Mundo ficciónIniciar sesiónEmily
El lobo inclinó la cabeza.
No fue un gesto agresivo.
Eso fue precisamente lo que más me inquietó.
Parecía reconocerme.
La mano de Adam continuaba cerrada alrededor de mi cintura. No me hacía daño, pero la presión de sus dedos atravesaba la tela mojada y me mantenía pegada a él.
—No te muevas —dijo.
Su voz había perdido cualquier rastro de humor.
Miré su perfil.
La mandíbula tensa.
Los hombros rígidos.
Los ojos fijos en el animal.
Era extraño verlo así.
Hacía apenas unos minutos estaba riéndose de mi incapacidad para mantenerme sobre una tabla. Ahora parecía otro hombre.
Más duro.
Más peligroso.
Y, para mi propia vergüenza, aquello me provocó una descarga caliente por la espalda.
—¿Nos va a atacar? —preguntó Sofía.
Caleb seguía unos metros más allá, delante de Nora y Laura.
—No hagáis movimientos bruscos.
Su tono tampoco sonaba ya divertido.
El lobo dio un paso.
Laura soltó un pequeño gemido.
Yo sentí otra cosa.
Una presión en el pecho.
Una llamada.
Era imposible explicarlo.
Sabía que debería querer retroceder.
En cambio, cada músculo de mi cuerpo parecía inclinarse hacia él.
—Lo he visto antes —murmuré.
Adam giró la cabeza.
—¿Dónde?
—Anoche.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Aquí?
Negué.
—En un sueño.
Durante un segundo pareció olvidarse incluso del lobo.
—¿Soñaste exactamente con ese animal?
Asentí.
No me gustó la expresión que apareció en su cara.
—Emily, vuelve con tus amigas.
—Pero…
—Por favor.
Aquella última palabra me sorprendió más que una orden.
Me aparté despacio.
Al hacerlo, la mano de Adam resbaló desde mi cintura.
Sentí cada centímetro.
El calor de su palma.
La presión desapareciendo.
El roce final de sus dedos.
Mi piel se quedó extrañamente fría donde había estado tocándome.
Me odié un poco por notarlo en un momento así.
Fui hacia las chicas.
El lobo gris seguía mirando únicamente en mi dirección.
Después levantó el hocico.
Olfateó el aire.
Adam dio un paso delante de nosotros.
—Vete.
Parpadeé.
—¿Le estás hablando?
—Los animales entienden más de lo que creemos.
El lobo enseñó ligeramente los dientes.
Un gruñido profundo atravesó el claro.
Nora dejó escapar:
—Vale. Definitivamente no quiere irse.
Entonces escuchamos otro sonido entre los árboles.
Caleb giró la cabeza.
Su sonrisa desapareció por completo.
—Adam.
A nuestra izquierda aparecieron dos pares de ojos.
Después otro más.
Sentí cómo Laura agarraba mi brazo.
—Hay más.
Cuatro lobos.
Tal vez cinco.
Ocultos entre los pinos.
El corazón empezó por fin a latirme con miedo.
Pero no por mí.
Miré a Adam.
Estaba demasiado cerca de ellos.
—Adam, ven.
Él no se volvió.
—Caleb, llévalas a la cabaña.
Caleb asintió.
—Vamos.
—¿Y él? —pregunté.
—Emily.
Adam me miró entonces.
Sus ojos verdes parecían casi negros.
—Hazme caso esta vez.
No sabía por qué aquellas palabras me atravesaron el estómago.
Ni por qué la forma en que me miró consiguió que obedeciera.
Nos alejamos.
Me volví tres veces.
La última vez, el lobo de la cicatriz seguía allí.
Y antes de desaparecer entre los árboles volvió a inclinar la cabeza.
Solo hacia mí.
—Necesito vino.
Fue lo primero que dijo Nora al entrar en la cabaña.
—Son las doce y media —respondió Laura.
—Necesito vino temprano.
Sofía cerró las puertas de la terraza.
—¿Por qué había tantos?
Caleb estaba junto a la ventana mirando hacia el bosque.
—A veces algunos grupos bajan de zonas más altas buscando comida.
—Pues podían buscarla lejos de nuestra cabaña —dijo Laura.
Yo seguía pensando en el sueño.
—¿Ese gris lo habéis visto antes?
Caleb me miró.
Por primera vez desde que lo conocíamos, pareció elegir cuidadosamente sus palabras.
—No.
—Adam parecía conocerlo.
—Adam conoce esta zona mejor que nadie.
—Eso tampoco responde.
Una sonrisa regresó lentamente a su cara.
—Empiezo a entender por qué le gustas.
Me quedé quieta.
Nora abrió mucho los ojos.
—¿Le gusta?
—No he dicho eso.
—Acabas de decir exactamente eso.
—He dicho que entiendo por qué le gustas. Hipotéticamente.
—Caleb.
Una voz llegó desde la puerta.
Adam.
Todos nos giramos.
Había regresado.
Solo.
Sentí una oleada de alivio demasiado intensa para alguien a quien conocía desde hacía dos días.
—¿Y los lobos? —pregunté.
Sus ojos buscaron los míos.
—Se han ido.
—¿Cómo?
—Esperando.
No parecía tener intención de explicar más.
Nora se acercó a Caleb.
—Tu amigo tiene un serio problema con las respuestas completas.
—Llevo años diciéndoselo.
Adam ignoró a ambos.
Vino directamente hacia mí.
Se detuvo tan cerca que tuve que levantar un poco la cabeza.
—¿Estás bien?
—Sí.
Su mirada recorrió mi cara.
Después mis brazos.
Mis piernas.
Como si estuviera comprobando que realmente no me había ocurrido nada.
Sentí un pequeño vuelco en el estómago.
—Adam, estoy bien.
Pareció relajarse.
Solo un poco.
—Bien.
—Pero quiero saber por qué ese lobo estaba mirándome así.
La tensión regresó inmediatamente.
—No lo sé.
—¿Y por qué soñé con él antes de verlo?
Silencio.
Adam me sostuvo la mirada.
Por un momento tuve la sensación de que sabía algo.
Algo importante.
Después dio un paso atrás.
—Los sueños hacen cosas raras.
No le creí.
Y por cómo evitó mis ojos al marcharse, supe que él tampoco.
Aquella noche volví a soñar con el lobo gris.
Pero esta vez no estaba solo.
A su lado había otro.
Enorme.
Pelaje chocolate oscuro.
Ojos verdes.
Y cuando intenté acercarme al primero, el lobo chocolate se interpuso entre nosotros.
Como si quisiera protegerme.







