—¿Tú también vienes? —pregunté.

—Sí.

—¿Por seguridad?

—Por tranquilidad mental.

—¿La tuya o la nuestra?

—La mía.

No supe qué contestar.

Nora me miró desde detrás de su taza y sonrió.


La ruta era preciosa.

Bosque espeso.

Pequeños puentes de madera.

Arroyos.

Zonas donde el sol atravesaba las ramas y convertía el suelo en manchas doradas.

Caleb caminaba casi siempre junto a Nora.

En menos de una hora ya habían pasado de tontear a tocarse constantemente.

Un hombro.

Una mano en la espalda.

Él ayudándola a bajar una roca aunque ella perfectamente podía hacerlo sola.

Laura caminaba delante con Sofía.

Yo iba detrás.

Con Adam.

—Tus amigas parecen estar pasándolo bien —dijo.

Miré a Caleb y Nora.

—Una demasiado.

—Caleb no suele necesitar mucha ayuda.

—Nora tampoco.

Adam sonrió.

Seguimos andando.

Durante unos minutos no hablamos.

Era raro.

No incómodo.

Solo… cargado.

Cada vez que nuestros brazos se rozaban, aunque fuera por accidente, sentía una pequeña chispa bajo la piel.

Empecé a preguntarme si él también.

Llegamos a una zona donde el sendero se estrechaba junto a un pequeño desnivel.

Apoyé el pie sobre una piedra húmeda.

Resbalé.

No llegué a caer.

Adam me sujetó por la cintura.

Otra vez.

Su brazo rodeó mi cuerpo y mi espalda chocó contra su pecho.

El aire se me escapó.

Su mano quedó justo debajo de mis costillas.

Firme.

Grande.

Caliente.

Me quedé completamente quieta.

Podía sentir su respiración en el cabello.

Y algo duro bajo mi espalda.

Músculo.

Calor.

Demasiado hombre demasiado cerca.

—Te tengo —dijo junto a mi oído.

Su voz me recorrió entera.

El vello de mis brazos se levantó.

Sentí una corriente bajar por mi vientre.

—Ya lo he notado.

No se apartó inmediatamente.

Yo tampoco.

Giré la cabeza.

Su cara estaba a centímetros de la mía.

Los ojos verdes bajaron hasta mis labios.

Mi respiración se volvió lenta.

Pesada.

Adam deslizó la mano apenas un poco por mi cintura.

Fue un movimiento mínimo.

Suficiente para que me ardiera la piel.

—Deberías tener más cuidado —murmuró.

—Quizá deberías dejar de aparecer cada vez que voy a caer.

—Eso no va a pasar.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Por qué?

Adam levantó la mirada.

Algo oscuro cruzó sus ojos.

—No lo sé todavía.

Se apartó.

Me dejó sola con las piernas ligeramente débiles.

Odiaba que hiciera eso.

Acercarse.

Encenderme cada nervio del cuerpo.

Y después marcharse como si nada.

—¿Venís? —gritó Nora desde delante.

—Sí —respondí demasiado rápido.

Adam sonrió.

El desgraciado sabía perfectamente lo que acababa de hacerme.


Comimos junto a la cascada.

Caleb había preparado bocadillos enormes de pollo, queso y verduras, además de fruta, patatas y una tarta de manzana que según él hacía una mujer del pueblo.

Nora probó un trozo.

—Me casaría con quien haya hecho esto.

Caleb levantó una ceja.

—¿Tan poco exigente eres?

—Depende de lo que ofrezcas.

Laura me miró.

—Van a acabar desnudos antes de terminar las vacaciones.

—Seguro.

Adam escuchó.

Se rio.

Me gustaba verlo así.

Relajado.

Hasta que Sofía señaló el barro cerca del agua.

—Mirad eso.

Había una huella.

Enorme.

De lobo.

El ambiente cambió.

Adam se levantó.

Caleb también.

—¿Es del de ayer? —pregunté.

Adam se agachó junto a la marca.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

Pasó los dedos cerca de la huella sin tocarla.

—Es más pequeña.

Miré alrededor.

El bosque estaba demasiado silencioso.

Entonces vi algo entre los árboles.

Una sombra gris.

Mi corazón se detuvo.

—Adam.

Él siguió mi mirada.

La figura desapareció.

Pero antes de hacerlo vi la cicatriz.

Era él.

Otra vez.

Y esta vez había llegado mucho más lejos de donde se suponía que debía estar.

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