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 La Huésped Prohibida del Alfa
La Huésped Prohibida del Alfa
Por: Noemy Ruiz
Capítulo 1 — El lugar que me estaba esperando

Emily

La primera vez que vi el Lago Auralis pensé que aquel sitio era demasiado bonito para ser real.

La carretera serpenteaba entre montañas cubiertas de pinos y, durante kilómetros, apenas habíamos visto otra cosa que bosque.

—Como aparezca un asesino con motosierra, pienso perseguirte en el más allá —dijo Laura desde el asiento del copiloto.

Nora soltó una carcajada.

—Las reseñas eran buenísimas.

—Eso dirían las víctimas.

Sofía levantó el móvil.

—No tengo cobertura.

—Perfecto —dije—. Dos semanas sin universidad, sin profesores y sin que nadie me pregunte qué voy a hacer con mi vida.

Acabábamos de terminar la carrera y aquello debía ser exactamente eso: vacaciones.

Vino.

Lago.

Excursiones.

Dormir hasta tarde.

Quizá algún desconocido atractivo si la suerte acompañaba.

Nada complicado.

Entonces el bosque se abrió.

Las cuatro dejamos de hablar.

El lago apareció entre las montañas, enorme y oscuro, atravesado por los últimos reflejos dorados del sol. A lo largo de la orilla se levantaban cabañas de madera y piedra, separadas unas de otras por pinos. Más arriba, un edificio principal dominaba el paisaje con grandes ventanales frente al agua.

—Madre mía —susurró Sofía.

Laura aparcó frente a recepción.

Abrí la puerta.

El aire frío me golpeó la piel.

Olía a pino, tierra húmeda y madera.

Respiré profundamente.

Y algo extraño ocurrió.

Una presión suave apareció detrás de mi pecho.

No era dolor.

Era… reconocimiento.

Como si hubiese sentido aquel olor antes.

Como si hubiera estado allí.

—Emily.

Parpadeé.

Laura estaba sacando mi maleta.

—¿Vas a ayudarnos o piensas seguir enamorándote de los árboles?

Me reí.

—Ya voy.

Cogí el bolso y levanté la vista hacia recepción.

Entonces lo vi.

Estaba junto a la entrada.

Alto.

Camisa negra remangada.

Pantalones oscuros.

Cabello castaño casi negro.

Mandíbula marcada.

Y unos ojos verdes clavados directamente en mí.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

El vello de mis brazos se levantó.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Sentí el corazón golpear una vez, fuerte, justo debajo de la garganta.

Aquel hombre no era simplemente guapo.

Había algo en él que me hacía demasiado consciente de mí misma.

De mis piernas bajo el vestido.

Del cabello rozándome los hombros.

De mi respiración.

De la distancia que había entre los dos.

Él tampoco apartó la mirada.

—Emily —murmuró Nora a mi lado.

—¿Qué?

—Ese hombre acaba de olvidar cómo se respira.

Bajé la vista.

—Cállate.

Entramos en recepción.

Por dentro era todavía más bonito. Madera oscura, piedra, sofás de cuero y enormes ventanales frente al lago.

El hombre estaba ya detrás del mostrador.

De cerca era peor.

O mejor.

Dependía de cómo quisiera verlo.

Laura se adelantó.

—Buenas tardes. Tenemos reserva a nombre de Laura Medina. Cabaña doce.

Él comprobó algo en el ordenador.

—Catorce noches. Cuatro huéspedes.

Su voz era grave.

Sentí otra pequeña corriente bajándome por la espalda.

Intenté mirar otra cosa.

En una pared había una placa de madera.

Protege el secreto. Respeta la distancia.

—Bonito lema —dije.

Él levantó la vista.

—¿Cuál?

Señalé la placa.

—Ese. Suena un poco siniestro.

Una mínima sonrisa apareció en su boca.

—Es importante aquí.

—¿Y cuál es el secreto?

Sus ojos se quedaron sobre los míos.

—Si te lo contara, dejaría de serlo.

Sonreí.

Bien.

Además de guapo, tenía respuestas.

Perfecto.

Detrás de mí escuché a Nora reírse.

Él se volvió hacia el panel de llaves.

La camisa se tensó sobre su espalda.

Aparté la mirada antes de que alguien me pillara observándolo.

Cuando regresó, sostenía una llave con el número doce.

—La cabaña está al final del sendero del lago. Tenéis terraza privada y acceso al embarcadero. Podéis alquilar barcas o tablas de paddle por la mañana.

—¿Hay excursiones? —preguntó Sofía.

—Varias. Algunas necesitan guía.

—¿Por los animales? —dijo Nora.

Algo cambió en su expresión.

—También.

Laura levantó una ceja.

—¿Osos?

—No cerca de las cabañas.

—¿Lobos? —pregunté sin pensar.

Sus ojos regresaron inmediatamente a mí.

—Sí.

Sentí una especie de cosquilleo bajo las costillas.

—Siempre he querido ver uno.

Su mandíbula se tensó.

—No te acerques si ocurre.

—No tenía pensado abrazarlo.

Nora soltó una carcajada.

Él no.

Me miraba de una manera demasiado seria.

Después extendió la llave.

Hacia mí.

No hacia Laura.

Levanté la mano.

Nuestros dedos se tocaron.

La descarga fue instantánea.

Subió por mi mano.

Me atravesó el brazo.

Y explotó dentro de mi pecho.

Inspiré de golpe.

Todo mi cuerpo se cubrió de piel de gallina.

Calor y frío al mismo tiempo.

Una sensación extraña se concentró bajo mi estómago y tuve que apretar los labios para no reaccionar.

Adam también se quedó inmóvil.

Su mano seguía tocando la mía.

Sus ojos verdes parecían más oscuros.

Durante un segundo tuve la sensación absurda de que iba a tirar de mí hacia él.

Mi respiración se volvió superficial.

Él soltó primero.

Demasiado rápido.

—¿Estás bien?

Su voz estaba más ronca.

Miré mis dedos.

—Sí.

Mentía.

No tenía ni idea de qué acababa de ocurrir.

—Adam —dijo él.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

—Mi nombre.

Ah.

—Emily.

Una sombra de sonrisa.

—Eso ya lo sé.

Sentí calor en las mejillas.

Entonces su expresión cambió.

Miró por los ventanales hacia el bosque.

—Una cosa más. Cuando oscurezca, permaneced cerca de las cabañas.

Laura dejó de sonreír.

—¿Por qué?

Adam tardó un segundo en responder.

—Durante las últimas noches hemos visto lobos demasiado cerca.

Nora tragó saliva.

Yo miré hacia los árboles.

Esperaba sentir miedo.

No lo sentí.

Sentí curiosidad.

Algo mucho más profundo.

Adam volvió a mirarme.

—Especialmente tú.

Fruncí el ceño.

—¿Yo?

Su mirada bajó hacia la mano que acababa de tocar.

—No te acerques a ellos.

Aquella noche soñé con un lobo.

No era el que esperaba.

Era enorme.

Gris oscuro.

Una cicatriz le cruzaba el hocico.

Estaba sentado entre los árboles, mirándome.

Y lo más extraño no fue que no tuviera miedo.

Fue la sensación de reconocerlo.

Como si aquel lobo llevara toda mi vida buscándome.

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